El Orgullo de Perogrullo

La verdad nunca ha sido una ciencia exacta. Una de las ocupaciones favoritas de todos los gobernantes a lo largo de los continentes y los siglos ha sido esconderla convenientemente del alcance de los niños y los vecinos de a pie. Y no se puede decir que les haya supuesto una tarea titánica dado que hasta ellos pueden hacerla. Al fin y al cabo, nada hay más fácil que prostituir y mancillar a voluntad a la verdad para que se adhiera a nuestros intereses.

Quizás sea porque las cosas de naturaleza humana raramente son blancas o negras; normalmente oscilan dentro de un increíblemente amplio abanico de grises. Cuando no se decantan por el verde lascivia o el rojo sangre barata. O tal vez sea debido a nuestra absoluta credibilidad con todo lo que nos dicen los que mandan. O por nuestra natural desconfianza hacia encontrar explicaciones sencillas a lo que sucede a nuestro alrededor. Sin menospreciar nuestra proverbial obsesión por permitir que nos dicten qué y cómo debemos pensar.

Sea como sea, la verdad rara vez ha sido fiel a sí misma. Para los políticos no es más que un juguete que se puede manipular sin ningún tipo de preocupación o reparo. No hay límites legales ni mucho menos morales a su uso, abuso y explotación partidista. Es una dama de la noche a la que se puede meter mano sin demasiadas trabas. Se traviste, se disfraza, se maquilla y se cambia de sexo tantas veces como haga falta. Cuando deja de interesarnos, se la deja abandonada en una cuneta solitaria. El periodismo sabe de esto y se frota las manos mientras piensa cómo las mentiras de hoy llegarán los titulares de mañana. Y las masas lo aplauden enfervorecidas mientras agitan las banderitas que les han entregado en la manifa y posan como telón de fondo a la farsa electoral.

En 2008, José Luis Rodríguez Zapatero y su equipo negó categóricamente delante de las cámaras y la audiencia que España estaba al borde de entrar en una crisis económica. Quizás desconocía el alcance de la misma, pero independientemente de su intensidad, su existencia era un hecho sabido. 23 días después de las elecciones, 27 después del último debate televisado que se había orientado para desmontar con todo tipo de argumentaciones y gráficos la teoría de la crisis económica española, el ministro de Economía, Pedro Solbes, veía la luz y admitía públicamente la existencia de dicha crisis que cualquier idiota era capaz de intuir. ¿Sólo 23 días? ¿Tan mala pensaban que es la memoria a corto plazo de los españoles?

Hace justamente un año, Mariano Rajoy iniciaba la carrera electoral que le llevaría al gobierno en las elecciones del 20-N criticando la pésima gestión política del Sr. Rodríguez Zapatero mientras velaba sus intenciones que pasaban por aplicar un cambio radical en la dirección de la economía española para superar la crisis, hallar la senda del crecimiento, la creación de empleo, asentar nuestra estructura financiera y recuperar la confianza internacional. Y todo ello sin tocar los impuestos a los españoles. Hoy, doce meses después, apenas queda un impuesto que no haya sido incrementado, nuestros bancos están intervenidos, la tasa de paro sigue creciendo al mismo ritmo que con ZP y se ríe de nosotros hasta los elefantes de Botswana.

Filesa, Faisán, GAL, Brugal, Marbella, ETA, Atocha, Azores, GRAPO. Mentiras de todos los colores, sabores y tactos. Mentiras flagrantes. Mentiras a tutiplen. Mentiras fastuosas o mentiras piadosas. Mentiras a la cara o a la remanguillé. Mentiras con media verónica. Mentiras con peineta y mantón de manila. Mentiras con traje de pana y coderas malpuestas. Mentiras hasta en la sopa. Mentiras que parecen mentira. Mentiras que no se creería ni un mentiroso. Mentiras que a fuerza de repetirlas hieden a verdad. Mentiras sin depurar.

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Siendo bienpensantes, podemos creer que la desfachatez con la que todos nuestros políticos nos mienten a la cara viene causada por súbito arrebato de dignidad que les lleva a negar a la mayor cualquier evidencia que les deje con los pantalones por los tobillos, por muy obvia y evidente que pueda resultar. Al fin y al cabo, es sólo la verdad, la esquiva, escurridiza y confusa verdad. Tiran de orgullo ante lo que Perogrullo no puede disimular, como si no fuéramos capaces de ver lo que tenemos delante de nuestras narices. Mas que nada porque no lo somos. Hace muchos años que lo llevan demostrando las papeletas de las urnas electorales. Nos movemos entre la ignorancia supina y el fanatismo exacerbado por la militancia política. Y es que en España siempre han faltado ideas y sobrado ideologías.

