Las paradojas que nos enseña el coronavirus

Si de algo andamos sobrados estos días es de tiempo libre. Otra cosa no, pero, de tiempo, nos hemos vuelto todos millonarios. Tenemos tiempo de sobra para dar y regalar; tiempo para hablar; tiempo para escuchar; tiempo para callar; quién sabe, incluso habrá a quien le dé tiempo hasta para pensar y reflexionar. Gente hay para todo.

Lo cierto es que hemos vivido deprisa durante toda nuestra vida. Tanto que muchos de nosotros no conocemos otra forma de entender el mundo. Tanta información, tanta urgencia, tantas cosas que hacer a la vez, tanta prisa por llegar antes que nadie no se sabe bien a dónde… Todo ya, todo ahora, todo a toda leche, como si no hubiera mañana.

Y de repente, el mundo se ha parado; las urgencias quedaron aplazadas sine die. Y, como de la nada, nos surgen ideas que son, cuanto menos, curiosas, sorprendentes, paradójicas. Dicen que, incluso de las peores circunstancias, se pueden sacar valiosas lecciones. Pues bien, queridos, difícilmente encontraremos peores condiciones que éstas para aprender. Por eso, me gustaría compartir algunas reflexiones sobre las maravillosas paradojas que estamos viviendo.

La Tierra tenía razón

Durante siglos, nos hemos pasado por el forro a nuestro viejo planeta. Lo hemos maltratado hasta la extenuación, llenando de basura sus ríos, infestando sus cielos, exterminando a sus animales, arrasando y quemando sus bosques, hasta el punto de llegar a secar sus lagos, anegar sus corrientes de agua, contaminar sus océanos y derretir sus hielos.

Y , sin embargo, La Tierra nos la ha devuelto con una soberbia lección de generosidad y fertilidad. Han bastado apenas unos días sin nosotros, sin nuestra insaciable capacidad de destruir y machacar, para que La Tierra resurja de sus cenizas y se recupere de la estupidez humana, para volver a mostrarse vibrante y pletórica. La naturaleza vuelve a brotar por todas partes, con timidez pero con determinación, recordándonos cómo era este planeta antes de nuestro lamentable comportamiento.

Y así, las principales ciudades sometidas al confinamiento están viendo como la fauna vuelve a los espacios que les habíamos arrebatado, las aguas fluyen de nuevo claras y limpias y los cielos se recuperan con rapidez.

En febrero, Greenpeace estimó que 4,5 millones de personas fallecen cada año por la contaminación del carbón, el petroleo y el gas en todo el mundo. Es sabido que el aire contaminado causa daños pulmonares y cardíacos, dejando más de 8 millones de muertes tempranas al año. Esto resulta letal para el impacto que las infecciones respiratorias, como el coronavirus, pueden tener sobre los habitantes de ciudades expuestos a humos tóxicos.

Curiosamente, al reducir la contaminación del aire, ayudamos a los más vulnerables a luchar contra la pandemia. En grandes ciudades como Madrid y Barcelona han bastado solo unos días sin tráfico para despejar la atmósfera y rebajar el nivel de contaminación hasta un 85%, ayudando indirectamente a salvar más vidas.

Tabla elaborada con datos del Ayuntamientos de Madrid.

Pero, ¿de verdad era necesario que pasara esta desgracia para darnos cuenta del mal que le hacemos a nuestro planeta con nuestro comportamiento egoísta e insensible? Ojalá esta situación nos sirva de aprendizaje para poner un punto y aparte a nuestra irresponsable conducta medioambiental.

Porque nosotros lo valemos

Nos habíamos vuelto extraordinariamente egocéntricos. Creíamos que el mundo giraba a nuestro alrededor y exigíamos pleitesía a cuantos nos rodean. Será la publicidad, será la televisión, será la pérdida de valores; el caso es nos convencimos de que cada uno de nosotros eramos el mismísimo ombligo del universo. Todo por mí, todo para mí, aplastando a quien encuentre en mi camino, luciendo orgullosos nuestras carísimas sonrisas Profident en cada post de Instagram.

