Un Regalo para San Valentín

Kurt avanzó por la atestada avenida haciendo caso omiso a la muchedumbre que le rodeaba. A esa hora ya eran centenares los vecinos que desfilaban rumbo al sur, como lemings camino al patíbulo. Solo él caminaba contra sentido. De vez en cuando, alguna explosión en las calles laterales a la avenida alteraba su paso, pero enseguida se recomponía y retomaba el camino. En una ocasión, el silbido de una bala pasó tan cerca de su sien izquierda que sospechó haber estado realmente cerca de perder del todo la cabeza. Pero aquello no era algo que fuera a quitarle el sueño a Kurt a estas alturas.

Sus pies se deslizaban inseguros sobre la calzada esquivando escombros y desechos. Elevó la mirada hacia el final de la avenida y apenas pudo distinguir en la lejanía las viejas torres de ladrillo rojo del Instituto Hudson.

Por lo visto, el edificio aún se mantenía en pie relativamente intacto, en contraste con el resto de la ciudad. De hecho, en su trayecto se había cruzado con docenas de edificios incendiados. Probablemente, sus estructuras arderían hasta los cimientos sin que nadie hiciera nada por evitarlo. En su interior, estufas y conducciones del gas estallaban ocasionalmente, elevando hongos de fuego azul hasta las alturas.

La gasolinera de Mark Fedder había sido arrasada a primera hora de la mañana por un errático camión de doble eje y, desde entonces, sus surtidores se habían transformado en gigantescos sopletes que escupían carburante a la atmósfera. Toda la ciudad, cubierta por el denso humo negro, se había echado a perder en menos de un día, siguiendo los pasos del resto de la humanidad.

Sin saber muy bien por qué, Kurt avanzaba a buen ritmo, poniendo buen cuidado en no detenerse en mitad de la calle. Con gesto inexpresivo, apretó sus pasos asegurándose que nadie viera lo que llevaba oculto bajo el sucio mono de trabajo. Evitaba mirar a nadie a la cara ni interponerse en sus trayectorias, por pura precaución. Por lo general no se atacaban entre ellos, pero algunas manzanas antes había visto a dos grupos numerosos, cuyos caminos se habían cruzado por azar en  una intersección, enzarzarse en una feroz pelea en la que no hubieron supervivientes.

Unos metros delante suya surgió un Oldsmobile a gran velocidad, arrollando a cuantos se pusieron en su camino. Por un momento, su conductor tuvo la esperanza de poder escapar de aquel infierno. Pero en pocos segundos, los cuerpos amontonados frente al parabrisas le impidieron la visión hasta hacerle chocar contra la fachada de una tienda de ropa. En un abrir y cerrar de ojos, decenas de brazos se abalanzaron sobre él. Desde su situación, Kurt no pudo ver qué sucedía con su dueño, pero no tenía ninguna duda sobre la suerte que le esperaba. Cinco minutos después, la turba se apartó dejando sobre la acera los restos desmembrados del conductor, para retomar su muda migración hacia el sur.

Según se acercaba al Instituto, la calle se fue despejando. La gran mayoría de habitantes de la ciudad estaba concentrándose en el Parque Kennedy, donde en estos momentos se desataba una sangrienta batalla contra las pocas fuerzas que quedaban en pie de la Guardia Nacional. Poco a poco, el sonido de los disparos y las granadas se fue distanciando. Difícilmente los soldados resistirían el asedio un par de horas más; la población residente les cuadruplicaba en número y, rodeados y abandonados a su suerte, poco les quedaba hacer más que no dejarse cazar vivos. Las armas de fuego resultaban del todo inútiles frente a los contaminados, tal y como anunciaran las emisoras de radio durante las primeras horas del brote antes que cesaran todas las emisiones. No tenían salvación posible.

zombie

Los ojos de Kurt se clavaron en la cuarta ventana del primer piso del Instituto. El frío viento de febrero balanceaba hacia el exterior las cortinas del aula, arrastrando a su paso algunos copos de nieve. A pie de las escaleras no se podía ver mucho más, pero no parecía que hubiera más movimiento en su interior. Su mirada vacua se dirigió hacia los escalones que surgían frente a él. Inclinó levemente la cabeza, imitando al gesto del tigre que estudia cómo atacar a la gacela que tiene frente a él. Arrastró los pies hasta el primer escalón y se detuvo ante él, indeciso. Sus manos colgaban inertes a los flancos de su desgarbada figura y, con su peso, parecían encorvar más aún su ancha espalda.

Tras meditar largo rato el problema, empujó un pie hasta dar con el escalón y empujó hacia delante. La escalera no se movió del sitio, como era de prever, pero el pie continuó haciendo presión contra su superficie. De su garganta comenzaron a surgir gruñidos de rabia y frustración, entre la espuma de saliva que resbalaba de su labio inferior. Finalmente, la fricción del pie contra el escalón lo hizo resbalar hacia arriba hasta situarlo sobre la base del primer escalón. Kurt observó aquel movimiento con descuidada curiosidad. Indeciso, empujó también hacia arriba su pie izquierdo y, en un instante, se encontró plenamente subido en el primer peldaño de la escalera. Los restos que quedaban de la Humanidad habían dado un gran avance hacia su futuro.

No hacía ni diez meses desde que Kurt abandonara aquel instituto,pero cuando cruzó su entrada principal esa tarde era como si lo hiciera por primera vez. La gruesa puerta yacía en el suelo arrancada de sus goznes. En el pasillo central, cadáveres y restos de libros se amontonaban por doquier. Alguien había usado la sangre de una víctima para escribir en las paredes ¿A qué sabían las tripas del conejo blanco, dulce Alicia?, con la caligrafía de un niño de cinco años. A su paso, las aulas abiertas mostraban un dantesco espectáculo sobre la carnicería que se había librado allí dentro ese mismo día después del pulso electromagnético que terminara con nuestro mundo.

