Doce

Parece increíble cómo pasa el tiempo. Parece que fuera ayer y, sin embargo, ya han pasado doce años.

Recuerdo perfectamente aquel lejano día como si acabara de terminar ahora mismo. Yo estaba pálido por los nervios como nunca y tú esplendorosa como siempre. Los cielos se habían abierto y la lluvia decidió darse una tregua en nuestro honor.

Todo salió perfecto. Hoy, doce años después, todo sigue siendo perfecto a tu lado.

Doce. Doce meses, doce uvas, doce apóstoles, doce monos, doce hombres sin piedad, doce trabajos de hércules, las doce de la noche, Astérix y sus doce pruebas, doce campanadas. Doce años, casi nada.

Un pestañeo, una nube, una rosa, una lágrima, un esfuerzo, una página, una sonrisa; una vida junto a tí.

Tu imagen en el espejo, la foto de nuestra boda, un desayuno en la cama, la mano que me guía en la oscuridad, un abrazo de consuelo, un suspiro resignado, un guiño, los bolsillos del revés, ese chiste que solo entendemos tu y yo, un regalo escondido, miradas que lo dicen todo sin necesidad de decir nada, el marcador que se pierde dentro de un libro al que aún le faltan las mejores páginas por escribir.

Doce en uno.

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En enero nos amamos y aprendimos; aprendimos y nos amamos. Fue fácil a tu lado. Hicimos cimientos para tiempos peores y plantamos semillas que nos dieran felicidad. Viajamos al paraíso y volvimos a tiempo para conquistar nuestra luna. Cada día era una pequeña sorpresa a tu lado; cada momento se vestía con tu risa; cada instante nos transportaba a nuestro breve nirvana. Pasamos aquel invierno muy juntos para cobijarnos del frío a lo desconocido mientras nuestro amor crecía en tu interior.

En febrero nació Sandra y, de un plumazo, tu y yo sumamos tres. Yo viajaba y tu custodiabas el castillo. Apenas empezaba a descubrir tu fortaleza innata; eras capaz de asumirlo todo con inquebrantable entereza. He aprendido mucho a tu lado pero nunca dejará de sorprenderme la desbordante energía que nace de tu bondad. Tu estreno como madre fue duro. Nevaba. Pero siempre hemos sabido protegernos de la tormenta con abrazos de tergal, ¿verdad?

En marzo, se nos rasgó el alma un poco, pero la cosimos con abrazos y besos. Solo fue un susto, una cicatriz más de la que reírnos al leer mañana el libro de nuestras anécdotas. Aprendimos a vivir con el corazón en un puño. Pero ahí estaba Sandra para darnos motivos más que de sobra para sonreír; para sentirnos orgullosos; y para sudar de lo lindo. Cambiamos de nido. Nuestra princesita siguió creciendo. Con su primer paso, iniciamos una carrera desbocada en la que a ratos nos olvidábamos de ser nosotros para ser padres a jornada completa.

En abril le encargamos una hermanita a Sandra por sorpresa. A mí se me encogió el alma solo el tiempo justo hasta que pude ver tu sonrisa curativa. Me reconfortaste con tu ánimo a prueba de piedras del camino. Ni el cansancio de ser madre, amante y empleada podía contigo. Dejé de viajar. Rascamos tiempo para nosotros de un calendario que avanzaba cruel. Hicimos planes que nunca se hicieron realidad. Comimos perdices, mientras hubieran en el mercado.

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Cuando llegó mayo, una flor nueva brotó en el jardín; la llamamos Isabel. Resultó ser una rosa primaveral hecha con jirones de nubes y sonrisa de arcoiris. Siempre que podíamos, viajábamos a llenarnos los ojos de sal marina. Sandra empezó el colegio y tú terminaste tu carrera. Cerraste tu ordenador por tus hijas. Jamás podré agradecerte suficiente tu generoso sacrificio para hacer que nuestros enanos tuvieran una familia que no fuera de poliester y cartón-piedra, por mucho amor inconsciente que derroches en tu entrega y dadivosidad hacia los demás. Ojalá algún día fuera capaz de dar una milésima parte de lo que en tí nace de forma natural, como el manantial brota entre las rocas estériles.

En junio nos mudamos a vivir a un parque infantil. Hicimos guerras de chupete. Nos desafiamos en carreras de cochecitos. Fuimos gourmets de biberones calientes. Pinché una rueda en mi carrera. Un susto que supimos superar juntos. Hubo un cambio; todo fue a mejor. Nos homenajeamos para lamer las heridas. Qué buenos tiempos. Por fin pude conocer a mi hija; siempre se me dio demasiado bien lo de ser un padre ausente. Tu te fuiste a vivir a una carretera madrileña de ida y vuelta diaria y yo dejé de querer vivir vidas ajenas. Cochina envidia. Hicimos chinchín por los mejores tiempos con la esperanza de que llegarán alguna vez. Nos miramos y suspiramos con paciencia; todo se andará, creo que nos prometimos.

