Dulcemente me mata

Como siempre que me pongo a escribir, me acabo de tomar un café. Con azúcar. Qué le voy a hacer, soy un temerario. A tenor de lo que se lee por ahí, me consta que me estoy jugando el pellejo alegremente. Porque según los cánones (hoy), tomar azúcar equivale a una muerte lenta y dolorosa.

Solo hay que ver las docenas de moribundos que exhalan agonizantes por los portales, víctimas de su vicio mortal. Si la pobre Celia Cruz levantara la cabeza…Pero qué queréis que os diga; yo no tengo prisa en palmar. Yo, el café, con azúcar de toda la vida, que de algo hay que morir, por muy lento que sea. Señor, llévame, que el cuerpo me pide tierra.

Porque, puestos a ello, en eso de morir por consumo alimentario disfrutamos actualmente de un amplio surtido donde elegir; gracias a las teorías peregrinas de origen incierto que surgen cada día, contamos hoy con más opciones de las que nunca hemos gozado. De hecho, solo tienes que darte un garbeo por esa inquisitoria cámara de las torturas, antes conocida como cocina, para verte expuesto a los más sutiles, refinados y aromáticos venenos a los que jamás antes tuvimos tan fácil acceso. ¿Seguro que es así?

A ver, que digo yo que no debía ser tan listo el tal Sócrates cuando no se le ocurrió mejor ingrediente para estirar la toga que tomar cicuta, con lo que amarga en boca… ( con esos antecedentes, no extraña que la UE tuviera que acabar rescatando a los griegos…).

Pero ahora, los suicidas de sobremesa lo tenemos sencillo; basta con tomarte un donuts, o peor aún, una rebanada de pan de molde untada con crema de chocolate, para doblar la servilleta – lo siento, me venía a huevo – o espicharla entre terribles dolores. Porque todos estos venenos están rebosantes de Aceite de Palma. La Muerte. Amos, no me jodas…

El aceite de palma es la enésima gilipollez de los amantes del terror y las teorías conspiratorias, toda vez que lo del Hangar 51 ya no tiene misterio alguno; al fin y al cabo, uno de sus descendientes está presidiendo Estados Unidos, que eso sí que da miedo.

Según las leyendas urbanas, el aceite de palma es una supuesta mortífera esencia que mata a todo aquel que la consume. De hecho,solo hay que visitar un cementerio para ver la cantidad de lápidas de aspirantes a extra en Walking Dead que defenestraron por el maldito aceite de palma… O no.

El problema es que hay mucha gente que aún no se ha enterado del riesgo que están corriendo y no terminan de morirse. Y claro, se hinchan a zampar donuts  – qué jodidos los panaderos, cómo lo han clavado con el de panterarrosa… – y nada, que no se mueren, los muy cabritos. Nunca faltan los cuñis de Facebook, para recordarnos la locura que estamos cometiendo e indicarnos amablemente que vamos para palmar. Pero nada, ni con esas… La única muerte registrada por culpa del aceite de palma es la D. William Alfredo Artiles Wagner, recolector, cuando se cayó de la palmera mientras recogía la sustancia. O sea, que tiene de mortal lo mismo que leer La Razón; te da gases, pero matar, ni de risa.

Lo único chungo del aceite de palma es que ha acabado con la última moda de sustancias nocivas: los parabenos. ¿Cómo demonios puede ser chungo algo que tiene la palabra beno en su nombre? Pero si parece el nombre de un futbolista brasileño… Parabenos. Pues no. Dicen que mata. Mucho. Nadie sabe por qué ni para qué, pero mata. Como el aceite de palma, trabajar por las tardes en agosto o el azúcar, mas o menos. O sea, que si tomas parabenos, el día más pensado podrías aparecer en tu cama mas tieso que Rocco Sigfredi después de ver a Danerys dándole caña a Juanito Nieve. Pues no, amiguetes. Puedes dormir tranquilo, que la muerte por sobredosis de parabenos tampoco existe (si existiera, ya lo habrían contado en CSI, no?). Pues eso. Hecho.

Seguimos para bingo. Otro elemento que haría palidecer al médico de cabecera de Hitler: el aspartamo. El aspartamo es una marranada que encontrarás en chicles, pepinillos en vinagre – siempre sospeché que algo con ese aspecto fálico debía ser chungo para la salud… – e incluso en la sacarina, que ya de por sí hay que ser triste. Triste, pero inocuo. El aspartamo tiene una pinta cutre hasta para los fans de Narcos, pero solo mata a partir de la segunda tonelada de consumo diario. Descartado.

Y ya puestos a meternos de todo menos miedo, hasta del flúor dicen que tiene más de arma de destrucción masiva que lo que buscaban los de Las Azores. Pero esto es más fácil de solucionar; con no lavarse los dientes, arreglado… Te quedarás con el careto del cuñao de los Ratones Coloraos, pero oye, nadie dijo que la vida sea perfecta, cierto?

En fin, que si vamos al meollo de la cuestión, básicamente tienes dos opciones: hacer caso a todas las tonterías que pasan por delante de tu muro de Facebook, o pasar palabra y seguir tomándote el café con azúcar, como toda la vida. En uno y otro caso, vas a vivir lo mismo, el norcoreano va a seguir dando por saco y Telecinco no va a dejar de emitir, así que básicamente estamos jodidos. Pero morir, lo que se dice morir, lo justo.

Así que tu haz lo que quieras, que yo lo tengo más claro que un gin-tonic sabatino: menos leer teorías disparatadas, menos apuntarse alegremente a las modas demonizantes y más consultar fuentes contrastadas y científicas. Si todas estas chorradas fueran tal letales como nos quieren hacer creer los macrobioticanos, la humanidad se hubiera extinguido hace años. Oye, que tan poco es mal remedio…

Por si acaso, yo, el café, lo sigo interpretando como toda la vida; mejunje oscuro y denso de dudoso origen, enriquecido con azúcar – terrones(2)-. Y como mandan los cánones, acompañado de un buen piti de tabaco nacional. Lo dicho, soy un kamikaze en potencia. Manolete, hazme sitio que voy p’allá. O no…

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