Judas, el del Quinto B

Se conocieron en el curro de ella una gélida noche de agosto. Angustias apuraba su enésimo benjamín de champagne y, escondido en el último sorbo, estaba Judas esperándola. Lo suyo fue sexo a primera vista.

Él le prometió una vida nueva en un contrato escrito sobre papel de fumar. Ella aceptó, porque no sabía leer, y le dijo que le acompañaría hasta el mismísimo Infierno a condición de que no la invitara a pasar. El dueño del club, un tal Caín, aceptó el pago de treinta monedas de plata por su libertad, expedido a la ligera sobre un talón sin fondos, y Judas salió del local llevándose a su diosa particular recién adquirida sin envolver.

Aquella misma noche, recorrieron cogidos de la mano las calles desiertas de la capital, poniendo buen cuidado en causar un incendio en cada portal. La noche se llenó de risas, besos y miradas. Fueron sólo dos malandrines embozados más, de esos que se dejan llevar en las horas más tardías mientras esperan ansiosos un nuevo duelo al amanecer, posponiendo ominosamente la elección del dormitorio donde disputarlo.

La deriva los arrastró al pairo. Al final del camino, las puertas de la casa de Angustias se abrieron de par en par. Él entro sin pedir permiso. Resultó ser una ratonera escondida en algún rincón de La Latina, desde la que se veían todas las cloacas de la ciudad. A Judas aquel lugar le pareció demasiado sano para ella.

traicion V

Así que, le compró un apartamento en el centro y un escaparate donde poder exhibirla públicamente. Sus colegas del banco primero alabaron, y luego avalaron, su buen gusto. Sus compañeros de partido aprobaron una moción para que fueran felices. Un abogado con alopecia ejerció de maestro de ceremonias.

Y así fue como Angustias pasó de meretriz a dama en sólo un trago hasta convertirse en Señora de Feroz.

Judas viajaba constantemente por todo el mundo buscando almas en saldo. Angustias le esperaba paciente en casa haciendo encaje de bolillos con las fibras deshilachadas de sus sueños a medio remendar. En sus horas libres, él la sacaba a pasear por los bulevares, sin saltarse ni uno solo de sus bares.

Se hicieron construir un púlpito y en él cenaban todas las noches mirando a las estrellas desde arriba. Se comprometieron a comprar semillas para plantar algún día una familia. Se prometieron pasiones que no podían permitirse el lujo de pagar. Se juraron mentiras a la cara sin pestañear. Se amaron hasta desgastar los surcos del disco en el que sonaba incesantemente el bolero de sus vidas. Y sus amigos les regalaron envidia eterna.

Sin saber muy bien ni cómo, se convirtieron en el Rey y la Reina de la Noche. Madrid se abrió de piernas ante ellos y la diosa Cibeles les prestó el carro para sus andanzas nocturnas. Pronto no hubo fiesta ni local, sarao ni jarana, que no se disputara su presencia.

Hicieron de su relación un altar sobre el que realizar holocaustos en el buen nombre del Glamour y la Fama. Nadie reía más fuerte que ellos, nadie brindaba tan alto como ellos, nadie llegaba tan lejos como ellos en la Olimpiada de la juerga más golfa.

Vivieron dentro de una telenovela. Procuraron nunca mirarse a los ojos. Tomaron pastillas contra la vulgaridad. Confeccionaron cócteles con el zumo del fruto del árbol del Bien y del Mal, que se encontraba infinitamente por debajo de ellos. Y La Buena Vida les guiñó un ojo y les soltó piropos obscenos desde su andamio.

Sonrieron en mil revistas, desayunaron en todos los hoteles, posaron como nadie ante las cámaras, almorzaron en clubes de campo para idiotas. Y mientras tanto, olvidaron completar el puzle de sus vidas porque las piezas que les faltaban sonaban dramáticamente aburridas.

Hasta que un torpe día, al levantar la botella de champán, vieron que ésta se encontraba medio vacía. Sin darse cuenta, el metro se había saltado su parada y el arrabal donde bajaron les resultó familiarmente desconocido. Trataron de hacer memoria, pero la resaca les impidió recordar en qué momento de la fiesta el barco se había hundido.

