Tardes de lluvia en Verano

Las lluvias de verano siempre me abren una ventana directa a mi niñez. No se muy bien a qué extraño motivo responde mi memoria, pero el sentir de la lluvia veraniega desde mi ventana suele venir acompañado de un billete de doble sentido en el tiempo hacia un pasado al que no visito con demasiada frecuencia.

Quizás sea el intenso olor que desprende la tierra quemada por el sol al sentir el alivio de la lluvia momentánea; quizás sea el  exuberante lapso breve en el que renace la naturaleza por unos instantes bajo el calor de justicia; o tal vez, el recuerdo lo traigan las moscas aburridas y voraces, revoloteando sobre mi cabeza, nerviosas por el ruido de las gotas en el cristal.

O puede que mis recuerdos resuciten desde la cajita de cenizas que todos conservamos en ese hueco de la memoria donde una vez hubo un niño para transportarme hacia aquella quietud y aquel silencio con el que se envolvía la penumbra de mi habitación mientras llovía; apenas una insignificante pausa en el fulgor hiperactivo veraniego, durante la que me sentía hipnotizado por la fuerza sobrehumana de la naturaleza mientras la brisa refrescante saturada de ozono imantaba mi piel tostada por las correrías y chiquilladas matutinas.

lluvia_verano

Ya entonces sospechaba que la lluvia se deshilacharía tan misteriosamente como había aparecido y que daría pronto paso a los rayos de sol, secando en unos minutos los rastros de la lluvia, como suele pasar con las grandes cosas que nos suceden en la vida. Y yo me calzaría de nuevo mis sandalias de goma y saldría de nuevo a la calle sobre mi brillante bicicleta roja, corriendo colina arriba para poder divisar mejor al arco iris en el horizonte.

En apenas unas horas, Sergio, Ramón, Pedro y yo tomaríamos el camino que converge en la acequia abandonada con la esperanza de atrapar algún sapo al descubierto o tal vez alguna culebrilla aturdida por el chaparrón. Por la noche, la brisa bajaría algo más fresca de la montaña, aliviando un poco el asfixiante calor estival. Y las estrellas por unas horas brillarían con mayor intensidad, recién limpiadas sus estelas por la lluvia purificadora, parpadeando con esa nitidez que sólo conoce el verano.

Pero mientras tanto, yo permanecía inmóvil, absorto, boquiabierto, viendo a la vieja y nueva lluvia mojar unas horas del verano, a la espera de que los acontecimientos futuros dieran paso a un nuevo día, deliciosamente rutinario y sorprendente a un mismo tiempo, como sólo los días de verano de la niñez saben ser.

Ahora, que han pasado bastantes años como para recordarlo todo con suficiente claridad, pero no demasiados como para enturbiar mis sentimientos acerca de aquellos días mágicos, me dejo llevar por los recuerdos durante las misteriosas tardes de lluvia de verano.

Arrastrando alguna que otra sonrisa furtiva en memoria de los cada vez más lejanos días felices de mi niñez, sabedor de que nunca volverán a repetirse.

Escurriendo inconsciente alguna que otra lágrima furtiva en memoria de aquellos recuerdos felices, sabedor de que quedará oculta bajo la lluvia, que todo lo empapa.

tarde lluviosa en la ventana

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