Quiero ser un ficus

El otro día quedé para comer con un viejo amigo, Iñaki Martín. El bueno de Iñaki, todo lo que tiene de gran profesional se queda corto comparado con la excelente persona que esconde tras su cara de niño incapaz de romper un plato. Si en este país, te dieran un premio por darle al coco – en vez de un boleto para marcharte al extranjero -, Iñaki lo ganaba año sí, año también.

Iñaki tiene nombre vasco, pero es mitad madrileño, mitad valenciano; lo único que le une con las Vascongadas es una admiración casi religiosa por el buen yantar. Por tanto, la sobremesa, como debe ser, fue larga, reposada y enriquecedora. En un momento dado, entre risas y recuerdos, Iñaki me contaba algo que le había pasado hace poco y le había hecho reflexionar.

En principio, parecía una de esas historias que, de por sí, no superaría la categoría de simple anécdota. Si no fuera porque, al rascar un poco y mirarla del revés, te das cuenta de que esconde algo mucho más grande. Porque, cuando estás con un tipo que te saca varias docenas de puntos en el coeficiente de inteligencia, siempre te entran dudas sobre si te acaban de colar de soslayo una ingeniosa parábola de esas que te hacen crecer, o si, más bien, el azar ha hecho de las suyas poniendo en tu camino una serendipia de raíz profunda, como esas zanahorias que cuesta tanto arrancar del suelo pero que, cuando lo consigues, te contagian una mueca extraña en la cara.

Mejor os lo cuento y juzgáis por vosotros mismos si se trata de lo uno, de lo otro o de los efectos que el Macallan provoca a la segunda copa.

El tema es que la familia de mi amigo tiene una casita de campo en la huerta valenciana desde hace muchísimos años; un lugar al que escaparse de vez en cuando para recargar pilas, respirar aire puro y entretenerse con las cosas del campo, lejos de wifis, presupuestos, reunionitis y demás zarandajas prescindibles.

Hacía un par de semanas que decidieron organizar un viaje de fin de semana para visitar esta casa, ya que, según algunos vecinos les habían contado, el invierno había estado copado de lluvias torrenciales, como las que, de tanto en tanto, descargan por Levante. Su pueblo había sufrido directamente las consecuencias del temporal. Preocupados por el estado de la vieja finca, a la que hacía meses que nadie visitaba, cogieron el coche y se pusieron en camino sin saber a ciencia cierta con qué se iban a encontrar.

La verdad, añadió mi amigo, es que, cuando llegaron, encontraron un espectáculo desolador. En varias fincas habían árboles derribados, tejados estropeados, cosechas desperdiciadas. Los vecinos les explicaron que muchas casas habían sufrido inundaciones. Las fuertes tormentas de granizo se habían ensañado con la comarca, arrancando a su paso chimeneas, aleros de los tejados y ramas.

Tras visitar a todos sus vecinos, descubrieron que, quien más, quien menos, todos tenían que lamentar algún desperfecto en sus fincas. Y se temieron que la suya no hubiese sufrido mejor suerte. Pero no fue así.

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Según me ha contado Iñaki alguna vez, en su finca tienen algunas docenas de frutales de varios tipos, cítricos sobre todo, unos pocos almendros e incluso unos olivos milenarios que son el orgullo de toda la familia. Pero la gran estrella de su huerto es un ficus, un gran y robusto ficus gigantesco de casi ocho metros de alto y una copa de unos dieciséis metros de ancho. El ficus abraza con sus ramas la casa y la protege de la intemperie y las tormentas. A su alrededor, los árboles del jardín crecen sanos y salvos, porque su inmensa presencia los parapeta de los fuertes vientos y las inclemencias, en invierno, y del sol ardiente en verano.

Sé bien de lo que me habla. Para los alicantinos, como yo, el ficus forma parte de nuestro album de recuerdos. Abunda en nuestros parques y nuestras plazas y forma parte de los símbolos de la ciudad. Grandes, inmensos, perennes, orgullosos, inmensos ficus; altivos, ancianos, solemnes, amables. Ajenos al paso del tiempo y amigos de sus vecinos; compañeros silenciosos del paisaje urbano y pacientes testigos de ancha hoja, sombra fresca y troncos recios. Sí, la verdad es que muy bien de lo que me habla.

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Pues el caso es que, cuando Iñaki y su familia llegaron a su finca, se encontraron que la suya era la única de toda la comarca que había sobrevivido casi indemne al invierno. La casa estaba prácticamente intacta; los frutales y los olivos, apenas sí habían perdido sus hojas y algunas pocas ramas sin importancia; un parte de batalla ridículo, comparado con lo que habían visto en otras fincas. Porque el ficus los había protegido con su inmensa copa, aislándolos de los ventorales y amortiguando con sus ramas la violencia del granizo y las lluvias torrenciales.

En su generoso sacrificio, el viejo ficus había quedado hecho unos zorros. Tenía ajadas varias de sus ramas principales, había perdido gran parte de su enorme copa frondosa y, a sus pies, un manto de ramillas y hojas se secaban como si se tratara de la muda de escamas de un reptil del pleistoceno. Pero yacía, dolorido y altivo, en el centro de la finca, cuidando de sus pequeños compañeros y dispuesto a presentar batalla por defenderlos de cualquier amenaza

Sobrevivirá, dijo Iñaki. Es fuerte y noble; sus raíces son muy profundas. Como las de la gente que cree en lo que hace porque sabe que es lo correcto. La vida se volverá a abrir paso en él. Y mientras se recupera, podrá alzar la cabeza y ver con orgullo como su sacrificio no fue en balde; y sabrá que los que confiaron en él y se pusieron en sus manos buscando su apoyo y su refugio, se vieron recompensados porque cumplió con ellos, no les falló cuando les hizo falta, supo y quiso estar ahí cuando más le necesitaban. Aunque casi le fuera la vida en ello.

Y sus heridas curarán antes y mejor, porque recibirán el agradecimiento y el cariño de aquellos a los que defendió y la admiración y alabanzas de cuantos conozcan su historia.

Cuando terminó de hablar, Iñaki y yo nos miramos en silencio durante largo tiempo. Me la ha colado, pensé. No sé aún muy bien qué clase de mensaje me ha tratado de mandar, pero me la ha colado. Aún lo sigo pensando. Y el hecho es que, aunque solo intuyo por dónde van los tiros, ha conseguido que me sienta un poco mejor conmigo mismo y con lo que estoy tratando de hacer con mi vida. Y eso, amigos, mola; mola y curte rato largo. Qué jodido, el Iñaki éste…

Total, que así me contaron la historia, y tal cuál os la traigo, como diría Ende. Que cada uno saque sus consecuencias y sus enseñanzas, y que juzgue, si os es dado juzgar, si la historia no fue más que un inocente chascarrillo o si esconde algo oculto en los bajos de la falda.

Yo, como suele ser habitual en mí, tiendo a pensar en lo segundo. Quizás por eso Jorge, otro amigo, piense que soy tan ingenuo que rayo en lo naïff; si me lo permitís, yo prefiero creer que la vida es – y tal vez pueda seguir siéndolo un rato más – maravillosa cuando nos empeñamos en querer hacer algo bueno con ella.

Seamos o no seamos ficus, que eso, a la postre, es casi lo de menos…

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