Adios a Praga

El reloj avanzaba insaciable, arrastrando los últimos rescoldos de la tarde. Pavel Chejniev se asomó a una esquina de plaza de San Venslao y oteó en todas las direcciones. Satisfecho, se subió las solapas del gabán con aire resuelto y retomó el paso en dirección a Hlavni Nadrazi, la principal estación de ferrocarril de la capital checa. A su espalda, Praga vestía su sempiterno manto gris, como cada húmedo otoño. Un día más, la fina lluvia empapaba la calzada y el ánimo de los praguenses.

Al cruzar el pórtico de entrada a la estación, Chejniev cambió de mano su maletín negro y se quitó rápidamente la gabardina, con cuidado gesto de despreocupación. Cuando accedió al inmenso hall de la estación, gabardina y sombrero ya habían desaparecido en el interior del maletín y su chaqueta reversible de tweed lucía por su cara interior. Si alguien se hubiera fijado en él, creería estar viendo a una persona distinta.

estacion tren

Chejniev se detuvo en el centro del vestíbulo de la estación. Fingió consultar el reloj de bolsillo, mientras observaba detalladamente por el rabillo del ojo. Acto seguido, entró a un estanco, compró un paquete de cigarrillos y pidió al tendero que le permitiera salir por la puerta trasera del local. Quince minutos después, caminaba hacia el café del andén 11, casi seguro de que nadie seguía sus pasos.

Pavel tomó asiento en una mesa solitaria, desde la que tenía una vista privilegiada del hall, y consultó el tablero de salidas adyacente. El expreso de Berlín anunciaba su salida en apenas media hora. Se aseguró de que su reloj estuviera sincronizado con el de la estación y se parapetó tras el periódico vespertino recién comprado, a la espera de que llegara la hora de partir.

Conforme avanzaba el tiempo, Chejniev sintió cómo se le aceleraba el pulso. La hora de la verdad se aproximaba y, a cada minuto, el riesgo aumentaba exponencialmente. Sabía que, para mantener sus opciones de éxito intactas, debía conservar los nervios templados. Pero el miedo a veces resulta un pez demasiado resbaloso para ser retenido.

Transcurridos unos minutos, sintió el sonido de unos pasos que se aproximaban hacia su mesa y se detenían frente a él. Retiró lentamente el periódico, temiendose lo peor.

— ¿Qué le sirvo al caballero? preguntó solícito el camarero.

— Un capucchino, por favor — le indicó con el corazón en un puño.

No fue hasta que el camarero se hubo retirado cuando cayó en la cuenta de la dama que se había sentado en la mesa contigua. Parecía haberse materializado de la nada. Pavel se recriminó por no haber estado atento a su llegada. Su vida dependía de detalles tan nimios como ése.

La joven actuó como si no hubiera nadie a su alrededor, aparentemente absorta con el trasiego de trenes y pasajeros, ajena a la presencia del caballero de la mesa de al lado. Sobre sus piernas asomaba un chal de cachemira rosa y un libro de Chejov. A sus pies, Pavel pudo observar un maletín verde oscuro con correa negra, de unas dimensiones muy parecidas al suyo.

Una vez que el camarero trajo el café de Pavel y cobró la consumición, la joven pareció salir de su hastío. Él la observó de reojo tras el periódico. Ella extrajo una pitillera de su bolso. Al llevarse un cigarrillo a los labios, su miradas se cruzaron durante unas centésimas de segundo.

— ¿Tiene fuego? — le preguntó con determinación.

— Por supuesto — contestó Chejniev solícito, aún con el corazón en un puño, aproximándose a su mesa mechero en mano —, si decide encenderse…

— Nunca lo sabremos, si no lo intentamos – contestó sonriente la joven.

Cuando ella se acercó a la lumbre del mechero, Pavel Chejniev le susurró el nombre de una popular boutique de la estación. Cinco minutos después, ambos se encontraron en la sombrerería de la tienda.

— ¿Tienes toda la documentación preparada? — dijo Pavel.

— La encontrarás en el bolsillo interior de la valija. ¿Has memorizado las instrucciones? — le contestó la muchacha.

— Berlin Postdamer Platz, 4, segundo izquierda. Descuida, lo tengo todo controlado —, susurró. Pavel se atrevió a preguntarle — ¿Qué harás ahora? ¿Seguirás en el piso franco? ¿Conseguirás escapar tú también algún día?