Su trono estaba chamuscado por el azufre. Las puertas estaban cerradas con cerrojo. La línea telefónica estaba cortada. La fiesta había terminado. Alguna bruja malvada había pinchado con un huso maldito la burbuja sobre la que vivían y se encontraron en el número trece de la calle del Desamparo, sin haber tenido ocasión de guardar unas migas de pan con las que marcar el camino de regreso.

Un buen samaritano con sonrisa de bótox les ofreció convertir su alcoba en un plató. Judas estaba dispuesto, pero Angustias se negó rotundamente; y es que hay cosas por las que una honrada dama de la noche no está dispuesta a tragar.

Así que su ascensor recorrió el trayecto desde el ático al sótano en menos de un segundo.

traicion IV

De la noche al día, Judas tuvo que trabajar de pirata; abordaba pisos embargables en jornada de bombilla a bombilla. Angustias encontró empleo de psicóloga en una peluquería de mi barrio. Y se mudaron al Quinto B.

Se encargaron un abrigo de mangas verdes. En las noches de verano, cuando el calor de Agosto abre las ventanas de par en par, de su piso salían sinfonías de reproches que sonaban a platos rotos. En los días fríos de invierno, la calle semejaba un oasis tórrido frente al gélido témpano en el que se había convertido su hogar.

Con el paso de las ligas, mudaron sus vidas a habitaciones separadas. Aparcaron su futuro en un parking abandonado y siguieron el camino a pie, caminando cada uno frente al otro por aceras separadas. Decidieron poner los buenos tiempos en el Museo de Los Recuerdos Pasados. Hicieron rodar con fuerza la rueda del calendario a la espera de que las golondrinas trajeran arrugas a su pareja.

Y así pasaron los años como dos desconocidos que una vez apostaron hasta la camisa en las mesas del casino, sin saber que la banca siempre gana cuando el Diablo ejerce de crupier.

Cierta vez, se encontraron en el árido pasillo de su casa. Cruzaron sus miradas por primera vez en un siglo y no se reconocieron. Para entonces, en el cuarto de Judas ya habían demasiadas Lolitas y a Angustias le dio pereza barrerlas a todas. Así que se compraron una frontera y la situaron entre los dos. Judas se buscó una aduanera pelirroja con tetas XXL y Angustias levantó un castillo con botellas de ginebra barata.

Un día, al despertar, Judas se había ido. Había metido en su maleta su sonrisa y sus promesas y había desaparecido dejando, sobre la mesa de la cocina, una solitaria nota: “Lo siento; en el mercado no quedaban perdices“. Y Angustias dedicó el resto de su vida a hacer honor a su nombre.

De este modo, el Quinto B quedó abandonado a zozobra hasta que una flecha perdida lo hizo arder hasta los cimientos. Sus cenizas pasaron a convertirse en un borrón más dentro del infinito manuscrito de las aventuras que terminaron mal, como la vida misma, los videoclubs o la paz mundial.

Hoy, Angustias vende sus lágrimas al por mayor en sepelios y bodas ajenas a cambio de un trozo de pan duro. En cuanto a Judas, el Destino le tenía reservada una pena mucho más cruel.

Acabé convertido en trovador proscrito sin audiencia ni sapiencia, de esos que roban folios de cualquier hotel para emborronarlos con tinta de uvas garnachas, condenado de por vida a malvender mis infames historias a tres reales la cuartilla sin perspectivas de redención ni éxito.

traicion III

De modo que, estimado lector, si acaso los vientos del mañana depositaran este cuento en tus manos, ten a bien juzgarlo con misericordia y sopesar con justa mesura los atenuantes de mis penas. Y en cuanto a vosotros, audiencia anónima, sabed que este juego que algunos llaman vida no es sino una partida de cartas jugadas por dioses sin sentido del humor, a los que el azar les ha dado más poder del que debiera.

Y, si al final de esta historia, no he sido capaz de haceros hallarle sentido ni moraleja, dejadme al menos que os regale un consejo que llevo tatuado en mi pecho, muy cerca del lugar donde una vez hubo un corazón que latía: llevad cuidado con lo que deseáis, no sea que acabe por cumplirse.

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