Cuarenta en bastos

Tinieblas sepulcrales. Cañón cenital de luz nítida, de esos que se usan en los mutis por el foro. Barra repleta; ni un alma a la vista. Por todas partes, copas medio vacías. Humo; mucho humo. Todo el humo del mundo. Una chaqueta olvidada ahí, un bolso perdido allá. Suelo de cáscaras de cacahuetes. Algún que otro charco de vergüenza acartonado.

Como banda sonora, viejas canciones de viejos rockeros, muertos ya hace décadas. Y un telón de fondo compuesto por el rumor cacofónico de mil voces divergentes. Susurros; risotadas; alguna que otra bronca subida de tono; a alguien le ha entrado la llorona.

barra bar

En la barra del fondo, a esa a la que solo llegan los veteranos del lugar, Ramiro y Rafael se citan cara a cara, como un torero de verdad ante un Miura encabronado. De por medio, la barra del bar; todo un mundo. Y al resto del universo, que le den mucho.

  • Ramiro, majo, echa aquí la última, que la noche se me hace bola.
  • Rafanomejodas, que vamos a cerrar en nada y menos.
  • Pues por eso se llama la última… Venga, no te hagas de rogar, tronco, que en lo que despejáis todo esto, yo apuro el trago.

Ramiro sirve el último whisky de mala gana y se pierde en el averno del almacén. Un segundo después, se encienden las luces del garito. Música bajo mínimos. Cuatro gritos de protesta. Hora de irse a casa, chicos, se acabó lo que se daba. Cuidaros todos, que el sábado que viene paso lista. Buenas noches y buena suerte. Salud, compañeros.

Ramiro se sopla media copa de un solo trago. La despedida no va con él. Una bocanada de aire helado entra por las puertas abiertas de par en par. Y la gente, que empieza a desfilar, en busca de un abrevadero aún abierto donde tomarse la antepenúltima. Ojos enrojecidos. Ríos de rimmel. Rostros entumecidos. Cenagales mentales. Colirio para el alma. Zumbido en los oídos. Alcohol en la brisa de la madrugada.

  •  Rafa, vamos apurando, que es hora de marchar – dice Marga.
  • Y tu, ¿qué vas a hacer ahora? – lanza la caña el macho alfa de la barra del Jendrix.
  • Despedirme de tí – le responde Marga, guiñándole un ojo picarón.
  • Me has roto el alma, cabronaza – concluye expeditivo Ramiro.

cerrar bar

Y el viejo zorro cierra la caja, conecta la alarma, cierra la puerta y sale al frío de la madrugada. Tambaleo al levantarse. Este puto suelo, lo que le gusta moverse. Pasos inseguros. Chaqueta de solapas empinadas. Mirada de muchas noches. Niño, ¿qué hora es ya? Las cuarenta en bastos, señor. Ea, con Dios. Salud. Va por ustedes, señoritas.

Y sus pasos se pierden calle arriba, en busca de un jergón vacío de emociones y una habitación llena de sombras canosas.

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