Mira debajo de la cama

El monstruo de debajo de la cama se las prometía felices al caer la noche de vísperas del Día de Difuntos. Por fin había llegado su gran día. Mientras aguardaba pacientemente bajo la cama de Lucas a que llegara su momento, se relamía de puro gusto de solo pensar en el festín que le esperaba esa noche. El ser, cuya ominosa existencia era desconocida por parte de casi todos los habitantes de la casa, sabía muy pocos detalles sobre Lucas, su joven presa, más allá de que era un niño de cinco años, que dormía solo en su cuarto y que albergaba un pavor incontrolable a lo que pudiera esconderse en las sombras de su dormitorio.

Habían transcurrido muchos meses desde que aquella abominación se deslizara sigilosamente bajo la cama. Por aquel entonces, era poco más que una sutil sombra. Durante todo el tiempo en el que había tejido su oscura telaraña de terror en torno a Lucas, había permanecido agazapado en la oscuridad esperando al mejor momento para alimentarse día a día con el miedo de su vecino de cama.

Y así, todas las noches, cuando el pequeño se dormía, el monstruo emergía de su escondite con su inmenso cuchillo de sierra, cuyas hojas dentadas destellaban en la penumbra, y observaba detenidamente a su vecino de cuarto. Manejando con suma habilidad el arma, acariciaba ligeramente los suaves rizos dorados de Lucas, sintiendo el miedo que el niño exudaba incluso en sus más profundos sueños. En otras ocasiones, acercaba la parte de su cuerpo que podría llamarse rostro al pequeño hasta abrir su demoníaca mandíbula de tiburón mortalmente armada con una doble fila de colmillos afilados hasta escasos centímetros del niño, calculando la fuerza que necesitaría para desgarrar su cabeza de un bocado y preguntándose a qué sabría su dulce y tierna carne.

Cuando el gélido aliento nauseabundo del monstruo bañaba la piel blanquecina de Lucas, el pequeño se estremecía de frío y terror. Durante el acecho, una alarma inconsciente recorría al segundo la distancia que separa el abismo de los sueños de la esfera de la realidad. Entonces, el frágil universo de los sueños de Lucas se veía ensombrecido y sus aventuras imaginarias, troncadas en las más aterradoras pesadillas. Porque desde las simas de su cerebro dormido se activaban ancestrales mecanismos de alerta para advertirle de la proximidad del peligro.

El monstruo percibía ese cambio y sonreía placenteramente. El miedo brotaba del niño a borbotones. Y con este, se disparaba la producción de adrenalina y cortisol. La siniestra aberración podía percibirlo en su piel verduzca, olerlo con sus membranas gelatinosas, verlo desde la docena de ojos rojos que salpicaban su cabeza. Ese miedo, y las sustancias que generaba, eran el manjar del que se alimentaba el monstruo, una fuente de energía oscura y potente que le ayudaba a crecer y desarrollar poco a poco su maligno cuerpo.

De este modo, la vida de Lucas se había convertido en un calvario. Las noches eran un desfile interminable de insomnio y pesadillas, un ciclo de ansiedad y desesperación. Durante el día, sus ojos mostraban las huellas de noches sin descanso, su piel se volvía más pálida y su sonrisa infantil se desvanecía lentamente. Lucas, con el tiempo, había dejado de compartir sus temores con sus padres. No había explicación que pudiera darles sobre la presencia invisible que lo acosaba que pareciera razonable a los ojos de un adulto. Y cada vez que les alertaba del peligro que acechaba debajo de su cama, éste se tornaba invisible a ojos de los adultos, que terminaban por desconfiar de sus llamadas de auxilio e interpretarlas como caprichosas llamadas de atención.

Por su parte, los padres de Lucas, angustiados por el insomnio constante de su hijo, habían probado todo: consultaron a médicos, psicólogos, e incluso invocaron la ayuda de un sacerdote, buscando respuestas a lo que consideraban una aflicción psicológica inexplicable. Pero nadie podía descifrar el verdadero origen de la angustia de Lucas, ni sus palabras entrecortadas sobre «el monstruo bajo la cama.»

