Tenemos que hablar

Dicho en boca de Marta, aquello sonaba a cruel ironía; si algo sobraba en su vida de pareja, eran palabras. Demasiadas conversaciones, demasiadas llamadas, demasiadas confidencias, demasiadas confesiones, demasiados debates finiquitados con portazos. Adrián tragó saliva y admitió cabizbajo la obviedad. – Hablemos, pues – dijo, mientras se sentaba en su sillón favorito, ya cubierto con sábanas blancas.

Frente a él, Marta se sentó sobre sus talones en el gran sofá marrón. Por unos minutos, que parecieron alargarse hasta la eternidad, nadie se atrevió a iniciar la conversación. Ambos sabían que, una vez empezaran a hablar, solo había un desenlace posible. Así que, simplemente, guardaron silencio. Y al hacerlo, paladearon, quizás por última vez, el regusto amargo de sus últimos instantes juntos.

Adrián hizo un esfuerzo sobrehumano para dejar de apretarse las manos hasta dejarse marcas blancas en la piel. Tomó un cigarrillo del paquete. Le ofreció otro a Marta. Ella lo rechazó sin mirarle a los ojos. El humo del cigarrillo se deslizó sobre ellos y cubrió el cielo del salón con nubarrones que anunciaban galerna.

Marta levantó lentamente la mirada. Lo que fuera que había en la alfombra que le había parecido tan interesante hasta ahora, acababa de perder todo su interés. En su lugar, un sonido familiar había captado su atención. Clavó su mirada en el rostro de Adrián y halló lo que más temía encontrar; un par de lágrimas orgullosas rodaban furtivamente por sus mejillas, pese a su vano intento masculino por ocultar sus verdaderos sentimientos. Marta sintió que algo se quebraba en su pecho, haciendo añicos la firme voluntad que minutos antes creía poseer.

Adrián aspiró fuertemente y se pasó el canto de las palmas de sus manos por sus ojos en un gesto de absurdo de arrogancia. Y entonces la miró, por primera vez en una eternidad. Los ojos de Marta tambien se habían sumergido ya en un lago de melancolía desesperada. Los reproches que escondía en su zurrón parecían yacer en el fondo de las aguas quietas, oscuras como la noche más profunda.

A un mismo tiempo, ambos abrieron la boca pero ninguna frase pudo brotar de sus gargantas. El nudo gordiano que las estrechaba se lo impedía, terco en su inercia de vida autodestructiva. Marta enarcó una ceja en señal de cortés cesión de la palabra, un regalo envenenado que Adrián desestimó con un encogimiento de hombros. Sus miradas se enredaron en un manojo de preguntas nunca antes formuladas. Los secretos escondidos debajo de la alfombra pugnaban por salir, por mucho que no brotaran las palabras.

Tenemos que hablar, pensó Marta. Tenemos mucho de que hablar.

Cortesía de Verónica R. (Teirod)

Cortesía de Verónica R. (Teirod)

La tarde se rompió en mil pedazos cuando el teléfono estalló en un apocalipsis de sonidos desgarrados. Adrián miró a Marta. Marta miró a Adrián. Adrián dibujó una interrogación con sus hombros. Marta respondió pintándose la cara de duda. Adrián la suplicó con la mirada. Marta suspiró pesadamente y volvió a bajar la vista. Cuando volvió a levantarla, un esbozo de sonrisa reconciliadora se había perfilado en sus labios. Adrián abrió los ojos, asombrado por la respuesta. Su boca exhaló sordamente un te quiero. Saltó del sillón y tomó el teléfono del soporte.

En el último segundo, se giró hacia Marta. Buscó en su alma una respuesta definitiva. Ella asintió con la cabeza y le guiñó suavemente un ojo. La voz de Adrián difícilmente era capaz de contener toda la felicidad que se había desparramado sobre su aliviada conciencia cuando contestó – ¿digame? Sí, ahora se pone. Marta, es para tí – le dijo con suma dulzura.

Marta se levantó despacio apoyando sus manos sobre sus rodillas. Se estiró delicadamente y se dirigió hacia el teléfono levitando sobre el suelo. Al cruzarse, sus hombros se rozaron apenas un instante y una descarga eléctrica sacudió sus cuerpos. Marta tomó el teléfono, que yacía apoyado de costado sobre la mesita de caoba, se lo llevó al oído y, después de tomar aire contestó – Sí, soy Marta. Creo que tenemos que hablar…

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