Y Campanilla voló

Permitirme que hoy me brinde a ese viejo arte caído en desuso que es contar cuentos. Dejadme que, tan solo por unos momentos, intente trasladaros a un universo diferente donde la verdad es solo un trozo más de la realidad que nos envuelve y la fantasía nos brinda lugares y situaciones que solo se reproducen en nuestros sueños. Si estas dispuesta/o a embarcarte en este breve mundo, déjame que te sugiera bajar las luces de la habitación, tomar una taza de aromático té caliente, entrecerrar los ojos y, si te apetece, envolverte por la melodía que este trovador te ofrece. Y ahora, con tu permiso, nos entregamos a esta narración que comienza así:

Comenzaré como comienzan todos los cuentos: Erase una vez, en un tiempo y lugar muy lejano, la historia de un joven que cada día, en el exacto momento en que cae la noche y los párpados se vuelven pesados y reacios a mantenerse abiertos, en ese instante en el que nos disponemos a abandonar la consciencia para dejar a la mente correr temporalmente por las colinas de la imaginación, sentía la presencia de Campanilla en el alfeizar de su ventana.

Al llegar la noche, las horas volaban fugazmente mientras permanecía sentado en su cama sin poder dejar de observarla. Y en el momento en el que la vigilia impone su cruel sentencia, durante ese tránsito que nos ingresa irremediablemente en el remoto mundo de los sueños, su último recuerdo era el del rostro de Campanilla envuelto en el permanente halo de misterio que posee la suave melodía de la risa de las hadas y el tintineo del batir de alas tras el fino cristal. Cuando la noche se cerraba y tomaba la tonalidad de la que están recubiertos los miedos que nos estremecen, le parecía vislumbrar a través de la cortina el brillo dorado que desprenden sus polvos mágicos.

Más debo deciros que nuestro joven nunca llegó a tocarla, a acariciarla; nunca osó contrastar cuánta parte de realidad encerraban sus ojos y cuánta era fruto de su desbocada imaginación. Sea como sea, a él le gustaba entregarse al sueño pensando que ella realmente siempre estuvo ahí, fiel y puntual a su cita diaria, tan cerca de su cama que, a poco que alargara la mano, podría hacerla suya.

Por eso, en lo más profundo de su mente celebraba con regocijo el momento de subir a su alcoba. Era su oculto rendez vous con Campanilla; el momento más feliz de la jornada, el instante en el que se sentía extrañamente unido a ella por un lazo invisible que todos desconocían, ni tan solo ellos mismos. Campanilla y el joven, atados por la complicidad de la cercanía y ese extraño lazo que une a los que comparten un secreto que nunca ha sido expresado.

A veces, encontraba un perverso placer en jugar a retrasar la llegada de aquel secreto momento de reconciliación, mientras paladeaba la amarga sensación del desencuentro y la punzada aguda de la duda razonable de que Campanilla acudiera de nuevo a su encuentro nocturno. Pero ella siempre acudía y la noche se llenaba de confidencias, de risas y de juegos inocentes que no hacían sino estrechar aquella relación imposible.

Nada más hubiera alguna vez despertado agitado en mitad de la noche, sólo el recuerdo de la fantasía de sentirla cerca, agazapada tras su parapeto de invisibilidad, ausente en su mirada melancólica, le reconfortaba y aportaba la calma suficiente como para poder reconciliar de nuevo el sueño. Ni siquiera entonces se planteaba si Campanilla habría volado, porque tampoco podía tener la certeza de que alguna vez hubiera existido. Era un juego endiablado donde la verdad estaba de más y la fantasía era la que imponía la partitura a tocar.

Inmutablemente creció aprendiendo a convivir con su secreto inconfesable. Nunca quiso compartirlo con nadie; nunca supo vencer sus miedos y atreverse a desvelar el misterio de sus citas con Campanilla. Yo no creo que nadie le hubiese creído. De hecho, me gusta pensar que la magia de su relación radicaba precisamente en que fuera desconocida a los demás. Hablaban, reían y compartían sus sentimientos, pero el joven jamás se atrevió a preguntar el motivo por el que ella venía a verle precisamente a él, ni ella nunca se lo contó voluntariamente tampoco. En el fondo, temía que la sola formulación de esta pregunta rompiera para siempre la magia de su extraña relación. Así que callaba y dejaba desgranarse los días cultivando el oculto deseo de que que la razón de sus visitas fuera algo parecido al fuego incandescente que ardía en su interior al verla. Y con esa ilusión, le bastaba para ser feliz.

La verdad sea dicha, no vayáis a creer que era tan estúpido como para pensar que Campanilla le pertenecía sólo a él; nuestro joven siempre fue consciente de que ella era un espíritu libre destinada a cumplir con su misión eterna de revolotear de ventana en ventana recolectando retazos de sueños y suspiros desesperados con los que trenzar una corona de espinas, mientras aguarda la llegada de su Peter Pan. Nada que estuviera ni remotamente a su alcance. Más bien al contrario, siempre supo que Campanilla no le pertenecía, del mismo modo que la Luna, el Mar o el Viento no pertenecen a nadie, porque nadie tiene suficiente poder como para poseerlos. Pero su sola presencia, eventual, sutil, evanescente, su amable conversación, el brillo de sus ojos resultaban suficiente alimento para colmar todas todas sus aspiraciones. No requería más para poder volar cada noche desde su alcoba hasta la tierra de Nunca Jamás.

