La democracia no es daltónica, dialogar no es hablar

Mi mano derecha me pertenece. No me consta que tenga ninguna intención de tomar las de Villadiego. Ni encuentro razón lógica para que así fuera. Pero aunque lo pretendiera, mi mano se queda donde siempre ha estado; al final de mi brazo derecho. Tengo razones de peso para ello:

  1. Mi mano siempre ha pertenecido a mi cuerpo, desde antes de que naciera. Luego no hay lugar para que decidiera constituirse en un cuerpo por sí misma.
  2. Necesito a mi mano tanto como ella me necesita a mí. Ninguno de los dos podemos vivir el uno sin el otro.
  3. Lo que desee mi mano, tiene que estar en sincronía con lo que quiera mi otra mano, mis piernas, el resto de mi cuerpo. Porque forma parte de un todo que le supera; yo.
  4. Por mucho que todos los dedos de mi mano derecha estuvieran de acuerdo con la decisión de mi mano – y no es así, porque tres de ellos jamás querrían separarse de mí – ni aún así tendría potestad de separarse de mi cuerpo. O todo o nada. No se puede ser una mano separada que ande tres palmos alejada de mi cuerpo, se alimente de él pero actúe como le viene en ganas. No se puede ser casi manco; o se es o no se es, no hay medias tintas.
  5. Lo que haga o deje de hacer mi mano lo decide mi cerebro. Estas son las normas del juego desde que nací y mi mano, por el mero hecho de nacer con el resto de mi cuerpo, tiene que respetarlo y seguir su mandato.

Quién sabe si algún día mi mano y yo decidimos separar nuestros caminos. Si es así, mi pierna izquierda pisará la muñeca de mi brazo derecho, mi mano izquierda enarbolará un hacha y mi cerebro dará orden a todo mi cuerpo para que se prepare para el dolor pero no hará nada para impedir la cruel amputación.

Pero mientras tanto, mi mano se queda donde está, donde siempre ha estado, donde tiene sentido que esté. Y donde la mayoría de mi mano y de mí desea que esté y siga estando. Tan sencillo como esto. ¿Es injusto? ¿Soy cruel por ello? ¿Soy un auto-opresor por no querer amputarme la mano? Ya te digo yo que no. Porque la realidad es la que es, está por encima de lo que tu y yo opinemos. Y va a seguir siéndolo digamos, pensemos o hagamos lo que queramos. Nuestra verdad no nos pertenece. Está muy por encima de la pequeñez de las personas que la componemos. Y no se puede esconder, disfrazar u ocultar. Es demasiado grande y luminosa para ello.

Esta semana tomé una decisión difícil: aparcar Facebook por un tiempo. Para alguien que vive y que pasa horas diariamente en el caralibro os aseguro que es algo complicado, casi como desengancharse de una droga dura, como los torreznos y el vermut delos domingos. Pero tenía un motivo razonable para actuar así.

He tratado inútilmente de mantenerme apartado del debate público que existe en torno a la situación causada por la intención del Govern de Cataluña de independizarse de España. Lo he hecho por miedo a las represalias que pudiera sufrir, por respeto a mis amigos, que los tengo de todas las perspectivas políticas posibles, pero sobre todo lo he hecho por mí.

Por momentos, me he sentido incapaz de mantenerme en una postura racional, comprensiva con las opiniones distintas a la mía, una postura abierta al diálogo y al entendimiento. Y no quería jugar al hipócrita juego de la equidistancia cuando está claro que todos tenemos una opinión formada y una posición constituida en torno a este espinoso asunto.

Para mí, es muy importante hacer un esfuerzo por entender siempre las opiniones ajenas. Especialmente las que discrepan de la mía. Entender y dialogar solo con los que piensan como tú es un ejercicio de necedad supina, porque nada se puede aprender de un monólogo, solo a un montón de monos dándose la razón de modo condescendiente mientras piensan lo estúpidos que son los que piensan de modo distinto. Yo no soy así; me niego a ser así.

Pero tampoco me sentía con fuerzas de razonar con quienes defecan sobre los principios en los que se basa la convivencia democrática: el ejercicio de las mayorías, la pleitesía a las reglas y las normas que regulan la sociedad, el ejercicio libre de la alternancia política, los derechos fundamentales de expresión y opinión y el respeto a las instituciones que permiten que podamos ser libres de pensar como queremos.

