Pensar, lo que se dice pensar

Hace unos días oía una gran frase en boca de alguien de quien, todo sea dicho, no esperaba demasiados milagros intelectuales. Decía algo así:

“Todos somos dueños de nuestro silencio y esclavos de nuestras palabras”

Tampoco es cuestión de tirar cohetes; al fin y al cabo, dicen que si pones a un mono delante de una máquina de escribir durante un millón de años, antes o después acabará escribiendo el Quijote… En cualquier caso, no me hago ilusiones; la frase no es suya, como era de esperar. Aunque eso no quite, por mucho que me duela, que sea una gran frase.

Después de escucharla se me encendió una bombilla (imaginaria, se entiende) en la frente; aquella frase bien merecía un post. Uns segundo después se me encendía una segunda bombilla. Ante tal despilfarro energético, me enfrenté a una encrucijada sobre cómo encaminar mi reflexión. Las dos opciones eran:

  1. De cómo algunas personas llegan a hacer una carrera – e incluso brillar en la vida – usando ideas y frases ajenas
  2. De cómo a veces hablamos más de la cuenta hasta acabar haciéndonos daño con nuestras propias palabras.

Curioso dilema. Mas aún cuando el tema caliente de estos días es la demanda interpuesta – y luego retirada – por una cadena de televisión contra un bloguero por incentivar boicots a diestro y siniestro. Y eso que la bromita le salió muy bien porque de la noche a la mañana pasó de ser un don nadie a un don nadie muy demandado en conferencias, seminarios, bautizos y comuniones.

El problema lo podría haber tenido si su señoría no hubiera compartido ese extraño sentido del humor consistente en promover la censura como deporte nacional. En fin, es la clases de cosas que pasan cuando un aficionado se mete a jugar en la liga de los mayores pensando que no hace falta nada más que una cohorte de fans bien pensados o pagados. Ya sabéis: Muéstrame a un desesperado una causa, un enemigo real o imaginario, una bandera, un himno y tendrás un soldado lobotomizado. Pues eso. Lo malo del caso es que, al final, se ha salido de rositas pero, como decía mi abuelo, los niños no deben jugar con fuego si no quieren hacerse pipí en la cama. O algo peor.

Lo mas curioso de este caso es que sospecho que aúna ambos temas sobre los que quería escribir: alguien que se hace daño con sus palabras por usar ideas que huelen como a ajenas, como bien dictadas y pagadas. No digo que lo sean, es sólo una hipótesis no contrastada pero, dado el tufo que envuelve al asunto, se oye demasiado rumor de fondo como para que no haya un río… Como siempre pasa en este santo país, la verdad la dejamos para otro día, que tampoco nos urge tanto…

Cambiando de tema, que este aburre ya bastante, creo que voy a decantarme por la opción primera.

Siempre he sido muy de la opinión de que uno debe aprender de quien más sabe, sea por la experiencia que los años da o por tener mayor hábito a darle al coco que un servidor, lo que en mi caso tampoco es pedir mucho. Nada mas estúpido que pensar que ya lo sabes todo en esta vida. Los mas grandes sabios, en su lecho de muerte, sólo lamentaron no tener mas tiempo para aprender más.

ver oir callarPero hay una gran diferencia entre aprender del conocimiento ajeno a que el único conocimiento que pase entre nuestras cejas pertenezca al prójimo. Y no estamos hablando ya de usar citas y expresiones de otros que tan de moda está ahora en las redes sociales sino de tener, aunque sea muy de vez en cuando, una idea propia original. Aunque sólo sea una para demostrar que existe vida en la zona gris, por favor.

Todos conocemos a gente que se ha labrado carreras, en algunos casos con mucho éxito, haciendo de su historial un collage de ideas, pensamientos, estrategias y metodologías ajenas. No es que hayan aprendido de sus maestros, es que los han calcado. Cero thinking. Coger, aplicar, ejecutar; nunca pensar. Perpetuamos las ideas, mantenemos el status quo, apostamos sobre seguro, delegamos responsabilidades, no hay derechos de autor.

Pero sin una reflexión sobre la validez de la idea, sobre el argumento que hay detrás de ella, sobre el razonamiento que lleva a crearla, es muy difícil interiorizarla y más aún pensar en cómo mejorarla. No siempre hay un traje en nuestro armario – o en el mercado – adecuado para la fiesta a la que estamos invitados; a veces no queda mas remedio que coger aguja, hilo y retales y crear algo original. Incluso aunque sea a costa de retales ajenos.

Es en esas situaciones donde se nos ve los pelos de la barba, donde se demuestra la valía de los buenos profesionales, donde crecemos, evolucionamos y nos multiplicamos – si nos dejan – . En otras palabras, cuando conseguimos progresar. O donde se nos ve el plumero y dejamos al descubierto nuestras limitaciones profesionales.

No espero milagros a estas alturas, el atocinamiento nos va cantidad. Basta con revisar los últimos resultados electorales, la audiencia televisiva, los perfiles mas seguidos o los periódicos mas leídos y tendremos sobradas pruebas de ello. Hay talento o no lo hay; no hay medias tintas. Hoy se lleva la virginidad ideológica-intectualoide. Pero duele ver cuántos cerebros se tiran a la basura sin haberse usado nunca. Y cuánto tongo hay dispuesto a aplaudirles y elevarlos a la altura de líderes de opinión. En el reino de los tuertos, Stevie Wonder es el puto amo. Y los demás, a vender cupones.

Con la boca cerrada no entran moscas. Una gran verdad. Mas vale parecer tonto y callar, que abrir la boca y salir de dudas definitivamente. De acuerdo. Aunque al final, ¿qué hay detrás de esto? Cobardía o ignorancia. Cambiemos nuestro lema:

“Todos somos dueños de nuestra cobardía y esclavos de nuestra estupidez”

Porque en realidad, hay un paso muy pequeño entre ser cobarde y ser idiota. Por eso algunos idiotas cometen la valentía de meter la pata hasta el fondo en una plasta de perro. Yo prefiero que salgan de dudas y nos dejen claro lo que de verdad valen, para que sepamos quien realmente sirve y quien es polvo entre la paja. O para que descubramos a gente que ni en sueños podríamos sospechar que sí sirven si se dan la oportunidad de pensar por sí mismos.

Steve Jobs dijo una vez “sólo las personas lo suficientemente locas como para pensar que pueden cambiar el mundo son las que lo cambian“. No se puede cambiar el mundo siendo un cobarde, no tomando decisiones, sin arriesgarse, sin apostar por hacer las cosas de un modo diferente. Aunque bien pensado, Steve estaba como una cabra y ahora anda criando malvas, mientras que nosotros seguimos respirando; los cementerios andan llenos de bocazas valientes. Así que ¿no sería mejor dejarlo así?

“Todos somos dueños de nuestra libertad y esclavos de nuestras decisiones”.

¡Uff!, no se vosotros, pero a mí me da yuyu verlo así… No se yo si hemos salido ganando con el cambio. Al fin y al cabo, ya sabéis que no es lo mismo preguntar por el responsable de algo que por el culpable de algo. De un boicot, sin ir mas lejos…

Yo, como ando siempre pelado, prefiero no ser dueño de nada, ni de mi silencio, no sea que mañana le carguen un impuesto a eso también. Y como me siento y considero libre, no me hago responsable de mis propias palabras, que luego todo se sabe.

Digo.

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