La condición humana, esa estúpida y cruel consejera, era la única amenaza que se cernía sobre sus sueños. De este modo, los días dieron paso a los meses, y éstos, trajeron a los años sin mayor cambio en sus vidas hasta que la curiosidad, ese felino insidioso que se escurre entre nuestros deseos como si fuera un ánima perseguida por el diablo, obró de las suyas. Y en el interior del joven nació un insidioso anhelo por desvelar el objeto que movía a Campanilla a elegir precisamente su ventana para sus incursiones nocturnas. Y su mente comenzó a entretejer un sueño en él que era capaz de superar sus miedos y enfrentarse cara a cara frente a su paciente visitante alada para, al fin, atreverse a probar el néctar de sus labios.

Al principio no fue más que un leve suspiro. Pero con el transcurso del tiempo, creció y creció hasta convertirse en un terrible vendaval que desencajaba su capacidad para mantenerse distante y firme en sus principios. Llegó al punto de impedirle dormir, de impedirle soñar, de impedirle despertar, de bloquear su mente día y noche hasta llevarle a un punto cercano a la locura. Las persianas de su cordura chirriaban sonoramente cuando la sentía cerca y deseaba, por encima de cualquier otra cosa en este mundo, abrazarla y besar sus labios de purpurina hasta el punto de llegar a perder la perspectiva de las consecuencias de sus propios actos.

Y vanamente intentó luchar contra esta obsesión hasta que un mal día, rendido por completo a su voluntad, el joven saltó de la cama para abalanzarse hacia su ventana donde, de un violento estirón, lanzó su vida por la borda. Apenas abrió su ventana de par en par y, por un breve momento, pudo sentirla entre sus brazos…

Aunque, tal vez sería mejor decir que pudo sentir el oasis infinito que se esconde tras los diminutos y perfectos ojos de un hada. Fue entonces cuando cayó en la cuenta de que Campanilla era exactamente tal y como la había soñado durante todo este tiempo. La perfección de sus rasgos, la belleza de sus curvas, la majestuosidad de su figura quedaban infinitamente empequeñecidos ante la humanidad que refleja su mirada. En ella convivían la bondad y la inocencia de una niña con la amabilidad y la ternura de una madre. En ella se escondía la infinita capacidad de amar que sólo es capaz de concentrar un hada mágica. En ella deslumbraba la sonrisa mas pura, más reconfortante y más fabulosa que nunca haya podido ser observada, proveniente de los labios más dulces que jamás sintiera nadie. ¿Cómo/quien podría resistirse a perder el juicio ante una visión así? Y, tal y como había temido durante todos estos años, nuestro amigo sucumbió irremediablemente rendido a sus pies, ajeno a su humana voluntad, abandonando por siempre cualquier atisbo de supervivencia.

Valga decir que la imagen iluminada de su rostro se desvaneció apenas sus labios rozaron los del hada, quien se diluyó en la negrura en lo que dura un parpadeo para desaparecer en la noche por siempre jamás. Voló lejos, voló alto, voló para no volver, voló de vuelta a su tierra, dejándolo para siempre con el recuerdo de aquel breve e inútil encuentro. Posiblemente hubiera podido permanecer permanentemente feliz durante mil años más si no hubiera visto esos ojos ni oído esa risa, si no hubiese roto el delicado equilibrio entre el deseo y la incertidumbre, entre su amor platónico de lo que nunca llegará a ser y el injustificado anhelo de lo que podría llegar a ser, por muy improbable que pudiera resultar para una mente lúcida. Pero la realidad es que optó por echar a perder aquella cálida sensación para dejarle solo, eternamente solo.

O lo que es infinitamente peor, vacío para siempre. Sabedor de que Campanilla ya voló y que nunca jamás volverá a estar cerca del alfeizar de su ventana, acompañándole desde la cercana distancia que une a dos galaxias irreconciliables. Irremediablemente hueco al perder toda su capacidad de entregarse a otra persona, que quedó adherida para siempre entre su rubia cabellera. Jodidamente herido con la cicatriz que provoca la malvada garra que nos roba el alma para llevársela para siempre a donde nunca jamás llegaremos, a donde nunca jamás seremos invitados, tan alto y tan lejos de nuestra humilde condición que nos parece imposible poder alcanzar tan distante cima en nuestra corta existencia. Tan cerca de su mano, tan lejos de su alma. Desde mi punto de vista, se me hace imposible decidir si para el joven ese vacío fue más duro por tratarse de una pérdida irreversible o por haber llegado a conocer lo que pudo haber sido suyo y ya nunca lo sería finalmente.

Los pensamientos del joven se llenaron de odio, envidia y desdicha. Yo te odio, maldito Peter Pan – solía repetirse a todas horas -; maldita sea tu estampa. Espero que disfrutes de lo que te ha sido dado por los dioses y espero que entregues tu vida a honrarlo y merecerlo, si es que puede haber alguien capaz de tan alta meta.

Otra vez hoy, como cada día, en el exacto momento en el que cae la noche y los párpados se vuelven pesados y reacios a mantenerse abiertos, en ese instante en el que nos disponemos a abandonar la consciencia para dejar a la mente correr temporalmente por las colinas de la imaginación, todavía me parece vislumbrar la silueta de Campanilla oculta tras la ventana del joven y la brisa quiere traer un sonido similar a la hipnótica risa de las hadas. Y en ese justo instante, en el corazón del joven sangra de nuevo su herida abierta. Lo observo como vanamente intenta aprender a vivir con su ausencia, a llevar el dolor escondido tras una capa impermeable, a sobrellevar la certeza de su ausencia que tanto pesa y tanto quema. Y en los breves segundos que dura el reinado de la vigilia, durante ese tránsito que nos interna en el remoto mundo de los sueños, de los labios del joven siempre se oye brotar quedamente la misma frase:

Buenas noches, Campanilla, donde quiera que ahora estés…

campanilla

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