 

Es hora de romper el muro del silencio

Hoy he decidido romper con mi voto voluntario de silencio. Este fin de semana han sucedido dos cosas que me han animado a desatarme la lengua y volver no solo a leer todo tipo de opiniones sino a por primera vez expresar públicamente la mía, que vale tanto como la de cualquier otro.

La primera de estas razones es la constatación es que hay un cuerpo, que se llama España, que se siente cómoda con lo que es y se expresa libremente, orgullosa de ser como es, plural, serena y democrática. Definitivamente, parece que no todo el mundo ha perdido el sentido común. Seguimos siendo muchos, la inmensa mayoría, los que queremos que lo que hemos construido con tanto sudor, sangre y esfuerzo entre todos, siga siendo nuestro, siga siendo como hemos querido que sea.

El cuerpo y la mano, o al menos la inmensa mayoría de la mano, son y quieren seguir siendo un todo. Y lo que opine el dedo medio cuando los demás se callan y se recogen no deja de ser más que una grosera excepción dentro de una totalidad que le supera y le pide respeto. Es la España que defiendo, que amo y de la que me siento orgulloso. Que siempre está cuando se la necesita y que está muy por encima de los politicuchos que nos dirigen y que se empeñan sistemáticamente en no estar a la altura de las circunstancias, con muy salvadas y notables excepciones.

La segunda razón son los peligros, así, en plural. El peligro a quedarse callado y dejar que los que quieren tomar una decisión unilateral en Cataluña sin el consentimiento del resto de los catalanes y de España se salgan con la suya. El peligro de la dictadura de los que piensan que gritando más e imponiendo el miedo a sus vecinos van a imponer su criterio sectario. El peligro de los que se dejan engañar por los sediciosos y creen las mentiras que se han inculcado hasta hacerlas suyas. El peligro del adoctrinamiento sectario entre unos jóvenes y no tan jóvenes que solo creen en la única verdad, parcialista y perversa, que les han metido hasta en la sopa. El peligro frente al que han dado la cara y se han manifestado abierta y alegremente hoy un millón de catalanes de todo signo político.

Pero hay más peligros, tan dañinos o más que el que afrontamos como prioritario, el del golpe de estado de los traidores miembros del Govern catalán, que buscan enriquecerse a costa del mal de los ciudadanos a los que deberían gobernar de forma honesta y dentro de la ley que les ampara y que les ha permitido tener el poder.

Me refiero al peligro de los buenistas. Los que aprovechan el río revuelto para reinventarse un status quo que ni ellos mismos se creen. Porque alzar una bandera blanca es posicionarse en contra del sistema en el que vives. Es vomitar sobre el estado que te permite alzar una bandera, sea del color que sea, sin que acabes fusilado ante un paredón. Alzar una bandera blanca es negar a España, el país donde naciste o que te acogió, la patria de Velázquez, de Cervantes, de Goya, de Santa Teresa de Ávila, de Ortega y Gasset, de Ramón y Cajal, de Mortadelo y Filemón, de Rafa Nadal, de Severo Ochoa, de Cela, de Miguel Indurain, de Miguel Hernández, de Chillida, de Pau Gasol, de Pablo Picasso, de Superlópez.

Alzar una bandera blanca es renunciar a tus raíces y a todo por lo que lucharon y murieron tus abuelos. Porque ellos se enfrentaron entre sí por defender dos ideales opuestos que, en el fondo, no eran sino dos formas de ver España. Pero nunca renegaron de sus adentros ni sus orígenes. Al menos en eso que no en ninguna otra cosa, tomemos su ejemplo y hagamos que su sufrimiento no sea en vano.

Si para jugar a la democracia tengo que esconder el color de mi bandera, prefiero darme mus.  Me quedo con la gente que acoge e integra, la que hoy sonreía y abría los brazos. Los que ayer y hoy alzaron las banderas española, catalana y europea, en un esfuerzo por hermanarlas y sembrar la concordia. Me entristezco por los que reniegan de las banderas, los que dicen que no les representa bandera o nación alguna. No creo que haya nada más triste que ser un paria, un apátrida, un descastado, no tener un hogar del que sentirte orgulloso ni unos valores con los que sentirte identificado. Aunque no puedo dejar de sospechar que, en su foro interno, lo único que lamentan la mayoría de ellos es la falta de morado en las faldas de las banderas que defenestran y repudian.

