Castañas para Diciembre

Diciembre siempre ha sido un tipo un tanto bipolar; todo el mundo sabe que es de naturaleza vivaracha y socarrona, pero eso no quita para que cada mañana se despierte huraño y legañoso y sin muchas ganas de trabajar, como esos días en los que entregarías tu reino a cambio de un rato más de cama. Se levanta de mala gana, pensando en todo el trabajo que tiene por delante, refunfuñando por lo que se le avecina. Apenas se enfrenta al agua helada sobre su rostro cuando siente cómo sus músculos se estiran ruidosamente por la pereza acumulada durante meses.

Hoy hace un día de los de no salir de casa, piensa mientras observa el tímido manto de lluvia sedosa que empapa las aceras. Apura el café con prisas y echa un vistazo poco halagüeño al periódico; no espera encontrar gran cosa. Los graciosos del barrio tienen por costumbre recortarle a Diciembre las noticias interesantes al diario y dejar sólo páginas rellenas con tonterías: que si las diez mejores meteduras de patas de los políticos, que si los cinco mejores goles, que si las siete peores soluciones para la crisis y un millón y medio de ideas para tus regalos de navidad; lo dicho, nada que valga la pena.

mañana_invierno

Con desgana, Diciembre sale a la calle dispuesto a sobrevivir como pueda. Esquiva las cortinas de agua sucia que desprenden los coches a su paso y el mar de coloridos paraguas que recorre las aceras como una procesión culebrante de setas venenosas que de repente hubieran adquirido la virtud de desplazarse por sí solas. Por el camino, respira hondo y sus pulmones se inundan con el frío reinante, que le hace abrir un poco más los entornados ojos. Un manto de niebla se desliza entre las callejuelas del barrio, arrastrando a su paso el olor de la leña que ya arde en los hogares. Diciembre se entretiene lanzando bocanadas de vapor por la boca, a modo de dragón incontinente; las nubecillas flotan mecidas por la brisa hasta desligarse bajo el techo gris plomizo de nubes bajas.

Según avanza, siente cómo una sensación familiar nace sobre su piel. Al principio, no es más que un roce tenue, como si alguien estuviera deslizando una tela vaporosa sobre su piel desnuda; nada de impactos repentinos, que el alma no está para sobresaltos. Poco a poco, la tela se solidifica y estrecha su presa. Una vibración le sacude. Diciembre piensa en el leve temblor que precede a los terremotos, en el traqueteo del avión cuando acelera en la pista de despegue, pero su imagen preferida es la de esas bizarras máquinas vibradoras de gimnasio que se ven en los dibujos animados con un cinturón de cuero para reducir gluteos. En su mente ve a Goofy en ropa de deporte apostado en una de esas máquinas; su rostro se desdibuja paulatinamente conforme la máquina adquiere mayor velocidad hasta arrancarle una gorgojeante carcajada (jou, jou, jou). Contra su voluntad, el sonido de la risa en su mente se le mete por las venas, trepa por su cuerpo y se acumula en su rostro, hace diabluras bajo la piel y estira la comisura de sus labios en dirección a sus orejas. El esbozo de sonrisa le anima algo el espíritu.

Aún no ha llegado a la mitad del camino, cuando percibe un cambio a su alrededor. Sin saber muy bien cómo, en un momento dado comienza a brotar música desde todos los rincones de la ciudad. Sale de las ventanas que ventilan los dormitorios por las mañanas, de la puerta de los bares que se van llenando de parroquianos, de los comercios repletos de mercancías deslumbrantes. La música sube paulatinamente de volumen, como uno de esos temas de rock progresivo de Led Zeppelin. Oye campanillas; oye zambombas, oye coros de niños de almibaradas voces; oye a viejos resucitar su voz grave desde las profundidades del pasado.

La música se enreda con la niebla y el humo de las brasas de encina; la fina lluvia crea una sopa embriagadora con la sinfonía resultante y embadurna a cuánto hay a su alrededor. Algunos pasos más allá, surge de la nada otra novedad. Esta vez son decenas de personas cargadas con bolsas de compra. Aparecen de repente, como hacían los extras del Show de Truman. Cargan pilas de paquetes envueltos en papel de regalo; dejan tras de si un rastro de perfumes tan espeso que Diciembre teme resbalar sobre su reguero; caminan con prisa para que la humedad no estropee los juguetes, las prendas, la corbata roja que todos los años le cae al abuelo Juan. Tras ellos, un ejército de papás noeles persigue a la cohorte de compradores agitando sus campanas con las barbas torcidas y sus falsas risotadas de imitación nórdica (jou, jou, jou). Diciembre se acuerda de la imagen del Goofy convertido en vibrador humano y estalla en una carcajada gratificante, blanca como la nieve recien caída sobre el campo.