La muchacha se mordió el labio tímidamente. Una nube de rubor asomó a sus mejillas. Pavel se apresuró a sacarla del apuro. — Déjalo, no contestes. Cuanto menos sepa, será mejor para todos — replicó, solícito.

— Lleva mucho cuidado, Pavel. Corres un gran peligro; prométeme que no te expondrás innecesariamente —, comenzó a hablar ella, hasta que su voz se quebró como el hielo fino bajo el peso de la nieve.

Pavel Chejniev no pudo resistir más la tentación; por primera vez, se atrevió a mirarla a los ojos. Al punto, se arrepintió. En la comisura de sus ojos se amontonaba la amenaza de unas lágrimas que ella apenas alcanzaba a contener. Con el alma del revés, le respondió — Te prometo que así lo haré. Es nuestro oficio, querida. Nosotros hemos elegido que así sea. Y ahora, dime que nunca me olvidarás — la interrogó, desesperado.

Ella le devolvió la mirada y pudo ver en ellos lo más profundo del lago de su alma. — Jamás lo haré, Pavel. Puedes apostar por ello. Aunque viviera mil años sin tí y recorriera mil mundos buscándote, nunca olvidaré ni uno de los segundos que hemos vivido juntos.

— Ojalá la vida fuera diferente — dijo Pavel, consciente de lo inverosímil que era aquel deseo —. Ojalá nada de esto fuera real; ojalá hubiera un mañana para la gente como nosotros —.

Ella tragó aire dispuesta a hablar, pero las palabras se atascaron en la garganta. Con un cálido suspiro de amargura, miró su reloj de pulsera e hizo una mueca imperceptible con los labios. Pavel Chejniev asintió con un leve gesto de cabeza y se encogió de hombros.

Había planeado muchas veces su discurso de despedida pero, llegada la hora de la verdad, las fuerzas abandonaron por completo. — Adios, Sonya. Se feliz allá donde la vida te arrastre, le deseó él, mientras sus pasos le alejaban de la única mujer de su vida.

pareja tren

Recompuso su compostura lo mejor que pudo, tratando de imitar el aire desenfadado de un hombre de negocios de la gran ciudad camino a una cita de trabajo vespertina. Al andar, se esforzó en silbar una tonadilla popular checa mientras bamboleaba el maletín verde con asa de cuero de Sonya.

Al final del andén 11, el jefe de estación agitó una bandera amarilla instando a los viajeros a subir al tren con destino Berlín, de inminente partida. Entre  la vida que siempre había conocido y el vagón que habría de llevarlo al nuevo mundo solo se interponía el control de pasaportes. Chejniev se dirigió hacia él mostrando la mejor de sus sonrisas.

— Billete y pasaporte — le espetó secamente el revisor. Detrás de la ventanilla, dos adustos personajes de traje gris y sombrero de ala esperaban acontecimientos. Bajo sus chaquetas, sendos bultos bajo la axila mal escondían la peor de las intenciones.

Chejniev puso ambos documentos sobre el mostrador. El revisor los tomó en sus manos y los observó detalladamente durante largo rato. Transcurrido un rato, levantó la vista lentamente y clavó su mirada en él durante tanto tiempo que Pavel temió que fuera a perder el tren. Finalmente, asintió con la cabeza en silencio y se dirigió al siguiente pasajero.

Pavel Chejniev tragó saliva y avanzó. Al pasar junto a los dos individuos de traje gris, carraspeó sonoramente y se llevó la punta de los dedos al ala de su sombrero. Superado el control, se dirigió a paso ligero hacia su vagón.

Casi había llegado a su vagón cuando, el hall de la estación se inundó del sonido de ladridos furiosos de perros y el alboroto de los pasajeros sorprendidos. Sonó un silbato, seguido de la detonación de dos disparos. El eco de los balazos a quemarropa resonó ominoso en el vestíbulo. Un desgarrador grito de dolor e incomprensión les precedió. Otra víctima inocente había caído en la tela de la araña. Pavel Chejniev suspiró un segundo, reanudó sus pasos y subió por fin al tren, abandonando Praga a su suerte, por siempre jamás.

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