Por supuesto, me preocupa el peligro de los que claman por un diálogo que no se a ciencia cierta si es ni siquiera planteable a estas alturas. Porque estos no son tiempos de tonalidades de gris. El daltonismo no casa con la democracia. Hay ocasiones en las que toca mojarse. Hay líneas rojas. Hay blancos y negros. Y obviar esta realidad es muy peligroso. Sentarse a dialogar con alguien que tiene muy claro que quiere separarse de España, que quiere irse de tu cuerpo, no es factible ni planteable. Y hasta el momento no existe ningún indicio de que éstos estén dispuestos a renunciar a su argumentación unilateral, ilegal, ilegítima e irresponsable.

Diálogo sí, pero sobre unas bases. Diálogo sí, pero bajo las reglas del juego constitucionales y democráticas. Diálogo siempre, pero sabiendo dónde están los límites. Ahora y siempre. No valen las treguas, no valen las pausas. Para que la comunicación exista debe haber un código, un sistema y una norma comunes que la regule. Esa norma ya está pactada y refrendada por todos los españoles. Se llama Constitución. Y no se puede saltar a la torera. Es inquebrantable. Sin ella, no hay diálogo que valga.

Me pregunto sobre qué quieren que se hable los que piden diálogo, cuando uno de los interlocutores ha dejado muy claro que no admite más verdad que la suya, que la independencia. ¿Es tan difícil de entender que así no hay diálogo posible, que no hay margen para negociar? ¿De qué pretenden que se hable, cuando uno de los dos no quiere hablar? Es muy bello llenarse la boca con una palabra tan noble, pero la realidad no impide que el sabor final sea el amargo del fracaso de todo acuerdo.

Este es el verdadero peligro de los buenistas, de los equidistantes y los cobardes que citan a Rajoy y a Puigdemont en la misma frase, que no pueden dejar al lado su partidismo político en detrimento del bien general, cuando el único que debe dar su brazo a torcer y ceder en su postura es el que está violando las leyes y la unidad de España. Este presidente del gobierno ni es santo ni cuenta con mi devoción (ni mi voto). Pero representa la única postura que es legítima en este conflicto y a la opinión de los demócratas. Los que aceptamos este juego solo podemos estar en estos tiempos difíciles unilateralmente con quien encabeza la institución que nos representa a todos y aparcar por un momento nuestras filias políticas, como están haciendo hombres de estado y estadistas que se enfrentaron políticamente a su partido pero a quienes su visión de estado les lleva a moverse en pos del bien general.

Si no te gusta, ya habrán nuevas elecciones para que te expreses. Pero hoy y aquí, ponerlo a la altura de un traidor secesionista y agitar banderas vacías es darle alas a los que quieren romper con lo establecido y causar una herida mortal a nuestra sociedad.

Y por último, me preocupa el peligro silencioso de las hienas que siempre están detrás de cualquier carroña que amenace a los españoles. Podemos ha demostrado una vez más que son el fiel instigador de cualquier virus que ataque a España. Se pusieron a favor del terrorismo vasco. Se posicionan a favor de la dictadura bolivariana. Se ponen de parte de los secesionistas e independentistas catalanes. Se manifiestan a favor del radicalismo islámico. Lo que sea, con quien sea, como sea, con tal de perjudicar a España. No hay amenaza reciente que este país no haya sufrido en la que Podemos no se haya posicionado a favor de quienes quieren socavar nuestra integridad.

La democracia tal y como la entendemos, la libertad de opinión, reunión, expresión, asociación, de prensa, la igualdad ante la ley sin discriminación de género, religión o ideología, el respeto a la vida, la integridad de España, la soberanía del pueblo, la alternancia política, la separación de poderes y el ejercicio del orden público a través de las fuerzas de seguridad del estado son sus enemigos naturales y hacen todo lo posible por socavarlos y combatirlos.