Sin saber bien cómo ni por qué, los trauseuntes van deteniéndose unos frente a otros para saludarse. Se desean felices fiestas con fórmulas antidiluvianas. Algunos se cruzan unas pocas palabras de conveniencia, otros se dan las manos con calculada distancia gélida, los más se abrazan con calidez. Besos de tías rechonchas, palmadas a la espalda, intercambio de parabienes, silencios incómodos. En ocasiones, se cogen del brazo y entran juntos en el primer bar que encuentran. Al abrir la puerta, emerge un jolgorio de charlas animadas, risotadas cómplices, chistes y cotilleos, el constante ploc, ploc de las botellas de cava que se van abriendo.

plaza

Diciembre aprieta el paso; el camino ya está llegando a su fin. Al cruzar bajo el portal de la Navidad, el aire se impregna del aroma al chocolate recién hecho. La noche está cayendo, las calles se vacían poco a poco dejando solos a Diciembre y a las solitarias estrellas que ya vibran, allá en el gélido firmamento, con su luz azulada y tintileante. En mitad de la plaza, los operarios han cubierto el gran abeto central con una capa de luces de colores y guirnaldas. A sus pies, descansa un nacimiento de Belén. Bajo las arcadas de la plaza, los vagabundos se cubren con cartones y hacen circular un cartón de vino barato en torno al tibio calor de una  hoguera improvisada. Arriba, mucho más arriba, desde los miles de hogares que conforman un mundo diferente, resuena una cacofonía de brindis, villancicos, encendidas discusiones familiares, el llanto de un bebé que no puede dormir y alguna que otra bronca subida de tono por los efectos del alcohol. Los televisores emiten viejas películas en blanco y negro que nadie ve cuando las serpentinas vuelan en el rebosante salón.

Diciembre tiene un viejo amigo castañero. Se conocen desde hace mucho, mucho tiempo. Los vecinos lo ignoran, pero el castañero lleva abriendo su humilde puesto desde, bueno, desde el principio de los tiempos. Diciembre siempre detiene sus pasos un ratito para pedirle un cucurucho de castañas recién hechas con las que calentarse las manos. El castañero le sonríe y, con esa complicidad que solo pueden tener los viejos amigos, remueve las brasas, selecciona las mejores castañas y hace entrega del paquetito humeante con una envidiable profesionalidad.

Al reanudar los pasos para realizar el último tramo del camino, Diciembre se cruza con otro papá noel. Camina con paso acelerado, oculto entre las tinieblas de la noche. Cuando se cruzan, el gordinflón resopla por el peso del abultado saco que carga sobre su espalda y le saluda llevándose el canto de la mano a la frente a modo de saludo marcial, al tiempo que le guiña burlonamente un ojo. Diciembre lo sigue con la mirada y se reconforta con el sonido de su propia risa, cuya calidez desafía al frío de la noche.

navidad

Ya se acerca a su destino y Diciembre hace balance de su trayecto. Al final del todo, no ha estado tan mal como esperaba. Las luces del cielo ya comienzan a clarear y por el camino se cruza con algunos grupillos de alegres vecinos. Cantan a voz en grito con sus rostros encendidos por la digestión pesada y los ánimos de la bebida; ya le tocará mañana turno al bicarbonato y la resaca. A ningún vecino parece molestarles en exceso; ya todos duermen en el calor de su hogar tras la agitación de las últimas horas. Hasta los mendigos han conciliado el sueño y ya descansan en sus jergones, apretados unos contra otros para conservar el calor corporal.

Diciembre observa la bóveda celeste y siente cómo el brillo de un cometa marca la noche como si fuera una tilde en una palabra esdrújula o la firma magnificente de un gran artista en la esquina inferior de su obra maestra. Baja la mirada y descubre un gran portón abierto. De su interior, exhala una brillante luz anaranjada, que despide una reconfortante sensación, reforzada por una suave melodía de violines y flautas traveseras, de esas que tocan las orquestas vienesas en los conciertos de Año Nuevo. Cuando Diciembre da sus últimos pasos antes de atravesar la puerta, la noche se sacude con el sonido distante de unas campanas que rompen la quietud de las almas en reposo. Tlan, tlan, tlan… Las campanas van cayendo y Diciembre piensa que sí, que ha valido la pena llegar hasta aquí.

Probablemente sobre más de la mitad de lo que se ha quedado atrás, pero la mierda existe y quien se arriesga a pisar la calle sabe que se expone a llegarse en la suela de los zapatos alguna plasta de perro. Pero sin necesidad de rebuscar mucho en el zurrón, sabe que tambien hay un buen puñado de buenos recuerdos, fotos que colgar en el álbum de los momentos que valen la pena, recortes que guardar en la cartera para cuando vengan mal dadas.

Su silueta se recorta contra la potente luz y se difumina por momentos hasta que es absorbida por completo. Tras de sí, las gruesas puertas del portón se cierran lentamente cuando las campanas dan sus últimos tañidos (…tlan, tlan y tlan), desatando una explosión de alborotos, aplausos y carcajadas. Su último pensamiento antes de desvanecerse del todo le transmite la certidumbre incuestionable de que algo grande, algo grande e inmensamente feliz, está a punto de suceder. Y eso es algo por lo que siempre vale la pena brindar.

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