Carta abierta a los acaparadores de papel higiénico

A tí, estimado señor o señora acaparador de papel higiénico, que te confabulas para atracar el supermercado armado con carros de la compra, dispuesto a arrasar con toda la sección de celulosa, que devastas el lineal del arroz con más ansia que una plaga bíblica de langostas, que te juegas una desviación de columna de tanto acarrear botes de tomate frito como si no hubiera mañana, que metes en tu cesta todas las barras de pan que encuentras a tu paso en la tienda de la esquina.

Y a los que son como tú.

A todos los que desoyen la advertencia de quedarse en casa para que no se propague el maldito coronavirus y, en su lugar, deciden tomarse un agradable día de picnic en el parque por donde mañana podrían pasar niños o ancianos.

A los que confunden confinamiento domiciliario con descanso vacacional en la playa, y viajan dispuestos a pasar una temporadita ni tan mal en su casa de verano, con el consiguiente riesgo de propagar la enfermedad en áreas donde el virus no está (aún tan extendido).

A los que exponen innecesariamente a sus empleados obligándoles a trabajar de cara al público en negocios que perfectamente podrían ser realizados de forma telemática o a distancia.

A los que se ríen de la alarma general, de las desesperadas advertencias de los gestores públicos, de los muertos que se acumulan en las morgues sin derecho a velatorio, del agotamiento de los profesionales sanitarios que se juegan la vida por nosotros, y hacen caso omiso de las indicaciones y se van de fiesta o de botellón, poniendo en juego su vida, la de los otros imprudentes que les rodean y la de los médicos que tendrán que salvarles el culo mañana de su imprudente tendencia suicida.

Permíteme que te diga que, afortunadamente, no todos somos como tú.

También hay personas que han decidido voluntariamente quedarse en casa cumpliendo y respetando las advertencias, y cortando de este modo, el riesgo de la propagación, mientras tú te descojonas en la última terraza que queda abierta, sin importarte una mierda si te contagias o contagias a los camareros que te soportan.

Hay personas que, ante un llamamiento, han dejado en menos de 24 horas más de 4.000 donaciones de sangre en los hospitales que lo requerían, asumiendo el riesgo de contagio, mientras tu acumulabas rollos de papel perfumado de doble capa.

Hay personas que están dándole al tarro para promover iniciativas de entretenimiento en el hogar para que los peques de los demás aprendan y no se aburran estos días de encierro en su casa, mientras tú viajabas a Cullera, a Denia o a La Manga sin pensar en nada más que en tu propio bienestar.

También hay personas que ofrecen su ayuda desinteresada a sus vecinos más mayores, de los que ni siquiera conocen su nombre, ofreciéndose a hacerles la compra o las gestiones que necesiten, mientras tu vigilas celosamente que esa empleada que convive con su anciana madre no pierda ni una hora de trabajo en tu oficina.

O, simplemente, hay personas que fueron a comprar y solo se llevaron los productos que necesitaban para su consumo para unos días, dejando productos para el resto de compradores y confiando que con su compra responsable no colaborarían en el desabastecimiento de las tiendas y a sembrar el caos y el pánico.

Porque es en situaciones extremas como estas cuando las máscaras se nos caen y mostramos a los demás el verdadero valor humano que llevamos dentro. Sin trampa ni cartón ni poses ni filtros.

Y así, al quedar descubiertos, como tal seremos juzgados por los que nos rodean. Si tu tienes la desgracia de ser como los primeros seres que he escrito, si te has sentido aludido por el titular de este post, si alguna de las deleznable situaciones que he descrito coincide con tu comportamiento estos días, solo puedo desearte una cosa:

Si alguna vez necesitas ayuda, ojalá nunca te encuentres a nadie como tú. Te podría devolver el favor con tu misma egoísta moneda con la que tu pagas al mundo que te rodea.

Piénsalo. Aún puedes cambiar. Por los demás, por los tuyos, por ti mismo.

Y si, a pesar de todo, decides no hacerlo, siempre puedes usar todo ese papel higiénico que tienes acumulado para aplicarlo sobre ti mismo, limpiando del culo del mundo la inmundicia que eres.

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