Detener el tiempo

Querida Sandra

Hoy es tu cumpleaños y, probablemente, a estas alturas ya habrás agotado la paciencia de todos los adultos de casa mientras andas sembrando el terror por los pasillos con tus nuevas muñecas y esparciendo papeles de embalaje, gritos y alboroto a tu paso. Al fin y al cabo, ocho años no se cumplen todos los días y merecen ser celebrados con esa energía inagotable que posees y que no es capaz de controlar nada ni nadie.

Motivos no te faltan para celebrar tu día, aunque tú aún desconoces la mayoría de ellos desde la frágil inocencia de tu traviesa mente de saltamontes todavía cubierta con esa bendita capa de ignorancia. Así que, tengamos a bien que disfrutes de este día tan especial y dejemos para un futuro estas palabras que ahora te escribo, como una misiva que se ha de llevar el viento de los tiempos y que alguna vez te será entregada cuando tu vida esté preparada para ello.

Hoy cumples ya ocho años, pero en mi memoria parece como si fuera ayer aquella fría tarde de viento y nieve en la que sujetaba por primera vez tu escuálido cuerpo recién nacido constituido casi exclusivamente por interminables patas de alambre y dos ojazos enormes, desde los que mirabas desafiante al mundo desconocido que se abría ante tí. Todavía recuerdo con admiración la determinación y la fortaleza que desprendía aquella mirada y que no se ha borrado con el paso de los años que llevas en tu haber. No es muy habitual en un trozo de carne desnuda que se enfrenta por primera vez a un entorno hostil y agresivo, pero de algún modo extraño, el miedo no parece formar parte de tu naturaleza. Y eso me hace sentirme especialmente orgulloso, sin saber muy bien por qué.

Tampoco va a ser hoy precisamente cuando descubra la simiente que empieza a nacer en tu interior y que amenaza con convertirse, muchísimo antes de lo que yo deseara, en una jovencita adolescente que, comprometida consigo misma, renuncia a seguir siendo la niña que hasta hoy ha sido para mudar su cuerpo de crisálida en un proyecto de ser humano adulto. Ya llevo observándolo en silencio desde hace meses mientras siento que en mi garganta se forma un lazo corredizo de asfixiante cuerda de esparto que se estrecha a cada día que paso. Es el destino, es el karma, es el paso del tiempo, es Ley de Vida escrita con mayúsculas; pero a veces duele cuando sientes que tu infancia se escurre entre mis dedos para dejar su lugar a un sinfín de recuerdos encerrados en un álbum y enmarcados con alguna lágrima furtiva de melancolía.

Te observo sin que me veas y me recreo oyendo como tejes un mundo de fantasía desde el que envuelves a quienes están a tu alrededor. Apenas unas frases rápidamente expresadas y tu habitación, tus muñecos, tu hermana y tú os veis proyectadas a un tiempo y un lugar en el que cobran vida los sueños y la realidad no es más cierta que los cuentos que te leo cada noche; es un lugar confortable donde refugiarse durante esas horas de la tarde en las que el sol se esconde con timidez.

Escucho las historias que inventas y te veo convertida en narradora de tramas infantiles en las que cada personaje – sea muñeco o niña – debe ocupar su lugar e interpretar su papel exactamente tal y como tu ordenas. Y desde tu posición improvisada de dramaturgo solemne y maestra de ceremonias, la imaginación vuela salvajemente hacia quien sabe qué extraño desenlace en el que, inevitablemente, habrá un momento de disputa dialéctica con tu hermana pequeña. No son nadie mis primadonnas, qué le vamos a hacer.

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Por unos instantes, el tiempo se dilata y se contrae mientras las historias se suceden a velocidad de vértigo. Las princesas medievales dejan paso a narraciones vampíricas para acabar desembocando en un relato sobre madres primerizas que pasean por el salón a sus primorosos retoños. El mismo oso de peluche que hace unos minutos era un malvado ogro caníbal ha pasado a convertirse en un amable y dispuesto conductor de carrozas, sin dejar de observarlas con su rostro impasible. Las horas pasan y, mientras tu cuarto de juegos es progresivamente destruido y desordenado, la energía no escapa de tí y el sueño no parece llegar nunca, inagotable como tú solo eres.

Pero al final todo debe seguir su cauce natural; la tarde pasa, los años pasan, la vida pasa. Al día ha de seguirle la noche del mismo modo que el invierno debe ceder su lugar a la primavera; no hay forma humana de engañar a la naturaleza. Así que, asumámoslo: estos momentos juntos de juegos y risas gratificantes tienen un valor especialmente fuerte, porque cada uno de ellos está más cerca de ser el último. Es lo que toca, por mucho que me ponga el alma del revés.