No quiero compromisos. No quiero ataduras. No quiero raíces. No quiero sacrificios. No quiero jefes. No quiero responsabilidades. No quiero normas. Porque yo lo valgo.

Y de repente, precisamente ahora, nos hemos visto envueltos en una pandemia cuya única solución pasa por el sacrificio de todos y cada uno de nosotros. Contra voluntad, nuestros egos se han quedado recluidos en casa hasta nueva señal. Ya no hay más yo, yo y solo yo; la nueva consigna es todos juntos. No hay más triunfo que el triunfo colectivo. No hay más voluntad que la voluntad global.

Por primera vez en la historia de la humanidad, más de un tercio de la población mundial trabaja al unísono por un objetivo común, superar la pandemia, que va muchísimo más allá que nuestros egoístas intereses personales. Justo cuando más insensibilizados estábamos a los problemas del prójimo, justo cuando menos nos importaban nuestros vecinos, compañeros y familias, hemos aprendido a dejar nuestra vida ordinaria aparcada y obrar con responsabilidad pensando en personas a las que ni siquiera conocemos.

Ancianos, enfermos, sanitarios; personas a las que nunca hemos visto y probablemente nunca veremos, se han vuelto importantes para nosotros. Y hemos respetado un confinamiento que nos puede estrangular pensando en nuestra salud personal, por supuesto, pero también pensando en los demás. Porque, por mucho que las reglas estén impuestas y haya sanciones por incumplirlas, podríamos haber sido más rebeldes, más egoístas, más inconformistas, pero decidimos por no serlo.

Hemos optado por respetar, por pensar en los demás. Ojalá esta situación nos ayude a rebajar nuestro axfisiante ansia de protagonismo, la ambición desmedida y la insensibilidad hacia los demás. Si, en esas circunstancias extremas, hemos sabido aparcar nuestras diferencias y unirnos por un objetivo común, no se me ocurren razones para pensar por qué no íbamos a poder seguir haciéndolo pasado mañana, cuando todo esto acabe.

Llegó el tiempo de los humildes

Vivíamos inmersos en la meritocracia. Nuestra vanidad y soberbia nos nublaban la mente. Nos vanagloriábamos de nuestros títulos, nuestros sueldos, nuestros fabulosos coches y nuestros rimbombantes cargos en inglés. Valorábamos a nuestros semejantes por lo que ganan, lo que tienen y lo que mandan.

Nos habíamos acostumbrado a mirar por encima del hombro a los más humildes, “los nadie, los ningunos, los ninguneados, que valen menos que la bala que los mata”, como tan acertadamente los describió Eduardo Galeano. Sin ir más lejos, hoy, 28 de marzo, Italia hace un llamamiento a los mismos emigrantes ilegales a los que repudiaba hace apenas unas semanas, para ofrecer un permiso de residencia y trabajo remunerado a los sanitarios titulados que estén dispuestos a arrimar el hombro (qué hipócritamente bondadosos nos podemos volver cuando nos interesa…).

Habíamos olvidado ya el tiempo en el que cada persona tenía y merecía un mismo respeto, por el mero hecho de ser persona, y no por las cartas que nos hubiera repartido la vida. En su lugar, estábamos sumidos en una absurda altanería hacia quien no estuviera en una posición merecedora de nuestra admiración.

Mirar por encima del hombro a quien ejerciera un trabajo humilde era el deporte nacional. ¿O no te acuerdas ya de todas la veces que te fuiste de un centro de salud o del super sin mirar ni dar las gracias a la enfermera o al cajero que te atendió? No, seguro que tú nunca hiciste eso… Ni yo tampoco.

Lo más paradójico es que la esperanza de sobrevivir a esta pandemia pasa ahora por el trabajo de aquellas personas a las que antes denostábamos. Mientras nosotros nos sentimos inútiles, acobardados y maniatados, nuestras vidas dependen de quienes desempeñan las labores que, hasta hace un mes, nos parecían poco menos que repugnantes. ¿Curioso, verdad?