Insultan por igual a izquierda y derecha, mientras siguen participando activamente en cualquier actividad que socave la convivencia entre los españoles, alentados por los desalentados y los que han perdido ya toda esperanza, los que han decidido romper la baraja y vivir al margen de la convivencia pacífica y democrática o simplemente los que no dan para más que para seguir caudillos baratos sin pararse a cuestionar la ética de su discurso. Y así seguirán hasta que alguien les pare los pies o consigan hacerse los amos del cotarro. La única solución digna y viable la tenemos nosotros con nuestros votos. Cualquier otra opción sería tan lamentable como dolorosa.

Me vais a perdonar que no haya sido capaz de callarme. Seguro que no es cómodo ni agradable de leer para algunos. Pero me consuela la certeza que los que seguimos peleando por un mundo mejor, por una España mejor, sin dinamitar nuestro pasado común probablemente penséis mas o menos como yo.

Y a los que no, os pido disculpas. Os juro y perjuro que he dedicado mucho tiempo a entenderos. A comprender cómo pensáis y los motivos que os llevan a hacer lo que estáis haciendo. Pero no puedo comprender lo que me decís ni quedarme callado. En estos tiempos difíciles, no hay mayor perjurio ni peor delito que quedarse callado y esconderse dentro de casa. Yo me mojo. Este blog siempre se ha mojado y se seguirá mojándose mientras nos dejen y haya alguien interesado en leerlo. Yo me mojo, y me preparo para el diluvio…

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4 Respuestas a “La democracia no es daltónica, dialogar no es hablar

  1. Equivocado en algunas cosas,respetable en otras.Pero tengo que decir que por encima de una bandera está la persona,nos definen nuestros actos,no los políticos ni unas banderas que al final solo son trozos de tela.Invitaría a las personas que desconocen muchas cosas que lean historia y que abran sus mentes,los que quieren la independencia de cataluña no quieren ser independientes de los españoles,sino del gobierno español,el Partido Popular de Mariano Rajoy.Mariano Rajoy con la excusa de la ley está haciendo lo que quiere,recordemos la historia,todos los dictadores tenían la misma excusa,y gracias a esa excusa amasaron un poder que mato a millones de personas.Después,en cataluña se habla un idioma,el catalán.Cuando tu vas a Alemania,aunque la primera lengua sea el ingles,te obligan a aprender Alemán.Yo sé castellano y catalán,y me gusta saber dos idiomas,y me gustaría saber más,la cultura te enriquece como ser humano.Es mentira que en cataluña este prohibido hablar castellano,ya que el idioma que uso más es el castellano,y paso de una lengua a otra,sin ningún problema,mi família habla castellano y jámas nadie les ha obligado a hablar catalán.La otra cuestión,es mentira que en cataluña se adoctrinan a los niños,yo he ido a un colegio,a un instituto y a una escuela de adultos,se toca poco la historia de cataluña y mucho la de España,que por cierto,está maquillada,Colón no descubrio America,pero se atribuyo el mérito.Y ya para acabar,los que quieren la independencia de Cataluña no son 4 radicales ni cuatro chavales,y tampoco es Puigmont,son hombres y mujeres adultos que tienen un sentimiento y una opinión,y un criterio,algunos vivieron la represión de Franco,algunos tienen familia,estudios y trabajo,etc.Voy a recordar,por si alguien no lo sabe,Franco prohibio el catalán en Cataluña.Cuando el gobierno deje de atacar a Cataluña,como ya hicieron en el pasado,quizás el independentismo reflexione,cuando los españoles que nos odian dejen de odiarnos,quizás el independentismo los acepte,y a todas aquellos españoles que no nos odian que recuerden que el problema de Cataluña es el Partido Popular de Mariano Rajoy.

    • Empezar diciendo lo que está equivocado y lo que no, no es una forma muy constructiva de enfocar los hechos. Que yo sea el primero en admitir que mi opinión puede no ser la correcta, no significa que la tuya lo sea más. Por supuesto que hay mucha información incorrecta sobre Cataluña. En parte, enturbiada por lo que los medios nos quieren trasladar; en parte, por tomar las excepciones por el todo, y en parte, por el odio exarcebado que ciega y demoniza a quien piensa diferente a nosotros.

