No me vengas con cuentos

Con toda probabilidad, Walt Disney pasará a la Historia con todos los honores por su reconocida capacidad para inventar bubólicos mundos de cartulina y personajes de tinta y papel con orejas. Sin embargo, dudo mucho que nadie le pida cuentas jamás por alguno de los abismales males que ha sembrado con su legado.

No creo que mucha gente sea consciente de ello, pero entre tanto personaje endulzado y tanta historia rosa, Disney nos coló en su herencia la simiente de conceptos que han causado graves males a generaciones pasadas, actuales y futuras aunque, como digo, se nos hayan pasado por alto dada nuestra corta altura de miras. Cría fama y échate a congelar. Me vienen a la mente alguno de esos mensajes demoníacos que nos transmitiera Disney, Hanna-Barbera, los hermanos Grimm, los Andersen, los Looney Toons y demás sarta de impunes criminales de guerra…

cuentos

El primero de ellos es la estúpida ilusión de que el bueno siempre gana la batalla.

Hemos nacido y crecido con la firme convicción de que el Séptimo de Caballería siempre llegará a tiempo, que el príncipe siempre querrá besar a la princesa por mucho bigote que ésta tenga y que ésta a su vez aparcará sus escrúpulos y le dará un piquito a la rana. Hemos mamado desde nuestra más tierna infancia la certeza de que siempre habrá a la vuelta de la esquina una amable hada solícita a conjurarse para deshacer el malvado encantamiento de alguna envidiosa colega con tendencia de amargar fiestas ajenas.

Vivimos tranquilos y confiados porque pensamos que, en el último suspiro, el capitán pirata meterá la pata de palo y caerá por la borda para mayor regocijo de la dieta del cocodrilo, que el mayordomo del rey se convertirá en el único funcionario del mundo con exceso de celo y se empeñará – contra todo pronóstico – en probar el zapato de cristal a la harapienta sirvienta, que Bambi encontrará al final una salida del bosque entre el humo y las llamas y su cabeza no acabará adornando un salón al costado de la de mamá, que el rey Ricardo Corazón de León llegará a tiempo de su última cacería en Botswana y le salvará a Robin Hood su noble culo de proscrito y que el sirviente de la malvada madrastra tendrá un repentino acceso de conciencia de clase y optará por servirle a su ama el corazón de un ciervo en vez del de Blancanieves. Y que ese ciervo no tendrá parentesco alguno con Bambi…

En otras palabras, que de algún modo insospechado, el Bien siempre pasará por encima del Mal y le dará en sus morros con chulería cañí y recochineo remendón. Chúpate ésta, Dark Vader; ya te pillará por banda el afilador, Freddy Krueger; así te hagas vegetariano y te den las cagaleras de la muerte, Hannibal Lecter; que te den por Detroit, George Bush…

En segundo lugar, y no por ello menos sádico, Walter nos introdujo en nuestras mentes prepúberes la equívoca impresión de que cualquier cosa que nos propongamos con la suficiente intensidad, que deseemos desde lo más hondo del corazón, que pretendamos conseguir y que pongamos en ello todo nuestro esfuerzo y nuestro curro, se acabará por convertir en realidad por muy absurda que parezca a priori.

Da igual que seas un muñeco de madera de pino sueca demandando un alma humana, una sirena cansada de hacer el besugo con aspiraciones a tener piernas o un juguete en vías de reciclaje que pretende no ser olvidado por su dueño; si tienes un corazón noble, crees en ello y pones toda tu pasión en conseguirlo, te llevarás la muñeca pepona. Que alegría, qué alboroto, otro perrito piloto para la rubia tetona con trenzas. Al final del camino siempre habrá una meta para la tortuga, si no cesas en tu empeño acabarás por hacer cumbre como el pato Donald, Hansel y Gretel salvarán del desahucio a sus papis y a Mortadelo y Filemón nunca llegarán a alcanzarles la turba sedienta de sangre que les persigue al final de cada historieta.

Estúpidas ideas nacidas de mentes retorcidas para seres fáciles de meter mano; absurdos atajos hechos de retales de fantasía despegada del sudor de frentes sobre explotadas; siniestros nidos tejidos de ideas cómodas para culos inquietos y conciencias ligeras; hermanos de sangre utilizada para mojar sus plumas sobre papiros elaborados con piel de curritos; fotos polaroid tomadas a la ligera en una fiesta de chocolate y risas que nunca se celebró; canciones creadas con el sonido que producen los dientes cuando castañetean al darte contra la acera; finiquitos para la esperanza como un despido procedente sin compensación a los sueños de nuestra niñez.

Y eso que la vida, tan perra como siempre ha sido, se empeña siempre en tomar otros caminos y desafiar a las enseñanzas de un tipo conservado en cubitos como el lenguado que ayer te preparó la parienta. Fantasías irreales bajo cero que poco o nada tienen que ver con el mundo por el que echamos unas risas, unas lágrimas y unos cubatas mal tirados. Se ponga el tito Walt como se quisiera poner, nastideplasti. Escarcha en el espíritu, suspenso en tercero de sueños, patada en el culo al árbol de los deseos desesperados.

La luz del día derrite las esculturas de hielo sobre las que están construidas los anhelos que anoche visitaron nuestra almohada. El dulce trago de la esperanza se agria entre las rocas de hielo de un gin-tonic abandonado en los albores de la madrugada bajo el soportal de alguna ventana abierta al futuro. Y tu y yo, que tenemos cicatrices hasta en el mismísimo infierno del paladar, sabemos que al final del cuento, el muñeco de madera será vendido en una mañana lluviosa de rastro, la sirena está condenada a huir de las redes de arrastre del pecado por el resto de sus vidas y la princesa dormida nunca llegó a recibir un beso casto de un aspirante a rey errante por los bosques, sino que acabó criando enanos como una coneja tras quedar infielmente casada por lo civil con un concejal de fiestas venido a menos. Y descubriremos antes de llegar a la tapa dura de la contraportada del cuento, que el capitán pirata terminará haciendo un ERE entre su tripulación y contratando a una nueva groupe reclutada de la directiva de algún banco con más ganas de robar de lo normal.

El hecho de que algunas veces, algunas raras y misteriosas veces, la vida de un giro sobre sí misma y decida hacer realidad alguno de aquellos sueños de nuestra infancia, no sirve como excusa para creernos la moraleja del cuento. La casualidad que viste a las pocas ocasiones en las que los chicos buenos terminan la crónica con una sonrisa y un bollo con chocolatina está construida con las maderas de la excepción que confirma toda regla. No te empeñes en cerrar los ojos, no existen las victorias marca ACME® para los vecinos del barrio del Desengaño, donde tenemos nuestra humilde morada.

Y mientras tanto, estoy convencido de que Walt Disney nos vigila a todos y se retuerce de risa desde su frigorífico non-frost viendo como la ingenuidad se convierte en nuestra lectura de mesilla de noche, dando con la puerta en las narices al frío aire de la vida real que nos envuelve.

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