Tú, que derrochas vida y energía en estado puro; tú, que siempre has dado guerra y siempre la darás, que por algo la llevas en tu apellido y tu ADN; tú, que me haces sentir como si hubiera vuelto a nacer y me haces revivir cada episodio de mi infancia de tanto como me veo reflejado en tí; tú, por la que siento una complicidad especial por encima de la consanguinidad y la cercanía porque estamos hechos de la misma materia; tú, que sabes tan bien como yo que ser rebelde y tener las ideas claras a esta edad no es exactamente lo mismo que ser un niño malo; tú, también tú, pronto crecerás y dejarás, en menos tiempo del que se tarda en decirlo, de ser la niña que ahora eres para convertirte en la mujer que mañana serás.

Por ello, te veo jugar desde la atmósfera mutante e impoluta que rodea tus ocho años recién cumplidos y a través de ella se abre un agujero en el tiempo que me muestra lo que, sin duda, ha de llegar alguna vez. No sirve de nada empeñarse en no querer verlo; dar la espalda a la realidad no impide que ésta acontezca, como bien sabemos todos. Y es esa misma realidad la que dicta que algún día iniciarás tu propio camino hacia la adolescencia y que, cuanto más cerca estés de ser una adulta, más odiarás al mundo de los adultos como parte del proceso por reivindicar tu propia existencia.

Todavía no lo sabes pero en apenas unas pocas páginas descubrirás que los adultos no entienden a los niños y dejaré de ser ese personaje admirado para convertirme en alguien que se equivoca, que es vulnerable, que tiene sus limitaciones; un simple mortal más. No puedo evitar suspirar con resignación cuando pienso que tengo que aceptar la certeza de que el tiempo pronto hará de las suyas y no tardará en llegar ese día en el que yo seré un extraño para tí al que le ocultarás tu deseo de que ese chico te de tu primer beso o tus ansias por estrenar un sujetador, inmerecido a todas luces, por primera vez como hace ya tal o cual amiga tuya. Pasaré a ser el enemigo legislador, un tirano al que desafiar, una especie de humanoide enviado desde el pasado para hacerte la vida imposible.

Lo se porque yo también experimenté lo mismo una vez, porque es así como se articula la relación entre padres e hijos cuando los juegos dejan lugar a las discusiones, porque eso también forma parte de la dichosa Ley de Vida, por mucho que joda.

Sé que llegará el día en el que me pidas que te deje cada vez más lejos de la puerta de tu colegio porque te avergonzará que este viejo te acompañe; el mismo día en el que me reñirás si intento hacer algún chiste malo delante de tus amigas; el momento en el que criticarás la música desfasada que escucho en mi portátil.

Precisamente porque lo se, porque lo he vivido en mis carnes, te pido hoy, cuando todavía me pides que te acompañe hasta la misma puerta de tu clase y aún así no quieres que me vaya, cuando aún imitas y te aprendes mis chistes y cuando todavía me pides que ponga una y otra vez esa canción de Alaska que tanto te gusta, que no seas demasiado dura contigo misma cuando esto pase. Acepta esos cambios en tu interior con naturalidad; entiende que lo que te estará pasando es un camino que todos tenemos que recorrer y en el que nos sentimos increíblemente solos al cruzarlo y asúmelo con displicencia porque es más que probable, conociendo el gran corazón que tienes, que el día de pasado mañana te sientas culpable por muchas de las palabras y los gestos que una vez dijeras sin ser siquiera consciente de que pretendías decirlos.

Hoy, que se precisamente mejor que nunca que estos momentos que compartimos esta tarde serán alguna vez desterrados para siempre, te aplaudo por tu valentía de crecer y te disculpo de corazón mucho antes de que se llegue a pasar por tu mente decir y hacer alguna de las cosas que inevitablemente me dolerán. Y yo también te pido perdón de antemano porque posiblemente no siempre te sabré entender y quizás olvide estas palabras cuando esté cansado y mi paciencia escasee. Por favor, no dudes en recordármelas.

Mientras tanto, hoy más que nunca, me esfuerzo en saborear lo que tenemos con el valor que tienen los frutos perecederos y finitos de nuestra existencia, me empeño en aprehenderlos para siempre en mi interior, me obsesiono por estirarlos para que duren lo máximo posible, como si fuera posible detener el paso de los años.

Mi pequeña, mi enana con cuerpo de liebre famélica, mi Atila particular, mi propia señorita rock&roll que se desgañita y salta en el coche cuando escucha el “Thunderstuck” de ACDC, la misma que una vez le preguntó a un vagabundo mendicante si él tenía hipoteca, la que en cierta ocasión me confesó a modo de confidencia que los secretos son sueños que tienen mucha vergüenza, está desvaneciéndose cada día que pasa y, a través de su piel, se ve como nace una persona nueva.

Y yo no se cómo detener el tiempo y retenerla a mi lado para siempre, así, tal y como es ahora. Y eso, en el fondo, no hace sino que me sienta más orgulloso aún si cabe de tí.

Feliz cumpleaños, pequeña.

PD (Y que se prepare el chaval ese del primer beso cuando se cruce en mi camino porque te prometo que lo va a pasar francamente mal…)

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