Kurt ignoró aquel maremagnum y dejó que su instinto animal guiara sus pasos. Ignoró el estandarte del colegio que había sido arrancado del podio y quemado en un rincón; ignoró en una de las taquillas situadas al pie de la escalera la cabeza cercenada del director Dillinger, hábilmente colocada sobre el mono de peluche que una vez fuera mascota del equipo de baloncesto del instituto; ignoró el cartel rosa con forma de un corazón atravesado por una saeta que colgaba en mitad del pasillo para desear un feliz día de San Valentín a todos los alumnos. Ignoró todas aquellas cosas que habían dejado de tener sentido para él.

No sabía cuál era el impulso que le había movido hasta allí ni el origen del desasosiego que le inundaba pero una extraña fuerza interior movía sus pasos como si fuera un autómata. Lo poco que quedaba de su mente estaba trabajosamente concentrado en avanzar sin perder el equilibrio ni hacerse pregunta alguna.

Al llegar al primer piso, descubrió que estaba bastante más despejado. Era evidente que la peor parte de la batalla se había disputado en el piso inferior. Se detuvo en mitad del pasillo y escuchó atentamente; sólo el viento helado sonó entre los muros abandonados. Un escalofrío inerte le recorrió el espinazo.

Avanzó con grandes zancadas hasta la puerta del cuarto aula, sujetó el pomo con ambas manos y concentró toda su energía en abrirla. El cerrojo crujió lastimosamente, pero resistió el esfuerzo. Forcejeó con la cerradura, pero estaba claro que la puerta había sido sólidamente cerrada desde dentro. Instintivamente, Kurt retrocedió varios pasos y cargó contra la puerta con el hombro; al primer impacto, la puerta cedió y dio con sus huesos contra el suelo del aula.

Kurt se incorporó pesadamente y miró a su alrededor. En un primer momento, sus ojos no hallaron nada en su interior. Angustiado, fue levantando una a una todas las sillas que yacían desparramadas por el suelo. En un rincón encontró los restos sin vida de dos jóvenes; alguien les había desgarrado sus gargantas a mordiscos. Los apartó y reinició la búsqueda desesperadamente. Fue entonces cuando escuchó el suave gemido proveniente de debajo de una pila de muebles amontonados. Kurt se abalanzó sobre ellos y los fue retirando bruscamente uno a uno. Debajo de un montón de sillas, surgió ante él la mesa de despacho de Miss Harper. Kurt se agachó y miró bajo de la mesa; en la oscuridad, dos ojos rojos le observaron silenciosamente.

Kurt tendió su mano y Lindsay se la tomó. Cuando salió de su escondite, sus ojos desencajados quedaron fijos en los del joven. Frente a frente, los dos amantes se miraron sin reconocerse. Sus cerebros, fundidos por el efecto de la infección desatada por el pulso, eran incapaces de bucear en su memoria. Y sin embargo, aún eran capaces de percibir algo; apenas una lumbre entre las cenizas casi apagadas, una débil luz al fondo del túnel; tal vez fuera un algo extremadamente frágil, pero resultó suficiente para mantener un primitivo nexo entre ambos.

Ella alargó el brazo y las yemas de sus dedos acariciaron las mejillas de Kurt. Asombrada, las retiró cuando percibió la humedad acuosa que descendía de sus ojos. Lo observó con la cabeza inclinada. Sus largos cabellos rubios, que una vez fueran la envidia de sus compañeras de instituto, se balancearon por el peso de los restos del festín que se había dado con los cadáveres de sus antiguos compañeros  de clase. Trozos de masa cerebral asomaban en su cuello y en la comisura de los labios. Lindsay necesitaba entender, contra todo pronóstico, por muy difícil que le resultara. Sus ojos vacíos se entornaron por el esfuerzo, pero resultó en vano.

Kurt la miró con la intensidad con la que las fieras miran a sus congéneres; lentamente, abrió la cremallera de su mono ensangrentado y dejó al descubierto su pecho. En el centro del mismo había un profundo corte que lo recorría transversalmente. Kurt introdujo su mano derecha en la hendidura sin dejar de mirarla a los ojos. Sus manos temblorosas escarbaron en las profundidades de la herida; mientras rebuscaba entre sus entrañas, un sonido viscoso surgió de su pecho acompañado de un burbujeo sanguinolento. Finalmente, Kurt encontró lo que buscaba. Dio un fuerte tirón y extrajo la mano cerrada del interior de su pecho. En su puño, algo palpitaba con fuerza. Finos hilillos de vapor caliente ascendían hacia la helada atmósfera invernal. Un sonido rítmico inundó inmediatamente la habitación.

Kurt alargó el brazo y tendió el órgano palpitante hacia Lindsay con un esbozo de sonrisa enigmática dibujado en sus labios morados. Ella lo cogió entre sus manos con sumo cuidado; gruesas lágrimas de sangre brotaron de sus ojos. Cariñosamente, lo acercó hasta su seno y en ese momento, de forma inconsciente, murmuró algo. Ningún oído humano hubiera sido capaz de entender el sentido de sus palabras. Al fin y al cabo, se supone que los zombies no hablan. Y mucho menos dan las gracias. Tal vez, después de todo, la humanidad no estuviera absolutamente perdida.

apocalipsis

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