Pero como uno no es precisamente bienpensante – mas bien tiendo al extremo opuesto en lo que a política se refiere – me temo que nos mienten a la cara con la insultante falta de honradez y honestidad, sabedores como son de nuestra tolerancia al sufrimiento y a la mentira apostillada con cejas puntiagudas y barbas pobladas. Mentiras que se las lleva el viento como a gaviotas. Mentiras como puños que no se pinchan con las espinas de los capullos. Mentiras a granel, baratas, gratuitas, exentas de gravamen y carga impositiva, impunes en las urnas, ofensivas para todos menos para los que las jalean, que son la silenciosa mayoría.

No habrá quien diga que no es para tanto, que estas mentiras son un pecado menor ante el interminable catálogo de fechorías y delitos que acumulan sobre sus hombros sus señorías. Con el repertorio de canalladas, robos y atracos al que nos tienen acostumbrados, ¿nos vamos a rasgar las vestiduras por una estúpida mentira de más o de menos? No perdamos el tiempo por la piedra del camino cuando hay una montaña delante. Admitámoslo, somos latinos; mentimos en cinco de cada siete palabras que decimos. Lo llevamos en los genes. Es un mal menor comúnmente aceptado y perdonado. Nadie va a la cárcel por mentir; como mucho a un debate en Telecinco.

Pero no por ello, dejan de ser mentiras puestas en boca de quien está obligado por contrato a decirnos la verdad, sólo la verdad y nada más que la verdad. Si nuestros representantes, nuestros dirigentes, nuestros electos cabecillas mienten con total impunidad cada vez que abren su boca, lo de Descartes se queda en pecata minuta. Acabaríamos dudando hasta de dónde tenemos nuestro sacrosanto culo. Craso error pasar por alto este pecado y jugar a minimizar su valor real en el mercado de valores venidos a menos.

mentiraPensad en Bill Clinton. ¿Os acordáis de una tal Monica Lewinsky? Veo que sí por vuestra picarona sonrisa… Bien, pues la tal señorita Lewinsky le costó el cargo de dirigente mas poderoso del planeta al bueno de Bill. ¿Por qué creéis que fue, a ver? No, queridos, no; nada tuvo que ver con el hecho de que estuviera realizando un acto poco ético. Nadie con dos dedos de frente puede pensar que los estadounidenses castigaron a Clinton por tener un leve desvarío extramatrimonial. Estaría bien que esto fuera un problema en el país que es el máximo consumidor de drogas del mundo, el país que inventó el LSD, el crack y el peyote, la fábrica de armas del mundo, el lugar donde matar a quien pise tu jardín sale gratis y los estados matan a sus reclusos, la nación que introdujo el sexo y la pornografía en la economía de consumo, los que se consideran con el derecho y el deber moral y legal para invadir cualquier territorio del mundo y derrocar a sus gobernantes, el gobierno que apoyó, subvencionó y formó a los talibanes que hoy aterrorizan a todo el planeta. No, hombre, no. Lo que de verdad resultó insoportablemente insultante a los votantes norteamericanos es que Clinton mintiera abiertamente a su mujer, su familia y, a través de las cámaras, al país entero. Lo que no perdonaron fue la infidelidad, el engaño, la mentira.

Eso mismo que en España nos sirve para inventarnos chistes y viñetas saladísimas. La misma mentira que en España nos echamos a la chepa con una indignante apatía. La mentira que apoyamos y defendemos en nuestras elecciones y mítines. La mentira que forma parte de nuestro día a día, de nuestra cotidianeidad como si se tratara del aire que respiramos. Mentiras. Siempre mentiras. Reiterativas, abrumadoras, majestuosas, terribles, intragables, familiares, fabulosas, rentables, clamorosas, oscuras, paranoicas, tenebrosas, inciertas mentiras que nos rodean, nos acompañan a la cama y nos dan los buenos días, nos saludan y nos estrechan la mano, nos visten de pies a cabeza y nos vacían los bolsillos y el porvenir.

Mentiras. Siempre mentiras.

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