Volver

Partir es como morir un poco. Así reza el dicho popular. Sin embargo, la partida siempre es más dura para el que queda que para quien se marcha.

Quien se queda debe aprender a convivir con la ausencia, con el hueco que deja quien nos ha abandonado. Cuánto más intenso sea lo que nos une a esa persona, ese espacio vacío será más grande, más doloroso será el desgarro de su marcha, más estruendoso el silencio de su ausencia, más difícil de rellenar el desierto yermo que nos rodea con su partida.

Por su parte, quien se marcha se dirige a un nuevo destino, a un nuevo horizonte. La emoción del paisaje del camino y la incógnita de lo que espera al llegar al nuevo destino ocupan la mente del viajero y, en cierto modo, moderan el sentimiento de soledad y empañan parcialmente el recuerdo, que se diluye entre un torrente de emociones nuevas y viejas.

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Partir es diametralmente opuesto a volver. El hueco que dejamos cuando marchamos a un destino lejano raramente no ha sido ocupado a nuestra vuelta por otras personas, otros lugares o, tal vez, por la imagen idealizada de nuestro recuerdo, tan distante a nuestra verdadera esencia. Quienes guardaron nuestra ausencia debieron aprender a completar el espacio que un día dejamos, tuvieron que aceptar reconstruir su vida y re-decorarla como si de un mecanismo de supervivencia extraño se tratara, puesto que no podemos vivir plenamente nuestra vida cuando ésta se halla incompleta, del mismo modo que no podríamos vivir con plenitud sin una pierna, un pulmón o el cerebro.

Volver es como nacer un poco. Esa podría ser una lógica inversión de la metáfora de nuestra partida.

Pero en ese caso no podemos olvidar que nacer siempre ha resultado más doloroso que la dulce y silenciosa muerte. El parto es uno de los momentos más violentos y agresivos que experimentamos en nuestras vidas. Nacer es llegar a la vida; pero la vida, el mundo, siempre estuvo ahí, desde mucho antes de que naciéramos, incluso mucho después de que partiéramos.

Al igual que hace un recién nacido al salir de su madre, con nuestra vuelta tenemos que aprender a encontrar nuestro lugar en esa parte del mundo en la que hemos ido a parar. Y no es una tarea fácil de gestionar porque al volver tendemos a exigir a quienes nos rodean el espacio que ocupábamos antes de nuestra partida, sin ser conscientes del todo que la historia de esas personas ha continuado hacia adelante, se ha movido, ha mutado.

Solemos creer que al viajar solamente nosotros hemos cambiado y evolucionado. Pero el calendario se mueve al unísono, el reloj avanza simultáneamente, con independencia de donde nos hayamos encontrado durante todo este tiempo. Por eso, la reencarnación del viajero que vuelve resulta angustiosa al sentir que en su ausencia han nacido nuevas vidas, nuevas personas, nuevos lugares o nuevas experiencias que le son ajenas, no le pertenecen.

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El viajero se encuentra, inevitablemente, con una sensación de desapego cuando descubre que ya no pertenece al lugar donde viajó y que tampoco es uno de los habitantes naturales del lugar donde una vez partió. El viajero no siente que ese no es su sitio; siente que ya no tiene sitio. Y ese descubrimiento le provoca un vértigo mareante que podría llegar a llamarse pánico algún día.

Pero si las emociones de quien decide volver son complicadas de gestionar, no lo son mucho menos las de aquel que tuvo que quedarse esperando a una vuelta que nunca pareció llegar. En su camino, han aparecido nuevas sensaciones, ha tenido que sobrellevar una ausencia cercana, ha sobrevivido al vacío plantando semillas con la pobre esperanza de que algún día dieran árboles bajo cuya sombra se pudiera esperar con más comodidad una vuelta que nunca parece llegar. El paciente abandonado rehabilita su vida para que la perdida del viajero ausente no resulte tan dolorosa.

Y con el retorno ansiado, se encuentra con un jardín al que debe optar por abandonar para ocuparse de quien ha vuelto o por aceptar como el nuevo centro de su vida. Si la ausencia ha sido muy prolongada, el jardín habrá tenido tiempo a crecer, se habrá convertido en un vergel repleto de vida desde el que nacen infinitos caminos misteriosos que nos invitan a huir a nosotros también. Se ha transformado en un mágico crisol donde han sucedido cosas, han sonado palabras, han ocurrido momentos que nos han marcado y que resultan muy extraños al barajarlos con las emociones que nos despierta nuestro viajero retornado.

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Sea como sea, al final del camino siempre va a haber alguien herido, alguien incompleto y alguien que va a experimentar el amargo sabor de la victoria. Esa es la herencia que acompaña a cualquier retorno. Esa es la lección que aprendemos no al llegar a la meta sino al volver al punto de partida.

Quizás por eso, haríamos justicia con lo que nos dicta la masa gris que almacenamos entre oreja y oreja si dijéramos que

volver es, al mismo tiempo, nacer y morir un poco.

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