      Pero también es cierto que estos mismos argumentos se dan en ambos lados del problema. No se si Colón descubrió América o fueron los escandinavos. Ni me importa, para este caso. Se que muchos catalanes hablan catalán, no se si más o menos de los que hablan castellano. Se que hay muchos de ellos que sienten una identidad como propia, una identidad que en algunas ocasiones se ha visto reprimida y perseguida.

      Ni más ni menos que la que siento yo como alicantino. Amo a mi tierra, me siento orgulloso de ella y siento un fuerte apego por la identidad que me representa. También sentimos que hay una capital que nos ningunea y nos roba; Valencia. Y probablemente tengamos más justificación en esa percepción que nadie. Lo siento, parece injusto, pero es como muchos alicantinos nos sentimos. ¿Y sabes? Nosotros también tenemos un idioma propio (no, no es el catalán ni el valenciano, es el alacantí). Y también estuvo reprimida en los tiempos de la dictadura. E incluso llegamos a ser independientes durante un tiempo, en la guerra carlista; llegamos a proclamarnos un cantón. No tenéis la exclusividad de nada; ya está todo inventado.

      Pero nada de eso me resulta excluyente. Dentro o fuera, blanco o negro. En los tiempos de la aldea global, de la globalización de las comunicaciones y la cultura y en la era de la muerte de las ideologías, un sentimiento de cesesión, de desarraigo es algo analógico, desfasado, arcaico, difícil de entender. Nada de lo que siento me motiva tanto odio y animadversión como para romper con todo lo que nos une, que también es mucho. Porque si sintiera ese odio, si sintiera ese ánimo de separarme y quebrar lo que nos une, estaría rompiendo algo que es mucho más fuerte, más auténtico y más positivo y enriquecedor que cualquier identidad, que cualquier cultura, que cualquier sentimiento.

      No se cuánta gente quiere la independencia de verdad. No puedo responderte a eso. Seguro que mucha gente. ¿La mitad, el 51%, el 49%? No lo se. Qué mas da. El Partido Popular probablemente tenga una parte de culpa de ello, como de tantos otros males no solo en Cataluña sino en toda España. Corrupción aparte, que no viene al caso en este tema, no han sabido interpretar los deseos de una buena parte de los catalanes y han actuado con dejadez, ignorando la petición de diálogo y la mano que algunos le ofrecían. Coincido totalmente con ello. Pero cuando Companys y sus amigos fueron invitados a pasar una temporada con todos los gastos pagados en la cárcel por declarar la independencia en 1934, los padres de los fundadores del actual PP ni siquiera tenían edad para votar. Así que dudo mucho que el PP tuviera la culpa de algo entonces, por mucho que Lerroux tuviera una ideología política muy similar.

      Y cuando los votantes que hace muy pocos meses votaron a ERC y a la CUP les dieron su confianza, lo hicieron sabiendo que estos partidos querían ser independientes de España, del resto de españoles y de su legislación, incluyendo en ese todo al Partido Popular, pero no solo a él. Votaron sabiendo que lo hacían a unos partidos que en su manifiesto político y en su programa electoral expresaban un claro y manifiesto deseo de independencia.

      Enfocar el problema como un enfrentamiento entre Cataluña vs el Partido Popular es tener una visión reduccionista del problema. Porque la independencia no se proclama contra un partido que, en el mejor de los casos, no gobernará dentro de 3 años. El actual proceso de independencia se inició gobernando el PSOE de Rodríguez Zapatero y, al iniciarlo, se manifiesta el claro deseo de romper con los zaragozanos, las gaditanas, los madrileños, las coruñesas y los alicantinos que tenemos amigos y familia en Cataluña, que amamos, respetamos y admiramos esa tierra, que la consideramos tan nuestra como vuestra, tan vuestra como la mía lo es tuya y de todos los catalanes.

      Solo por ello, solo por eso que nos une, vale la pena bajar los brazos, sentarse a reflexionar y, por una vez, dejar de gritar para empezar a escuchar y sentar un diálogo donde todos, y digo todos, podamos vivir juntos y en armonía.

      • Tengo un artículo en mi blog sobre lo que ha hecho Rajoy a España y los motivos por los cuáles Cataluña quiere la independencia.No es por odio ni por ninguna milonga más,es por un problema político,no social.

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