Amigovios Versus Soliperas

Últimamente voy mucho a La Frontera, como los Pujol. Pero no a la andorrana; en mi caso, es el nombre del pub de mi pueblo. No es el único que tenemos, pero como si lo fuera; es el único decente que hay. Para los que no lo hayáis adivinado, el nombre del pub es un homenaje a un grupo español que se hizo famoso en los ochenta haciendo canciones de aire texano que sonaban como si fueran nativos de Alburqueque, aunque en realidad eran más de Madrid que un atasco lunesmañanero o tomar Mahous devotamente.

El garito en cuestión no está mal. Paredes forradas de madera, ambientación rollo western con flechas clavadas en la pared, atrapasueños, sillas de montar y alguna que otra inquietante fotografía de un indio auténtico, con un parecido demasiado sospechoso a mi estanquero en un día de cabreo, que para su caso son todos. Está tan bien ambientado, que si te pides un gintonic de marca, te cuesta un riñón y la cabellera. Justo frente a La Frontera tenemos un prado de lujo, La Dehesa, donde campan vacas y cabestros siempre, excepto las noches de fin de semana, cuando el ganado cruza la carretera y se introduce subrepticiamente en el garito. Si alguna vez te dejas caer por aquí, los reconocerás porque las vacas llevan los morros pintados de rojo y exceso de maquillaje facial, mientras que los cabestros muestran actitud de estar en plena temporada de celo.

Bueno, que me pierdo, como diría Almodóvar en un convento. El tema es que voy mucho yo, por La Frontera. Sobre todo, los viernes, que echan conciertos en directo. A eso de las doce y media o así, siempre sube algún grupete que se marca versiones bastante guapas de temas clásicos de rock, blues, heavy-metal o similar. Los grupos tienen en común que tienen nombres con variantes de grupos existentes – tales como Hace-DC, Allman Sisters Blues Band o Diré Estraits -, que sus integrantes lucen cartón capilar como buenos miembros de honor del geriátrico y que tocan rock como los mismísimos ángeles; comparados con ellos, es como si Juan Magán o El Barrio no tuvieran ni puñetera idea de lo que es una partitura. Aunque si no los comparamos, el resultado sale igual, pero ese es otro cantar.

Mientras los del grupo afinan y hacen gárgaras con bicarbonato para afinarse las gargantas y hacer mejor la digestión de la papilla nocturna, mi churri y yo echamos el rato observando la fauna local; la bovina y al resto de especies. La noche es lo que tiene, que es muy jodida porque, quitado el mono de currar o la corbata del cachiflúr, todos los gatos se hacen pardos. Y te encuentras pájaros de esos que harían palidecer a Iker Jimenez aún más que cuando se ve al espejo por las mañanas.

De entre todas las razas, hay dos que suelen dar el canteo especialmente, por muy comunes y fáciles que sean de reconocer. Se trata de los amigovios y de los soliperas. Prueba irrefutable del fracaso sistémico de la psiquiatría humana desde que se prohibieron las lobotomías, amigovios y soliperas campan a sus anchas por bares, discos, pubs y puticlús – los segundos – de toda la orografía peninsular. Se alimentan de los botes de cacahuetes revenidos. Se ocultan bajo las luces penumbrosas de la noche para (intentar) hacerse los amos de la pista. Ingieren copazos con la misma elegancia con la que Sabina lanza patadas voladoras a Pastora Soler. Lucen palmito pinturero con desparpajo mientras buscan hembrío con el que poder encabritar el bálano acrobáticamente, como diría Ussía.

Pero, antes o después, se les termina por ver el pelo de la rahela. ¿Que tu no? Donguorri, que te paso las claves para identificarlos rápidamente; verás que son fáciles de captar…

Veamos a los amigovios. Dícese de la pareja de amigos chupipandis con derecho al roce, cohabite o intercambio de fluidos corporales. A él podríamos definirlo como un pagafantas al que, contra todo pronóstico, le han salido bien las cosas. Por eso exhibe permanentemente esa sonrisa beatífica. Ella está como que no se decide, pero ya que estamos y a falta de que aparezca en su vida un Jean Claude Van Damme de andar por casa, se hace al apaño. Para pasar a la siguiente fase, les falta que él se borre de hypster. Pero claro, con un tío que luce una barba propia de un pope ortodoxo de Tartanstán y calza gafapastas sacadas de la figuración del Un, Dos, Tres de 1980 no se le puede terminar de tomar en serio. Así que de momento, van tirando así… y ya se verá. No son amigos; no son novios; son… amigovios.

hypsters sueltos

Ella está como un queso del Caserío mojado en salsa tártara. Él tampoco está mal. Si fuera normal. Viven en un estado de permanente semijuventud e inmadurez tróspida. Hacen muchas tonterías juntos. Beben brebajes verdes raros con color y aroma a colutorio bucal y nombre de jugador del Bayer Leverkusen. Se ríen mucho, luego académicamente hablando no se puden catalogar como pareja. Y cuando se cansan de hablar con la pandi, se piran y echan un casquete rapidillo para calmar ansiedades y tan felices. Los parroquianos, cuando los identifican, les miran con el asco y odio que te otorga la más vil de las envidias cochinas.

hypstering

En el extremo opuesto, están los soliperas. Anteriormente conocidos como chulosdiscotecas en la época en la que se podía ir a este tipo de establecimientos hoteleros sin ser tiroteados, el solipera es un animal solitario por definición.
Nómada por convicción (ajena, sobre todo), a diferencia del amigovio macho, el soliperas es un pagafantas que no ha dejado de serlo. Luce pelazo de inspiración años felices de El Puma Rodríguez (nota: era un cantante, no un jugador del Rayo Vallecano). Viste como si lo hubieran criogenizado durante treinta años y acabara de salir después del último episodio de Miami Vice; se cree Don Johnson, pero sin Ricardo Tubbs que le ría las gracias. Tira de gabardina o abrigo de una sola pieza con aires de comisario político de la KGB. Bebe a sorbos su birra mientras otea por encima de la copa a las féminas locales, con la vaga esperanza de encontrar a alguna despistada a la que poder echar el lazo.

solipera

Si alguna, por error, comete la osadía de mirarle, empieza un ritual que le distingue. El primer paso: sonrisa profiden con brillitos imitación Pepe Navarro. Segundo paso: arqueo de cejas marca Carlos Sobera. Tercer paso: acercamiento con aires de vaquero ante un duelo al sol. Cuarto paso: repertorio propio de frases de relumbrón (“¿me estudias o me trabajas?”, “¿Qué hace una chica como tú en un sitio como éste, aparte de servir copas?” y otras).

Este pollopera es reconocido porque, por muchas veces que lo intente, siempre acaba su ceremonia como la raíz de su nombre: más soly que la uny. Tan esforzado es en un proverbial calabaceo que su fórmula no le sirve ni a las seis de la mañana, cuando el nivel de exigencia del personal para buscar apareamiento disminuye hasta el punto de “me sirve cualquier cosa mientras sea un ser viviente o lo haya sido hasta pocas horas antes”. El solypera es infatigable en su eterna soltería.

solypera

Así que ya lo sabéis; estas son las claves para identificar a estos bichos de la noche. Sin daros cuenta, os acabo de inocular un poderoso virus: a partir de ahora, no volveréis a pasar una noche de juerga sin dedicar un tiempo prudencial a mirar a vuestro alrededor para buscar a estos personajes entre la peña que os rodea. Y a buena fe que, a poco que os hayáis quedado con la copla, terminaréis por encontrarlos. Salvo que vosotros mismos no pertenezcáis ya a alguna de sus castas…

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