Cada cuarenta y ocho de julio

5 de abril. Mi último post lo escribí un 5 de abril. De 2016. Desde entonces, no había escrito ni una palabra. 474 días de espacio en blanco son muchos para alguien que sufre de una irrefrenable diarrea narrativa, pese a esta prosa tan retorcida que se empeña en huir de temas de esos de los que hablan las personas normales. En todo este tiempo no tuve ni una  sola vez tentación de volver a escribir. Silencio sepulcral, conjunto vacío, encefalograma plano, game over; acertada metáfora de lo que ha sido mi vida más reciente.

Dudo mucho que a nadie – al menos a nadie que no me conozca lo suficiente como para estar al tanto de los detalles – le interese un comino lo acontecido en mi vida durante estos últimos quince meses. Al fin y al cabo, colega, todos tenemos nuestras propias batallas, ¿verdad? Si quieres caldo, dos tazas; que cada cerdo aguante su sanmartín y a otra cosa, mariposa, como dijo una vez el bardo.

Me he prometido a mí mismo no aburriros contando historias de taxista hastiado. No sería una buena forma de volver a las andadas. Ni justa contigo, después de quince merecidos meses de descanso. No lo haré. Que cada palo aguante su vela.

Además, no creas que la mía ha sido una historia amarga, de esas que cuentan las matronas compungidas a indolentes tenderos, aprovechándose de que no pueden escapar de detrás del mostrador ni a dónde huir hasta que no les paguen las sardinas, que a ver cómo me las pones, que el otro día mi Juan se quejó de que estaban mas secas que la mojama; pues como te decía, a mi Kiko le pasa de tó; no te lo vas a creer, se ha separado de la Juani; se conoce que

No, no van por ahí los tiros, pardiez. Mi vida reciente no es una de esas melodramáticas telenovelas que emiten a la hora en la que antes dormían la siesta las personas formales. Si acaso se parece más a la cabaña de tío Henry y tía Emma, flotando en el torbellino como un barco de papel; girando y girando, zarandeada al libre albedrío, cada vez más alto, cada vez más lejos, cada vez más rápido, sin cesar, con sus cachivaches volando por la estancia, mientras Dorothy, asustada a morir, sujeta con una mano a Totó y con la otra hace presa en la barandilla de la escalera y jura en arameo por el puto chucho y le que grita al chavaluco que maneja la atracción que pulse de una maldita vez el botón de parada automática si no quiere perder sus huevos a mordiscos cuando este pifostio termine.

No tengo ni puñetera idea de si mi cabaña ha dejado ya de volar por los aires. Ni sé adonde he ido a parar. Y, francamente, no me hago ilusiones acerca de haber caído encima de alguna malvada bruja, como esas que te miran desde su coche en el atasco, desafiándote a no cederles el paso en el próximo desvío a la M-40, si tienes lo que hay que tener. Y, mira, casi que mejor, que los zapatos de tacones rojos nunca me terminaron de quedar bien.

Lo que sí sé es que hoy, de repente, sin saber muy bien por qué, me he despertado con ganas de volver a abrir este viejo blog y engrasar un poco las teclas para retomar en mi vida este antiguo hábito caído en desuso de escribir por escribir, de contar por contar, de narrar las cosas que me pasan, enrevesarlas con opiniones peregrinas y, de vez en cuando, repintar la realidad con nuevos filtros que la hagan menos absurda de lo que por sí es.

Hubo un tiempo en el que éste fue un blog relativamente popular por el que pasaban decenas de miles de personas cada mes para leer la insufrible prosa del humilde junta-palabras que esto firma. Tal vez no lo sepas o lo hayas olvidado. No te culpo; yo mismo casi lo había borrado de mi memoria. Por eso no quiero dejar de dar las gracias a quienes me han animado a retomar el hábito de encender el antediluviano Asus, pedirle a Mick Jagger inspiración y lanzarme a escribir sin rumbo ni patrón.

Va por vosotros, Inma, Alberto, Sergio, Iñaki, Jorge y los que haya podido olvidar, que seguro que los hay, pero que sabéis bien quienes sois. Al resto, os pido que les perdonéis por su ingenua felonía; probablemente obraban de buena fe… En cualquier caso, el único culpable de este blog somos un servidor y tú, por entrar a leer esto – detesto la autoindulgencia, por si no lo sabías..- .

No os prometo nada. No sé si habrá un segundo paso o si volverán a pasar otros quince meses hasta que vuelva a escribir. No sé si alguien llegará a leer esto – las audiencias, una vez se pierden, no hay sandiós que las recupere, verdad Buenafuente, qué te voy a contar, viejo zorro -.

Lo que sé es que me siento mejor desde que me he puesto a escribir. Siento que he recuperado un trozo de mi vida perdida. Y eso tiene que ser bueno. O, al menos, lo parece. De modo que intentaré hacerlo más a menudo.

Y si este año, para el cuarenta y ocho de julio, mi vida vuelve a ser absorbida por otro inesperado huracán de emociones contrastadas, experiencias trepidantes y hojas del calendario que revolotean como pájaros de un destino incierto, os prometo que intentaré asirme a esta apolillada tabla de madera como medida para mantener a flote la cordura y la dignidad en mitad de tanta indecente arbitrariedad y tanto business express, que hacen que uno se olvide hasta de cómo se llama.

Os prometo que lo intentaré con todas mis energías.  Y tú que lo leas…

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