Seres. Estares. Pareceres

Sólo vivimos una vez.

Esta es la razón por la que nuestras decisiones cobran un valor transcendental en nuestras vidas. Lo que hoy decidimos, los caminos que tomamos, las elecciones que realizamos, no tienen oportunidad de ser contrastadas en otras vidas, en otras situaciones. No aceptan devoluciones ni hojas de reclamación. No se borran, no se eliminan, no se esconden. Lo que hoy vivimos, mañana ya formará parte indivisible de nuestra infrahistoria.

Quizás por eso mostramos tanto temor en cada paso que damos.

Vivir es un camino de una sola dirección. No hay ocasión para volver atrás. No existe lugar para el ensayo-error-ensayo. Nuestras decisiones quedan marcadas en nuestra estela de forma ineludible. Determinan nuestra carga, conforman nuestro carácter, marcan nuestro destino. Cada paso es un trozo más de nuestra identidad y nada ni nadie lo puede borrar; nos acompañará a donde vayamos como si fuera nuestra propia sombra.

En esta situación, la responsabilidad de lo que somos resulta una carga excesivamente dura.

En un mundo diferente a éste en el que nuestras vidas pudieran ser permanentemente reconstruidas, en donde pudiéramos borrar a nuestro antojo nuestras obras y nuestras palabras y aprender de lo que hemos vivido, experimentado y sentido, lo que hoy hiciéramos o pensáramos sería vano e insignificante; carecería por completo de valor. Y al final del camino, podríamos tener la garantía de encontrarnos cerca de la perfección, próximos al nirvana.

Pero no es así como funciona la vida. Por mucho que nos duela al pensar en ello, la dura realidad es que sólo vivimos una vez.

Tal vez ésta sea la explicación de por qué nos sentimos tantas veces inseguros sobre nosotros mismos. Constantemente tememos habernos perdido, habernos salido de la senda en la que creemos conducir nuestras vidas y estar dando vueltas en círculo. O lo que es aún peor, tememos vagar eternamente sin rumbo hacia ningún lugar concreto, sin meta ni rumbo.

Por ese motivo, solemos detenernos repetidas veces al borde del camino y mirar por encima de nuestros hombros buscando referencias, echamos la vista atrás y consultamos una vez el mapa para decirnos a nosotros mismos que nuestra vida es tal y como hemos decidido vivirla. O tal vez sea para ocultarnos lo desconcertados que estamos.

Y con frecuencia nos vemos empujados a admitir que no sabemos quienes somos, ni dónde nos encontramos ni qué demonios hacemos aquí.

espiral

Somos lo que somos, nos repetimos una y otra vez en voz alta, queriendo de este modo tan infantil ahuyentar a nuestros miedos e incertidumbres, reafirmar nuestras elecciones, esconder nuestras dudas, sentenciar nuestra vida. Pero la verdad es que no somos ni remotamente conscientes de si somos o estamos. Y no es extraño que confundamos una realidad con la otra porque vivimos envueltos por esa permanente confusión.

Creemos ser felices, pero nunca nos hemos parado a pensar en el hecho de que realmente no somos felices; estamos felices.

Así que equivocamos el ser y el estar como si fueran sinónimos. Nos cuesta aprender a diferenciar qué pertenece a nuestra condición propia y qué a un estado circunstancial: Ser enfermo o estar enfermo; ser orgulloso o estar orgulloso; ser parado o estar parado; ser gorda o estar gorda; ser casado o estar casado; ser feliz o estar feliz.

Decimos que somos de un determinado modo sin reflexionar sobre si ese atributo nos pertenece, nos es innato, propio, inseparable de nuestro ser, o si más bien, corresponde al cómo nos sentimos hoy, aquí y ahora. Ser o Estar. La diferencia parece mínima; las consecuencias, abismales.

Mientras lo que somos corresponde a nuestra condición personal y es inmutable, aquello que se refiere a cómo estamos es temporal y reversible, admite la posibilidad de que lo cambiemos para estar de otra manera. Asumir que somos como somos, cuando en realidad deberíamos decir somos como estamos, supone aceptar que no queremos cambiar, aceptar aquello de nosotros que no nos gusta o, simplemente, que hubiéramos deseado que fuera de otra manera.

En otras palabras, supone aceptar que nos hemos perdido y, al mismo tiempo, renunciar a querer buscar de nuevo nuestro camino. Y lógicamente, el castigo por ello es errar sin rumbo por el resto de nuestros días.

Cuando alguien dice “soy un parado” está diciendo: asumo mi condición de parado, acepto que no voy a trabajar, me identifico como alguien que no tiene trabajo como condición vital. Cuando alguien dice “estoy parado” nos está expresando que la suya es una situación circunstancial por la que está pasando, que no entra en sus planes que dure eternamente, que quiere cambiar esa condición o que espera que en algún momento esa condición sea de otro modo. La diferencia va mucho más allá de una mera cuestión semántica.

