Una de romanos

Hace unos días escuché sin pretenderlo una conversación entre dos desconocidos en una parada de autobús. Uno de los dos individuos, vestido con vaqueros y camisa, le explicaba al otro, equipado con impecable traje y corbata, lo incómodo que se sentía en su nuevo puesto de trabajo porque en allí no era costumbre ir a trabajar con traje.

De este modo, nadie sabe a qué atenerse. No sabes si estás hablando con un recepcionista o con el director de la compañía – decía el de los vaqueros. No pude evitar esbozar una media sonrisa irónica ante la estupidez que llevaba implícita semejante comentario.

Entre mis ocupaciones laborales está la de recibir a muchos responsables comerciales. Algunos de ellos son vendedores independientes a comisión que malviven con salarios mínimos; otros, son directores comerciales cuyos salarios multiplican por varias cifras el mío. Todos ellos aparecen siempre invariablemente equipados con sus trajes reglamentarios. Diferenciación, cero. Yo, por mi parte, cumplo a rajatabla con mi regla autoimpuesta de no llevarlo nunca.

No tengo ni puñetera idea de si esos tipos saben quien soy yo o no, cuál es mi puesto en el organigrama de mi empresa, mi status socioneconómico o mi nivel salarial. Ni me importa un rábano. Tuve una infancia feliz, sin ninguna clase de traumas o complejos pendientes de superar. No necesito que nadie me clasifique por mi aspecto. De hecho, no me gusta que nadie valore mi aspecto físico.

A estas alturas, creo que resulta bastante obvio que detesto los trajes. No son totalmente extraños para mí; en una época de mi vida tuve que llevarlos. Pero esa etapa quedó superada. Hoy en día, afortunadamente, llevar traje no entra dentro de mis obligaciones laborales. Y en esto es algo en lo que todos salimos claramente ganando.

Hace un tiempo tuve una revelación transcendental que causó gran impacto en mi vida profesional: las empresas me pagan por hacer mi trabajo. No es un trabajo fácil, requiere un gran desgaste intelectual, pero, modestamente hablando, no se me da nada mal. Para poder hacer mi trabajo lo mejor posible, lo que supone mi objetivo y meta diaria, necesito poder dedicarme única y exclusivamente a eso, a trabajar. Necesito tener un buen ambiente de trabajo. Necesito tener los recursos necesarios para poder desempeñarlo. Y necesito sentirme cómodo, para poder estar a gusto con lo que hago. Solo así consigo aportar mi mejor rendimiento.

No; no me gustan los trajes. Como tampoco le gustan a la mayoría de las personas. Cuando andas por la calle un fin de semana, cuando visitas un parque, cuando estas de vacaciones, o vas al fútbol el domingo o sales a dar una vuelta por la noche, los únicos trajes que ves son el del gorila de la puerta de la discoteca y el del árbitro. Si nadie lleva traje por placer es porque el traje es algo incómodo de llevar, innatural, artificial en nuestro cuerpo. Del mismo modo que nadie lleva un trozo de tela amarrado al cuello por gusto. Por Dios, ¿acaso puede haber algo mas ridículo?

Sin embargo, sorprendentemente, hoy en día aún quedan muchas empresas que no se han dado cuenta de este realidad. Siguen obligando a sus empleados a que acudan a su puesto de trabajo vestidos de romanos, todos bien equipaditos, impersonales, incómodos, insoportablemente uniformados como colegiales de una escuela bien. Totalmente ajenos a si se sienten cómodos con esta vestimenta, todos tienen que ir perfectamente equipados con los hábitos marcados por las normas establecidas del buen gusto y la educación malentendida. No es que ignoren si llevar traje es del gusto de sus empleados o no; es que les importa una mierda si estos se sienten a gusto o no. Sobreentienden que pagarles un salario les hace dueños de su voluntad, sin pararse a pensar si ésta es la mas adecuada para fomentar la productividad entre sus empleados.

Cuando trabajaba en una compañía donde me obligaban a acudir a trabajar en traje, recuerdo que los viernes aplicaban una excepción a la norma y se nos permitía vestir como nos apeteciera, dentro del decoro y el buen gusto, está claro. Y, por supuesto, nadie iba a trabajar ese día en traje. Es más, muchos pensaban que el viernes era el mejor día de la semana. Cierto que la cercanía del fin de semana y el hecho que sólo trabajábamos media jornada ayudaban mucho a que así fuera, pero estos dos motivos no explican por sí solos el buen ambiente y la camadería que reinaba ese día. Realmente veías a tus compañeros sonreír, los notabas sentirse cómodos, confortables, diríase que mas seguros de sí mismos. Yo creo que era por la libertad de elegir su indumentaria. En mi caso, por lo menos, así era.

Puedo comprender y respeto la actitud que persiguen mucha de esas empresas sobre la imposición en la vestimenta a sus empleados. No pocos justifican esta decisión como una muestra de respeto hacia sus clientes. El trasfondo es muy noble, estoy de acuerdo. Sobre todo cuando tienen que visitar a un cliente en el cual se impone esta misma estúpida norma. Pero, ¿dónde queda el respeto a sus propios empleados?. ¿Cómo puedes pensar que tu equipo va a rendir lo suficiente si le impones incomodidades y normas desfasadas? En mi caso, no siento mas respeto ni me siento respetado por ninguna persona en función del aspecto estético que exhiba. En todo caso, lo haré en virtud de su trato, de cómo se dirija a mí o a mi empresa o en su forma de comportarse. En demasiadas ocasiones he tenido que vérselas con señores elegantemente vestidos con sus impecables trajes sastres y sus corbatas de seda que mostraban una actitud altanera, irrespetuosa o prepotente. ¿De qué sirve en estos casos tanto protocolo? Mas bien de poco…

No estoy totalmente en contra de los trajes. No hay peores formas que alguien que acude a una boda o a una recepción oficial vestido en vaqueros. Pero creo que cada vestimenta tiene su ocasión adecuada. Y el entorno laboral no es el más propicio para una corbata. Sobre todo en personas que nunca van a sentarse en frente de un cliente o de un proveedor. ¿A quien demonios se supone que respetan en esos casos?¿Al director general?

Me siento muy feliz de vivir permanentemente uniformado con mis vaqueros y mi polo. Creo que no ofendo a nadie con ello ni me ofende quien no viste como yo. Si de algún modo tengo que valorar mi indumentaria es de adecuada. En alguna ocasión he hablado sobre las estrategias de consumer relationship marketing o marketing total. Según esta teoría, una empresa comunica con sus empleados en todas las expresiones públicas a las que tiene acceso sus clientes, desde su página web hasta su rótulo. ¿Sería coherente pretender ser la marca que mejor conoce a los jóvenes o a las amas de casa o a los deportistas y al mismo tiempo vestir como si fueran los mismísimos Men In Black? La respuesta, obviamente, sería que no. Sería totalmente incoherente. Además de incómodo, por supuesto….

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