Vivimos porque soñamos

Cuando niños, solemos soñar con que algún día ficharemos por el club de fútbol de nuestros amores, con que esa niña de coletas o el chaval de la melena rubia – los mas populares del colegio – terminarán siendo nuestros novios, que nos convertiremos en estrellas de cine o que tendremos un caballo blanco que vuela y recoge príncipes azules. Soñamos con casas en árboles, tardes en la playa, goles imposibles, bodas de princesas, vidas de dibujos animados, viajes de pluma y tintero, veranos que no acaban, avispas que no pican, nieve en el jardín, navidades en familia, tartas de cumpleaños, abrazos de padres, balones que no rompen cristales, noches de acostarse tarde, indoloros atracones de chocolatinas, la estampa que nos falta en el álbum, la última pantalla del juego que se resiste, saltos que nos permiten llegar hasta las estrellas.

Pero, antes o después, crecemos y nuestros sueños crecen con nosotros. En algún momento entre las espinillas y los libros de la universidad, esos sueños mutan. Y entonces, cerramos los ojos y pensamos que algún día tendremos nuestra propia casa y seremos libres para decidir, que ganaremos pasta gansa en un curro donde seremos siempre felices, que alguien nos parará por la calle para convertirnos en la próxima estrella de las pasarelas, que habrá un director de cine escondido entre el público de la representación de teatro del colegio y un seleccionador nacional viendo nuestro partido de basket del sábado. Ella/él por fin se van a dar cuenta de que existimos y estamos hechos para vivir a su lado; y lo abandonarán todo para caer a nuestros pies pidiendo perdón y prometiéndonos amor eterno.

Y sentimos que nuestra Gran Oportunidad está al caer. Soñamos que crecemos hasta convertirnos en superheroes esculturales inmortales y en bellas princesas encantadoras con largas melenas rubias y sonrisas Profiden.E ignoramos que los sueños están fabricados con la arena que se amontona en la línea donde la marea rompe con el pasado.

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Hasta que un día decidimos que ya han pasado demasiados años para seguir creciendo y nos auto-proclamamos adultos. Pero no por ello dejamos de soñar. Con la lotería o la quiniela que nos sacará de pobres. Con el empleo y el sueldo que nos merecemos. Con una historia misteriosa que arrase nuestra vida en un vendaval de pasión para hacernos despertar de la monotonía. Con que a todos guste lo que escribimos, lo que pintamos, lo que cocinamos, lo que decimos, lo que sentimos.

Pasan los años y nos salen arrugas, como a nuestros sueños. Y un día soñamos con que a nuestros hijos la vida les trate bien, les sea amable, les llene de felicidad, de amor y de paz. Y con que algún día fichen por el club de fútbol de nuestros amores, que esa niña de coletas o el chaval de la melena rubia – los mas populares del colegio – no les rompa el corazón o que se conviertan en estrellas de cine y tengan un caballo blanco que vuela y recoge príncipes azules. Y con que tengan su propia casa y sean libres para decidir, con que ganen mucho dinero con un trabajo justo, con que haya un director de cine escondido entre el público de la representación de teatro del colegio y un seleccionador nacional viendo su partido de basket del sábado. Con que nada de esos les cambien y sigan conservando su bendita inocencia. Con que encuentren a alguien que los respete tal y como son y les diga que ha decidido vivir toda su vida a nuestro lado, les prometa amor eterno y cumpla su promesa.

Y con que cuando crezcan se conviertan en adultos y, sin embargo, puedan seguir soñando. Que les toque la lotería o la quiniela que los saque de pobres. Que alguien reconozca su valía y les ofrezca el empleo y sueldo que se merecen. Que su vida se llene de historias misteriosas de esas que arrastran vendavales de pasión para que puedan seguir sintiéndose vivos. Con que a todos les guste lo que escriben, lo que pintan, lo que cocinan, lo que dicen y sienten tanto como nos gusta a nosotros.

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Y cuando llegue el último día del calendario, cuando al quitar la hoja del almanaque ya no queden más debajo, posiblemente descubriremos que todo no ha sido mas que una eterna sucesión de sueños. Y lamentaremos no tener más tiempo para seguir soñando. Y finalmente, cerraremos los ojos para siempre. Y entonces – sólo entonces -, todos nuestros sueños se harán realidad a la vez de una vez por todas.

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