Mala leche

Hoy, como cada día, al salir de mi casa camino de la oficina, he recorrido el prado que hay a las afueras del pueblo donde vivo. Allí, junto a la vereda de la carretera, una inmensa vaca me miraba con ojos melancólicos y mirada anodina. No creo que la triste mirada de la vaca fuera consecuencia de la nube negra de pesimismo que llevamos permanentemente sobre nuestras cabezas ni del aumento del paro ni de la caída bursátil, ni tan siquiera de la crisis bancaria nacional. Si no recuerdo mal, las vacas siempre muestran esa mirada llorona porque el granjero se pasa todo el día tocándole las tetas y nunca les da un besoal terminar, como defiende el cachondo de mi tío Ernesto.

No quise confirmar esta teoría con la vaca porque su cara indicaba que no estaba hoy para preguntas insidiosas.

vacas

En esas raras reflexiones andábamos metidos mi bovina vecina y yo cuando entre ambos cruzó un coche a velocidad escandalosa, conducido por un tipo con rostro desencajado y mirada etílica, que hacía sonar el claxon continuamente como un chófer con parturienta primeriza inminente, mientras por las ventanas de estribor del coche ondulaban sendas banderas de España manchadas en el centro con una horrible rapaz de mirada asesina, mientras por las ventanas siniestras asomaban un par de pseudobanderas españolas estropeadas con una horrible franja morada. Desde la radio del vehículo sonaba a todo trapo el himno oficioso de España interpretado por la bucólica voz de Manolo Escobar, que se empeñaba exigir que Viva España, deseo éste que de momento se cumple lo justo, pese a que el enfermo muestra preocupantes síntomas de enfermedad venérea.

La vaca y yo acompañamos con la mirada la trayectoria del coche hasta que se perdió de vista en el horizonte y después nos miramos fijamente a los ojos por largo tiempo. La vaca enarcó las cejas inquisitiva y yo no supe qué contestarle, francamente. Y es que las estupideces de los humanos están mucho más allá de lo que la racional mente de una vaca lechera pueda asumir como aceptable. La vaca mugió quedamente como queriendo decir: — Y luego hablan de las vacas locas… ¡JA!.

Continué mi camino hacia mis ocupaciones laborales sin dejar de pensar en el suceso paranormal vivido. Por lo que pude deducir a posteriori, el pájaro del coche debía ser un despistado que se debatía en dudas entre prolongar durante diecisiete semanas las celebraciones por la victoria de la selección española de fútbol en la Eurocopa 2012 — hito jamás logrado antes por selección ninguna y que supone blablabla… — ó unirse a las labores propias de un indignado de a pie que busca víctimas expiatorias hacia las que descargar sus frustraciones.

vacaQue entre ambas facciones le resultara imposible decidirse por una de ellas no es algo que me vaya a sorprender demasiado. Tal parecía ser su confusión que había decidido unir ambos motivos de naturaleza tan dispar en un único festejo prolongado sin fin. Y es que en esta santa tierra, cuando nos ponemos a exagerar, no nos ganan ni los mayas, que de un rayo de sol y cuatro estrellas te predecían un final del mundo como si fueran primitivos Standard’s & Poors, aunque con bastante menos mala leche. Por más vueltas que le daba al tema, más convencido estaba de que, en realidad, todo gira en torno al mismo concepto; nuestras expectativas ante la vida.

Admiramos a niñatos de veintipocos tacos que le pegan patadas a un balón de cuero vestidos con calzones cortos porque ganan dinero por toneladas métricas y gozan de fama y reconocimiento social, no porque jueguen bien a su deporte. Nosotros, que apenas hemos movido el culo del sofá, no tenemos ni puñetera idea de cómo se juega al fútbol. Como mucho, serviríamos para seleccionador nacional y poco más. Ellos representan al niño que un día fuimos y nos muestran la imagen con la que tantas veces soñamos; esa escena en la que Benji y Oliver quedaban atrás y le metíamos un gol por toda la escuadra al destino, ese sueño en el que hordas de fanáticos exultantes nos sacaban a hombros por la puerta grande y nos jaleaban como a esbeltos héroes griegos.

Sin embargo, no podemos evitar sentirnos indignados cada mañana cuando el espejo nos devuelve una cara de derrota que no se la salta un galgo; nos afeitamos con cuidado para no cortarnos la yugular del fracaso mientras bolsas oscuras bajo nuestros ojos guardan las ocasiones perdidas que alguna vez tuvimos para hacer algo grande y ante las que siempre fracasamos sin remedio. Nuestra mediocridad nos impide el menor atisbo de misericordia. Buscamos cristaleras a las que tirarles el ladrillo de nuestra pequeñez con la vana esperanza de que la atraviese por la escuadra como aquel gol de nuestra infancia que nunca metimos.

Sentimos el peso de miles de sacos cargados con aquellas ilusiones, esperanzas, deseos y posibilidades que la vida nos ha echado sobre la espalda. Y tomamos conciencia de que cada uno de esos sacos debían tener un agujero por el que se fueron vaciando a lo largo del camino; todos y cada uno de ellos pasaron de largo por delante de nuestro portal y se perdieron calle abajo camino del barrio de las almas caídas en desgracia.

vaquillaPero no importa; nada importa. Siempre hay motivos para festejar, siempre quedan confetis y serpentinas, siempre hay una botella del champán barato esperando al fondo de la nevera. No podemos dejar que la realidad nos arrebate nuestro momento de furia ni nuestra euforia adoptada sin mérito ni pretexto. Hay cosas que nunca cambian. Eso lo se yo, lo sabes tú y lo saben los cuernos de mi vecina. Son las baratas válvulas de escape que les quedan a los pobres de espíritu, a los que son incapaces de encontrarse a solas con su pequeñez, con su minúscula existencia y asimilarla con la naturalidad y la grandeza de los humildes de alma, que es algo extremadamente distinto a ser pobre de espíritu.

Mañana, al cruzar de nuevo el prado que rodea mi hogar, quizás vuelva a hallar a mi contertulia bovina. Y quizás vuelva a mostrarme esa estúpida media sonrisa bobalicona que siempre muestra. Tal vez sea debido a la infinita risa burlona que le causamos los seres humanos; tal vez sea por la bruma de estupidez ignota que rodea al mundo donde vivimos.

O tal vez sea por el oscuro secreto que se esconde detrás de la vaca que ríe: el toro que empuja.

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