La red social no es lugar para timidos

En realidad, toda la www es espacio restringido para cobardes, timoratos y, en general, cualquiera que tenga o que piense que tiene algo que ocultar. Internet construye una imagen de tu vida, más o menos ajustada a tu realidad o, al menos, a la realidad que quieres reflejar. Esa imagen es totalmente rastreable, seguible y medible. En la mayoría de los países, la información que existe sobre tí en La Red puede ser utilizada para investigaciones policiales e incluso es potencialmente utilizable como prueba judicial en caso de litigios o conflictos legales.

Parte de esta información la creamos nosotros de forma consciente y voluntaria: publicaciones, fotos compartidas, correos electrónicos, interacciones con páginas de información… El resto, queda marcado en la nube del uso que hacemos de portales de servicio o del registro que de nosotros existe en bases de datos o fuentes de información. Nuestra identidad fiscal, nuestro expediente académico, nuestro historial clínico, las cuentas del banco… todo está en la red y es relativamente fácil acceder a ello.

Pero, como decía antes, nada de esto debe suponer un problema para nuestra conciencia si no tenemos nada que ocultar. Mientras no caiga en manos malintencionadas, por supuesto.

egocentrismo 2Sin embargo, al margen de esta realidad digital que todos tenemos más o menos asumida y digerida, hay otro hecho que excede al mero terreno tecnológico para adentrarse en el campo de lo social y lo cultural. Este hecho está intrínsecamente relacionado con el nacimiento y la emergencia de la Red Social, aunque resulta extraordinariamente difícil discernir si es causa o consecuencia de ello (en este punto, huevo y gallina se parecen sospechosamente y sus fronteras se difuminan confusamente).

Con el arranque del siglo XXI, los sociólogos y psicólogos sociales constatan la consolidación de una tendencia cuyos orígenes primigenios se remontan a los años ochenta y su bulliciosa efervescencia del culto al cuerpo y la imagen. De aquellos lodos, estos barros… El culto a la imagen evoluciona hasta un culto desmedido al yo, un ensalzamiento del ego. Quizás sea debido al fin de las ideologías que preconizaba Fukuyama, o a una profunda crisis de valores tal y como defienden los antropólogos y los doctores de las distintas Iglesias, o tal vez se trate de una consecuencia inherente de décadas de exposición al marketing más agresivo y voraz – tantos años homenajeando nuestra psique porque nosotros lo valemos acaban por hacer mella-. Sea como sea, nuestra particular cosmología ha virado hacia un egocentrismo que nos convierte a cada uno de nosotros como el mismísimo centro del universo.

En este entorno, las redes sociales han encontrado un caldo de cultivo ideal para crecer exponencialmente como una supernova alimentándose de planetas cercanos, al tiempo que su desarrollo no ha servido sino para dotar a nuestro ego de la plataforma perfecta desde la cuál mostrarnos al mundo y exhibirnos como la gente sin complejos que creemos ser. Las redes sociales son el paradigma del egocentrismo; el culto al ego es el axioma que da pie a las redes sociales. Un círculo de lo más vicioso. Y de lo más productivo, dicho sea de paso.

egocentrismoCuriosamente, esta nueva realidad social ha puesto del revés nuestros más básicos principios. Algunos de nuestros prejuicios y normas han cambiado hasta tal punto que se han invertido radicalmente. Uno de estos casos es la creciente exposición a la exhibición conforme avanzamos en la vida y acumulamos experiencias insatisfactorias y frustraciones sobre unas expectativas desmedidas respecto a lo que creemos ser justos merecedores. Si somos el centro del universo, todo lo bueno que nos pase es poco. Merecemos una brillante carrera universitaria, un puesto de trabajo de relumbrón, una carrera profesional de campanillas, una familia modélica, unos amigos ejemplarmente fieles y entregados, una preciosa rubia con curvas, unos hijos superdotados, un deportivo de última generación y las alabanzas y loas de todos cuantos nos conocen. En resumen, algo a lo que muy pocos tendremos acceso en toda nuestra vida.

Para compensar nuestras limitaciones y mediocridades, desarrollamos un complejo de compensación que nos lleva a crearnos a nosotros mismos los homenajes y parabienes que no nos dan los demás, básicamente porque no nos hemos hecho merecedores de ellos. Llegados a este punto, ¿Queréis oír una hipótesis sobre este cambio social? Muy bien, allá va:

Cuanto más mayores nos hacemos, menos nos interesa la privacidad y mas el exhibicionismo.

Para validar esta afirmación, bastaría con recurrir al uso que damos a las redes sociales. Mientras entre los más jóvenes triunfan las redes que permiten mantener su anonimato, como es el caso del Tuenti español o de los chats privados, conforme maduramos mostramos más interés por hacer pública nuestra vida social. Exponemos sin pudores nuestras fotos en Flickr o Pinterest – donde nos creemos grandes fotógrafos-, compartimos con absolutos desconocidos dónde nos encontramos en Foursquare, le decimos a todos la música que realmente pita en Spotify, hacemos públicos nuestros pensamientos e ideas más peregrinas en Twitter – donde también damos rienda suelta a nuestras frustraciones destrozando socialmente a cualquiera que ose destacar sobre la medianía – y, por último, lo amalgamamos todo a la vez en Facebook y le damos eco frente a decenas, cientos y hasta miles de identidades ante las que no siempre tenemos muy claro quien hay detrás.

Definitivamente, la privacidad ha muerto. Está tan obsoleta como los refrescos de polvos o las yogurteras. No nos interesa lo más mínimo. Necesitamos psicológicamente abrirnos al escaparate de la red, sin mostrar miedo o pudor a lo que somos porque estamos demasiado absortos y obnubilados por lo que creemos ser. Expresamos una satisfacción hedonista en compartir con todos cuánto de maravillosos y deslumbrantes queremos ser/somos/aspiramos a ser, lo que nos impide dedicar el tiempo necesario a que esas aspiraciones dejen de ser meros sueños para convertirse en una realidad. Una realidad 1.0, se entiende…

Evidentemente, los hay quienes muestran una preocupación hacia la privacidad, a veces incluso rayando la obsesión más enfermiza. La Ley Orgánica de Protección de Datos y la cohorte de ensalzadores y evangelizadores que la defienden y promueven son pruebas fehacientes de ello. Pero realmente, no nos podemos engañar, se trata de una aplastante minoría, como los antitaurinos, los veganos, los anarquistas o los nacionalistas independentistas; fanáticos de tendencias que persiguen más ir en contra de la norma social establecida que defender posturas ideológicas de difícil sostenimiento social, sin entrar en ningún momento a valorar la validez de sus posturas. La ética siempre ha defendido la existencia y permanencia de cualquier corriente de opinión siempre y cuando sea expresada de forma argumentada y defendida dentro de los límites que marca la sociedad.

En cualquier caso, la tendencia a compartir nuestra vida íntima y socializar nuestras ideas, comportamientos y experiencias se está consolidando y eso es algo que políticos, publicistas, religiosos, filósofos y artistas, entre otros, deberán tener muy en cuenta en tiempos venideros sin quieren ganarse los favores de sus seguidores y audiencias. Y, por supuesto, es algo que no podremos perder de vista ninguno de los que trabajamos y vivimos de algún modo en o alrededor de la red social.

espejo

 

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