El tiempo pasó, y el monstruo se volvió cada vez más audaz en sus incursiones. Cada noche emergía de su escondite oscuro y rozaba la piel de Lucas con sus zarpas nervosas rematadas en gruesas garras curvas y afiladas. En ese momento, Lucas se despertaba con la sensación de que algo malévolo lo observaba de cerca y se desvanecía en las sombras tan pronto como encendía la luz. El monstruo había aprendido a alimentarse de ese temor, a saborear cada gota de angustia que emanaba de Lucas como se paladea un amable Borgoña añojo.

El niño, por su parte, llegó al punto de evitar acercarse a la cama. Durante el día, permanecía agotado, envuelto en una penumbra inaguantable, luchando contra la pesadez en sus párpados, mientras sus padres observaban impotentes como su hijo se deterioraba física y emocionalmente. Pero las noches eran con diferencia lo peor. Se convirtieron en una pesadilla que nunca terminaba. Cuando llegaba el momento de irse a la cama, escoltado por sus padres, sentía la desolación y el desgarro del reo camino del patíbulo ajusticiador y se estremecía tan solo de pensar lo que pudiera llegar a pasarle y cómo un niño de solo cinco años podría hacerle frente al miedo sin rostro.

Pero esta noche sería diferente. El monstruo había completado la formación de su constitución. Su cuerpo hecho de jirones de sombra había crecido y se había materializado en una bestia tan poderosa como hambrienta. Al fin había llegado el momento de salir de su guarida y cobrar su siniestra recompensa. Se relamía malévolamente imaginando una y otra vez cómo sería el momento de la caza cuando, caída la noche, cerrara con cuidado la puerta del cuarto mientras todos dormían para, en el vacío conformado por su presencia en el cuarto, se produjera un impune silencio en el que poder actuar a su voluntad sin amenazas externas.

Y así, cuando, unos minutos despues de las nueve de la tarde, Lucas apareció bajo el quicio de su puerta con su osito Paddy colgando asido de la mano, el monstruo sonrió con malévola anticipación, expectante ante el cauce de los acontecimientos. Lucas comenzó a andar hacia la cama dando pasos titubeantes. Escondido en la oscuridad, el monstruo apenas alcanzaba a vislumbrar como arrastraba sus diminutas zapatillas de felpa rematadas con las siluetas de Epi y Blas. Apretó la presa en torno al cuchillo de caza y visualizó cómo sería el preciso instante de salir de las tinieblas y mostrarse ante él. Probablemente bastara con asir por sorpresa el tobillo del niño para que el pánico enmudeciera a su presa, reflexionaba mientras éste lentamente se acercaba a su posición.

Sin embargo, justo cuando el monstruo se preparaba para actuar, Lucas se detuvo a dos pasos de distancia del borde de la cama. Un escalofrío de impaciencia recorrió el espinazo del monstruo y un sudor frío bañó su frente. Lentamente, Lucas retrocedió pasito a pasito hasta la puerta andando hacia atrás. Un nudo en la garganta le impedía articular palabra, y sus ojos, llenos de miedo, estaban fijos en la penumbra bajo la cama.

El monstruo, ahora desconcertado, observaba atentamente. No entendía por qué Lucas se había detenido, por qué no avanzaba como lo hacía todas las noches. Pero no podía evitar percibir la sensación de que algo había cambiado, algo que provocaba en la criatura una profunda inquietud. Fue entonces cuando Lucas, con la voz quebrada por el miedo, pronunció en el umbral del dormitorio unas palabras incomprensibles: «Es aquí, Dimitri. Está justo aquí. Mira debajo de la cama.»