Lo que creemos ser muchas veces responde exclusivamente a lo que somos en estos momentos. No podemos perder de vista que está en nuestra mano cambiarlo, que sea de otro modo. Nos dejamos llevar por excusas para decirnos a nosotros mismos que nuestro destino está escrito, pero la realidad es que nuestro destino lo escribimos a cada paso, en cada cruce del camino, con cada palabra y con cada decisión. Cambiarlo siempre es posible. Estar es el fruto de cada una de esas decisiones; Ser es la suma de todas ellas.

John Lennon dijo una vez que “la vida es eso que pasa mientras nos empeñamos en hacer otros planes“. En otras palabras, cómo estamos en cada momento de nuestra vida es aquello que transcurre mientras nos dirigimos hacia cómo queremos ser.

Da igual las veces que vivamos si no llegamos a interiorizar esto, si no podemos aprender esta lección: Tú eres el que decides como estás y de este modo construyes cómo eres. Las riendas de nuestro destino solo nos pertenecen a nosotros; nadie lo puede andar por nosotros del mismo modo que nadie puede elegir por nosotros.

De nada sirve preguntar a los demás; sólo nosotros sabemos cómo hemos vivido nuestra vida y cómo queremos vivirla en adelante. Sólo nosotros sabemos qué es lo que somos y cómo estamos en este exacto momento. Los demás no pueden decirnos lo que somos; solo lo que parecemos. Y rara vez lo que parecemos coincide con lo que somos. Afortunadamente, en muchos casos.

Esta es la verdad de nuestras vidas. No hay un atajo. No hay un camino corto ni fácil. No podemos huir de tener que gastar las suelas de nuestros zapatos al recorrer el camino, del mismo modo que no podemos evitar que nos castañeteen los dientes cuando choquemos contra algún muro. Eso es algo que nadie puede pasar por nosotros.

Tenemos que tomar nuestras propias decisiones y asumir las responsabilidades. Tenemos que determinar si queremos dejarnos llevar por el tiempo y asumir nuestra esencia como una suma de estados inconexos a los cuales nos ha llevado el azar y las circunstancias o decidir que queremos seguir un rumbo y sostener el timón con fuerza, por muy fuerte y poderoso que sea el oleaje.

Mientras tanto, no renunciemos a nuestro derecho a vivir en paz con nosotros mismos, sincerarnos completamente sobre cómo estamos. Y valorar cuán lejos nos encontramos de donde queremos llegar, de adonde queremos ir, de nuestro somos. No perdamos ni un solo segundo preocupándonos sobre lo que parecemos porque probablemente no esté en nuestras manos cambiarlo. Ni nos debe importar en absoluto. Nuestra vida será el espejo desde el que ofreceremos una imagen de cómo somos; quien no quiera, pueda o sepa mirar dentro de nosotros, posiblemente no será merecedor de nuestro afecto.

Las cosas sucederán como deban de suceder. La vida nos traerá las sorpresas que nos tenga que traer. Llegaremos a los cruces que debamos de llegar. Y entonces decidiremos. Y lo haremos pensando en nuestra meta. Y eso marcará lo que somos. Y de este modo, no solo estaremos felices, sino que seremos felices.

De nada sirve preocuparte por lo que pueda todo ello parecerle a los demás. Bastante tienen ellos con recorrer su propio camino. Su vida no te pertenece ni la tuya a ellos. De nada sirve preocuparte por lo que aún no ha llegado. Ni tú, ni nadie sabe qué y cómo será. Lo que sea, como sea y donde sea, será lo mejor que sea, en el mejor momento y en el mejor lugar. Acéptalo, asúmelo y afróntalo.

Deja al Zhen/Dios/destino/Kharma/loquelechessea que haga su trabajo y aprende a vivirlo sin intentar entenderlo, porque no está a tu alcance ni te servirá para nada. Sé como el agua que se adapta perfectamente a cada recipiente en el mismo instante que entra en contacto con él hasta que recipiente y agua forman un mismo todo inseparable. Ese se parece mucho al camino que conduce a la felicidad.

Solo podemos garantizarnos estar a bien con nuestra mente y nuestro alma para poder afrontar cada situación, cada cruce del camino con valor, con honestidad, con orgullo, con humildad, con entereza. Si estamos preparados a lo que nos pueda llegar, si estamos abiertos a no negar lo que nos dicen nuestros ojos, si abrimos nuestros corazones y los escuchamos con atención, seremos más seguros, seremos más grandes, seremos más felices, seremos mejores personas.

Estaremos felices. Pareceremos felices. Y, por supuesto, seremos felices.Y nada ni nadie podrá arrebatarnos esa conquista ni ese derecho.

“Nunca dijeron que la vida sería fácil; sólo prometieron que valdría la pena vivirla” 

pasos

 

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