Julio salió soleado y radiante. Florecieron los capullos del jardín. Nuestras amapolas se hicieron amigas; Tú hiciste las paces con ellas; Había tantísima luz. Repasamos el cuaderno de ruta; nada parecía ir tal y como estaba planeado. Pero con tantos pañales por cambiar, no tuvimos tiempo para coger el timón. No íbamos a la deriva, pero tampoco sabíamos reconocer el norte común. Me hubiera gustado haber sabido soplar tan fuerte para arrastrar las nubes lejos de nosotros…

En agosto, Pablo sacó billete de ida. ¡Vaya susto! Santiago y cierra España, ya teníamos bastantes cubiertos en la mesa. Sudamos tinta china, pero supimos enseguida que saldríamos adelante. Esta vez me tocó a mí ser el fuerte, que ya es un cambio. Te miraba y te veía pensativa, reflexiva, distante. Los hilos de la telaraña se movían al compás de la brisa veraniega. En el cielo, cenizas volcánicas eclipsaron el sol; demasiadas cargas para llevar tú sola. Y yo no estaba. Fuimos campeones del mundo de despropósitos. Y remamos, remamos, remamos…

En septiembre, completamos el cupo. Un día, Sandra preguntó “Pero, lo de que va a nacer Pablo, ¿va en serio?”. Y tanto, enana. Tenía que ser un niño; Desde el primer día nos dejó muy claro que iba a ser de armas tomar. Uno más, lo que faltaba… ¿Qué mal habremos hecho en otras vidas para tener hijos tan guerreros? Isabel puso sus libros al lado de la de Sandra. Dos uniformes, cuatro coletas y un carrito que parecía que nunca íbamos a dejar de empujar. Todo era cuesta arriba, todo era difícil. Envejecimos cincuenta años en un instante. Tu espalda se curvaba de tanto peso. Las cenas frente al mar sonaban melancólicas. Los brindis al sol anunciaron el fin del verano. Pero nunca dejamos de buscar motivos para sonreír.

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Octubre fue un mes de catarsis. Hubo una explosión; eran nuestros ánimos. El río de nuestras vidas se desbordó. Lenguas ardientes de lava abrasaron todo. Y, en mitad del caos, renacimos. Abrimos los ojos y descubrimos que siempre habíamos estado unidos y deseamos que siempre lo estuviéramos. Nos pusimos como deberes dejar de ser tu y yo para recordarnos que fuimos, eramos y somos nosotros.

En noviembre, fuimos aves fénix de otoño. Nos quitamos un manto de años y kilos. Nos miramos a los ojos. Ardimos hasta derretir el frío que lo envolvía todo. Nos enamoramos de nuevo. Nuestra tropa tendría que aprender a compartir sus padres con un par de amantes veinteañeros llegados del pasado. Los mayas fracasaron en su pronóstico del fin del mundo. No tenían ninguna posibilidad contra nuestra pasión recuperada.

Y así, casi sin darnos cuenta, es como hemos llegado a diciembre. Doce años como doce meses. Un suspiro, un aleteo, un golpe de manecillas del reloj. Hemos vivido tanto juntos. Hemos reído tanto. Hemos sofocado incendios. Hemos saboreado manjares fabulosos y tragos amargos. Hemos brindado. Hemos luchado juntos. Nos hemos limpiado lágrimas furtivas con el canto de la mano a escondidas. Hemos corrido en pos de la vida hasta que nos ardieran los pulmones. Hemos compartido los besos que nos unen y perdonado lo que nos separaba. Y mientras todo eso pasaba, jamás nos hemos soltado de la mano.

Hoy siento como si todo (la vida, la familia, el mundo entero) volviera a surgir. Y me gusta lo que veo. Porque ya conocemos el camino. Porque hay alguna cana que otra que nos da autoridad como expertos en la materia de vivir intensamente. Porque sentimos la tierra vibrar bajo nuestros pies. Porque respiramos hondo al compás. Porque hemos aprendido a volar juntos sin perder del vista el nido. Porque cada golpe nos ha hecho mas fuertes, pero nunca ha podido con nosotros.

Hoy, cuando la vida no ha hecho sino empezar, me gustaría decirte tantas cosas que debería haber hecho mucho tiempo antes y no hice. Que eres mi timón y mi guía, mi ancla y mis alas, mi viento y mis olas, mi conciencia y mis sueños, mis velas y mi rumbo, mi alimento y mi sed, mi sangre y mis venas, mi motor y mi volante, mi salida y mi meta. Que te admiro como nunca he sido capaz de admirar a nadie. Ni tan siquiera a mi mismo, que ya es decir. Que aunque viviera mil vidas junto a tí jamás podría devolverte una mínima parte de lo que me has dado. Que con tu ejemplo me haces querer ser mejor persona para ser un poco menos indigno de ti. Que si tenemos unos gnomos tan maravillosos durmiendo bajo nuestro techo es porque sólo tu eres capaz de hacer tanto bueno. Y mil palabras mas que me reservo para susurrarte al oído esta noche.

Hoy, que cumplimos doce años unidos, te quiero pedir perdón por las ausencias, por mi eterna capacidad para estropearlo todo y por mi constante guerra contra el mundo; por cada segundo que he estado a tu lado y no te he dicho “te quiero”; por todas las palabras que no debí decir y dije y por todas las que debía haberte dicho y me callé; y, sobre todo, te quiero pedir perdón por no darte bastante las gracias.

Gracias, Elena. Gracias por tu paciencia, por tu comprensión, por tu amor, por tu aliento, por ser la mejor madre del mundo — tenía que ser precisamente hoy el día de la madre, no podía ser de otro modo —, gracias por ser la mejor amante, gracias por tu energía, gracias por tu sabiduría, gracias por tu entrega, gracias por tu bizcocho de avellanas y melocotón, gracias por tu sonrisa y gracias por el bendito brillo inocente de tu mirada.

Que estos doce años solo sean como el primer año de un milenio a tu lado.

2013-06-15 12.58.04

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3 Respuestas a “Doce

  1. Por fin tenemos de nuevo el ordenador y podemos leer tu madre y yo, esta bonita declaración de amor, que está claro que ha salido de tu corazón. QUE VUESTRA FELICIDAD SEA ETERNA. Besos para los CINCO.

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