El corazón del monstruo dio un vuelco. Sus pensamientos se agitaron en un mar de confusión. ¿Quién era Dimitri? ¿Qué hacía allí? Antes de que pudiera encontrar respuestas aparecieron junto a Lucas unos pies gigantescos calzados con pesadas botas de minero rematadas en puntas metálicas. Colgando junto a las botas, asomaba la cabeza mellada del mazo de acero más grande que nunca se había visto. Dimitri medía bastante más de dos metros y su espalda era tan grande como un somier. El conjunto formado por los pies y el gigantesco mazo formaban un grotesco contraste junto a los minúsculos piececillos de Lucas.

Un escalofrío corrió por el espinazo del monstruo y sus sentidos se agudizaron mientras observaba a los dos intrusos que había en su territorio. Lucas, aún con la mirada fija en el espacio bajo la cama, solo alcanzó a estirar su bracito diminuto, extender acusadoramente su dedo índice y pronunciar de nuevo un susurro tembloroso: «Es así, Dimitri, debajo de la cama.»

Al instante, los pies colosales de Dimitri se pusieron en marcha lentamente hacia la cama. Cada paso hacía retumbar el suelo y los muebles de la habitación. Hasta las paredes del cuarto parecían crujir quejumbrosamente. El monstruo sintió como comenzaba a envolverle un inesperado abismo de angustia. Nada de esto estaba previsto en su siniestro plan.

Se había estado preparando para esta noche durante meses, tal y como venía haciendo desde los albores de la eternidad. Y siempre actuaba del mismo modo… Encontraba un hogar con niños pequeños; se escondía en la oscuridad bajo la cama del niño; crecía alimentándose del miedo; llegado el momento, una noche de Difuntos emergía de su escondrijo para devorar a su víctima; tras el banquete reventaba del placer de tanto dolor y sufrimiento, lo que le dejaba reducido a una sombra evanescente e inofensiva, que vagaba en la noche en búsqueda de un nuevo hogar. Esta era una liturgia que conocía a la perfección. No en vano llevaba siglos repitiéndola sin la menor incidencia.

Hasta esta misma noche en la que todo había cambiado.

En un abrir y cerrar de ojos, la cama fue levantada por los aires y voló por los aires para acabar aterrizando aparatosamente en un rincón del cuarto, dejando de este modo al monstruo al descubierto. Dimitri se arrodilló lentamente junto a la criatura, que permanecía paralizada por el pánico. Sosteniendo el mazo de acero en alto, sus ojos azules como el hielo virgen se encontraron con los ojos profundos del monstruo que parecían atrapar la esencia misma de la oscuridad. La voz de Dimitri, cavernosa y desprovista de sentimientos, resonó en la habitación cuando pronunció su sentencia: «Di adiós.»

El monstruo apenas tuvo tiempo de comprender la magnitud de su fatal error mientras el mazo de Dimitri ya silbaba feroz hacia la cabeza del monstruo para destrozar así de un certero golpe su terrorífica existencia mientras se desvanecía en la oscuridad, sumido en un abismo de caos y desesperación.

Lucas, paralizado por el terror, observó la escena con ojos desorbitados. pero no se movió ni un ápice del punto donde se encontraba. La presencia oscura que había atormentado su vida había sido cercenada al fin. Y no sabía si debía sentir alivio, odio o repugnancia por ello.

Dimitri, con calma, volvió a colocar la cama de Lucas en su sitio. Se aseguró de que estuviera cómodamente cubierto y le dijo al niño: «No habrá más monstruos debajo de la cama, Lucas. Ahora puedes dormir en paz.» El niño asintió agradecido, todavía temblando y confuso. Se acurrucó en su cama, rodeado por una extraña mezcla de agradecimiento y miedo. Mientras Dimitri se alejaba, desvaneciéndose en las sombras de la noche, la habitación de Lucas quedó imbuida de una extraña sensación de seguridad que no había sentido en años.

Sin embargo, la sombra del monstruo, desvanecida pero no olvidada, seguía acechando en algún rincón de la imaginación de Lucas, esperando su próxima oportunidad para regresar desde las profundidades de la pesadilla. Lucas, a pesar de todo, sabía que esta era una historia que aún no había llegado a su fin.

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