Con razón, ellos son ahora a los que aclamamos como verdaderos héroes; la enfermera, el cuidador de ancianos, el personal de limpieza, el reponedor del super, la cajera, el dependiente de la farmacia, el camionero, el médico, el repartidor de medicinas. Y, por supuesto, los voluntarios que deciden, venciendo al miedo paralizante, darlo todo por los que no tienen nada.

Que no haya mañana ni una frase ni una foto para los presidentes, banqueros, futbolistas, artistas o famosas que no han hecho nada para aliviar nuestro dolor o salvar nuestras vidas; para los que no se han manchado sus manos, ni han madrugado, ni se han jugado el cuello por nadie.

Muchos de ellos permanecen recluidos en sus fabulosas mansiones, higiénicamente aislados del mundo real, y nos echan las migajas que les sobra para aliviar su imagen y sus anestesiadas conciencias. Por citar solo dos ejemplos, ¿sabes cuánto han donado hasta el día de hoy el Banco de Santander o el BBVA para ayudar a la lucha contra el coronavirus? 29 y 36 millones, cada uno. ¿Sabes qué beneficio obtuvieron estas entidades en 2019? 6.515 y 4.830 millones de euros, respectivamente. Creo que está todo dicho.

Vivimos con el corazón en un puño y, si hay un mañana, será únicamente por al trabajo de los más humildes. Para ellos ha llegado, por fin, el tiempo de que los últimos sean los primeros. A ellos dedicaremos hoy nuestros aplausos; ojalá mañana les dediquemos la recompensa, social y económica, que se merecen por haberse jugado la vida por nosotros.

(Ya no) tenemos que vernos

¿Te acuerdas de aquellas campañas que surgieron como hongos por todas partes, hace una o dos navidades? Sí, hombre, aquellas que nos acusaban de ser hipócritas por considerarnos amigos de cualquiera a quien viéramos menos de nosecuántos veces al año, o algo así…

Y es cierto. Hemos sido terriblemente vagos y (una vez más) egoístas. Nuestras agendas estaban ocupadísimas y creíamos que nuestro tiempo era demasiado valioso para pasarlo con los amigos y familia. Vivíamos embarcados en una espiral autodestructiva de reuniones, seminarios, webinars, clases extraescolares y compromisos sociales, que nos impedían vernos con aquellas personas que realmente nos aprecian. Dedicarles una parte del tiempo que se merecen. O simplemente, sentarnos al borde del camino para disfrutar del aire libre, el paisaje o de la gente que pasa.

Hoy, que todo se ha ido temporalmente al carajo, nos mordemos las uñas lamentándonos por no haber hecho más caso a los memes, por haber compartido el vídeo viral del momento, al tiempo que ignorábamos su esencia, por creer que enviar un mensaje de saludo o un chiste de vez en cuando bastaba para alimentar una relación de verdad.

Hoy muchos echamos de menos recuperar el contacto físico que ahora nos da miedo y mañana nos dará grima. Nos tendremos que quedar con las ganas durante más días y semanas.

No volvamos a comportarnos como insensibles sacos de carne, carajo; que somos de sangre caliente, que tenemos un corazón que late y ganas insaciables de reír, de abrazar, de besar y de estar juntos. Ojalá que no se nos olvide (esta vez sí) vivir todos los momentos que lamentablemente pospusimos para mejor ocasión, cuando tuvimos oportunidad de hacerlos.

Y mientras tanto, la próxima vez que sintamos la tentación de criticar a la tecnología, de acusarla de separarnos y deshumanizarnos, de esterilizar nuestra voluntad y nuestras mentes, recordemos estos tiempos en los que fue, verbigracia, esa tecnología la que nos permitió mantener nuestros trabajos, continuar nuestra educación y alimentar la llama de la esperanza de los nuestros, conectándonos a través de la distancia que nos separa.

Cuántas soledades se han roto o se han aliviado gracias a esa misma tecnología que denostábamos hasta hace bien poco. Al final, ha resultado que, en sí misma, no era tan mala como pensábamos; lo único que había erróneo era el mal uso que hacíamos de ella.

CAMBIEMOS. AHORA. EL MUNDO NO AVISA DOS VECES.

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